Wilson Tucker - El año del sol tranquilo

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El año del sol tranquilo: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta novela narra el desarrollo y la posterior realización de un proyecto oficial del gobierno de los Estados Unidos para estudiar el futuro.
Ha sido considerada por la crítica como una obra excelente, quizás un poco amarga pero profundamente crítica respecto al futuro de nuestra sociedad occidental.

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—¿Su nombre es Saltus?

Un signo de afirmación.

—Arthur Saltus.

Chaney desvió la mirada hacia la mujer que permanecía un poco detrás de su compañero. Lo estaba mirando con una curiosa mezcla de fascinación y temor, como preparada para emprender una instantánea huida. ¿Cuándo había visto por última vez a un hombre allí?

Chaney preguntó:

—¿Kathryn?

Ella no respondió, pero el hombre dijo:

—Mi hermana.

La hija era igual que la madre en casi todo, faltándole únicamente el bronceado veraniego y los pantalones cortos en delta. Iba envuelta en un gran abrigo que la protegía del frío, y llevaba unas botas que eran demasiado grandes para sus pies. Un par de prismáticos colgaban en torno a su cuello; él se había sentido observado de cerca. Llevaba la cabeza descubierta, revelando la misma gran avalancha de fino pelo marrón de Katrina; sus ojos tenían la misma expresión suave y cálida, aunque ahora estaban asustados. Era una mujer menuda, no más de cuarenta y cinco kilos una vez liberada de las enormes botas y del abrigo, y tenía toda la apariencia de ser despierta e inteligente. También parecía mayor que Katrina.

Chaney miró del uno a la otra: los dos, hermano y hermana, estaban a años de distancia de la gente a la que había abandonado en el pasado, a años de distancia de sus padres.

Dijo finalmente:

—¿Saben en qué fecha estamos?

—No, señor.

Una vacilación; luego:

—Creo que me estaban esperando.

Arthur Saltus asintió, y hubo un gesto que podía ser el esbozo de una confirmación por parte de la mujer.

—Mi padre dijo que vendría usted… algún día. Estaba seguro de que vendría; usted era el último de los tres.

Sorpresa:

—¿No hubo nadie más, después de nosotros?

—No.

Chaney tocó la tumba una última vez, y sus ojos siguieron el movimiento de su mano. Había otra pregunta que hacer antes de arriesgarse a ponerse en pie.

—¿Quién está enterrado aquí?

Arthur Saltus dijo:

—Mi padre.

Chaney deseó gritar: ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué?, pero algo retuvo su lengua, embarazo, dolor y abatimiento; lamentó amargamente el día en que había aceptado la oferta de Katrina y había dado el primer paso que lo había conducido hasta aquella infeliz posición. Se puso en pie, evitando los movimientos bruscos que pudieran ser mal interpretados, y agradeció el no haber tomado una foto de la tumba…, agradeció el no tener que decirle a Katrina, o a Saltus, o a Seabrooke, lo que había encontrado allí. No mencionaría la tumba en absoluto.

De pie, Chaney observó atentamente los alrededores, mirando por encima de las otras dos cabezas hacia el jardín invadido por la maleza, el aparcamiento, la calle que pasaba por el otro lado, y toda la estación visible a sus ojos. No vio a nadie más.

Una pregunta difícil:

—¿Están los dos solos aquí?

La mujer se sobresaltó ante su tono y pareció a punto de echar a correr, pero su hermano se mantuvo en su sitio.

—No, señor.

Una pausa; luego:

—¿Dónde está Katrina?

—Lo está esperando en su puesto, señor Chaney.

—¿Sabe ella que estoy aquí?

—Sí, señor.

—¿Sabía que iba a preguntar por ella?

—Sí, señor. Pensó que lo haría.

—Voy a romper una regla —dijo Chaney.

—Ella pensó también que lo haría.

—¿Y no ha puesto ninguna objeción?

—Nos dio instrucciones, señor. Si usted preguntaba, debíamos decirle que ella le había dicho ya el lugar donde lo esperaba.

Chaney asintió, admirado.

—Sí…, lo hizo. Lo hizo dos veces. —Caminó por el sendero que conducía a la cisterna, y ambos se apartaron prudentemente, como si aún no confiaran en él—. ¿Ustedes hicieron esto?

—Mi padre y yo lo hicimos, señor Chaney. Teníamos su libro. Las descripciones eran muy claras.

—Se lo diré a Haakon, si me atrevo.

Arthur Saltus se apartó a un lado cuando alcanzaron el aparcamiento y permitió que Chaney fuera por delante de él. La mujer se había situado a un lado y mantenía ahora una prudente distancia. Seguía mirándolo, una mirada que podría haber sido inconveniente en otras circunstancias; Chaney estaba Seguro de que no había visto a otro hombre durante demasiados años. Estaba igualmente seguro de que nunca había visto a un hombre como él dentro de la verja protectora: ésa era su aprensión.

Ignoró el rifle que había en la carreta.

Brian Chaney metió las dos llaves en las cerraduras gemelas y abrió la pesada puerta. Sus dos linternas permanecían en el escalón superior, y como tintes un soplo de mohoso aire surgió a la evanescente luz del atardecer. Chaney hizo una incómoda pausa en el umbral, preguntándose qué decir, cómo decirles adiós a aquellas dos personas. Sólo un maldito estúpido diría algo intrascendente o vacuo o anodino; sólo un maldito estúpido pronunciaría uno de los clichés sin significado de su generación; pero sólo un maldito estúpido podría simplemente seguir su camino sin decirles nada.

Miró de nuevo al cielo y al halo dorado que rodeaba al sol poniente, y a la nueva hierba y a las nuevas hojas y luego al viejo montón de arcilla amarillenta. Finalmente, su mirada se posó en el hombre y en la mujer que aguardaban a su lado.

—Gracias por confiar en mí —dijo.

Saltus asintió.

—Dijeron que se podía confiar en usted.

Chaney estudió a Arthur Saltus y casi creyó volver a ver el alborotado pelo color arena y el peculiar gesto de sus ojos, los ojos de un hombre acostumbrado a mirar directamente al sol brillante del mar. Miró un largo rato a Kathryn Saltus, pero no pudo ver la blusa transparente ni los pantalones en delta: en ella esas ropas serían obscenas. Esas ropas pertenecían a un mundo desaparecido hacía mucho. Escrutó su rostro por un momento demasiado largo, y estaba a punto de perder el sentido de la realidad cuando la realidad se impuso bruscamente.

Una dura realidad: ella vivía allí, pero él pertenecía a allá atrás. Era una locura mantener sueños acerca de una mujer que vivía un centenar de amos más allá de él. Una dolorosa realidad.

Su conciencia lo atenazó cuando cerró la puerta, porque ya no tenía nada más que decirles. Chaney se volvió y bajó los escalones, dejando tras él el sol tranquilo, el frío mundo del 2000+, los desconocidos supervivientes más allá de la verja que habían huido aterrorizados al verlo y oírlo, y a los semifamiliares sobrevivientes dentro de la verja que eran agudos recuerdos de su propia pérdida. Su conciencia le dolió, pero no volvió atrás.

Era el anochecer de un día desconocido.

Era el día más largo de su vida.

17

La sala de conferencias era sutilmente distinta de aquella en la que había entrado por primera vez, hacía semanas o años o siglos.

Recordó al policía militar que lo había escoltado desde la verja de entrada y luego había abierto la puerta por él; recordó su primera mirada dentro de: la habitación, la recepción poco calurosa, su tardía llegada. Había descubierto a Kathryn van Hise observándolo críticamente, evaluándolo, preguntándose si daría la talla en la tarea que le esperaba; había descubierto al mayor Moresby y a Arthur Saltus jugando a las cartas, aburridos, aguardando impacientemente su llegada; había descubierto la larga mesa de acero situada bajo las luces en medio de la habitación…, todo ello esperándolo.

Había dado su nombre e iniciado una disculpa por su tardanza cuando:» el primer doloroso sonido lo había interrumpido, cortándole la palabra en mitad de una frase y martilleando sus oídos. Los había visto volverse: al unísono para observar el reloj: sesenta y un segundos. Todo aquello tan sólo una o dos semanas —tan sólo uno o dos siglos— antes de que los abultadlos sobres fueran abiertos y un centenar de vuelos de fantasía fueran liberados. El largo viaje desde la playa de Florida lo había conducido dos veces a esa habitación, pero esta vez la linterna iluminaba pobremente el lugar.

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