Amargamente:
—La gente de ahí fuera tuvo miedo de mí también. Huyeron al verme.
Ella mostró una rápida sorpresa, y traicionó su alarma.
—¿Qué gente? ¿Dónde?
—La familia que descubrí fuera de la verja…, allá en la vía férrea.
—No hay nadie con vida ahí fuera.
—Katrina, sí lo hay… Yo los vi, los llamé, les supliqué que volvieran, pero huyeron corriendo, asustados.
—¿Cuántos? ¿Cuántos eran?
—Tres. Una familia de tres: el padre, la madre y un niño pequeño. Los descubrí caminando a lo largo de la vía férrea, allá en la esquina norte. El niño estaba recogiendo algo, trozos de carbón quizá, y los metía en el cesto que llevaba su madre; parecían estar haciendo de ello un juego. Estaban andando tranquilamente, contentos, hasta que los llamé.
Secamente:
—¿Por qué lo hizo? ¿Por qué atrajo su atención hacia usted?
—¡Porque me sentía solo! ¡Porque la visión de este mundo vacío me dolía y me ponía enfermo! Los llamé porque esa gente eran las únicas cosas vivas que descubrí aquí, aparte un conejo asustado. Deseaba su compañía, ¿deseaba sus noticias? Les hubiera dado todo lo que tengo por sólo una hora de su tiempo. Katrina, deseaba saber si todavía había gente viviendo en este mundo. —Se detuvo e intentó dominar sus emociones. Más calmadamente—: Deseaba hablar con ellos, hacerles preguntas, pero ellos tuvieron miedo de mí… Huyeron asustados, horrorizados al verme. Corrieron como ese conejo, y ya no he vuelto a verlos. No puedo expresarle lo mucho que me dolió eso.
Ella extrajo sus manos de entre las de él y las dejó caer en su regazo.
—Katrina…
La mujer se negó a alzar de nuevo la mirada, manteniéndola obstinadamente fija en la superficie de la mesa. El movimiento de sus manos había dejado pequeños surcos en el polvo. Chaney pensó que parecía más pequeña y arrugada que antes: la tensa piel de su rostro parecía haber envejecido en los últimos minutos…, o quizá esa edad había estado reclamando sus derechos durante todo el tiempo que habían estado hablando.
—Katrina, por favor.
Tras un largo rato, ella dijo:
—Lo siento, Brian. Debo disculparme por mis hijos, y por esa familia. No se atrevieron a confiar en usted, ninguno de ellos, y la pobre familia tenía buenas razones para temerle. —Alzó la cabeza, y él se estremeció—. Todo el mundo le teme; nadie confiará en usted desde la rebelión. Yo soy la única aquí que no le teme a un hombre negro.
Él se sintió dolido de nuevo, no por sus palabras sino porque ella estaba llorando. Le dolía verla llorar.
Brian Chaney entró en la sala de conferencias por segunda vez. Llevaba consigo otra linterna, dos tazas de plástico y un contenedor de agua del almacén. Habría traído consigo una botella de whisky si hubiera encontrado alguna, pero probablemente el comandante había consumido todo el whisky hacía mucho tiempo, a base de celebrar sus sucesivos cumpleaños.
La vieja mujer se había secado los ojos.
Chaney llenó las dos tazas y empujó una sobre la mesa hacia ella.
—Beba… Brindaremos.
—¿En honor a qué, Brian?
—¿En honor a qué? ¿Necesitamos alguna excusa? —Agitó su brazo en un amplio gesto que abarcó toda la habitación—. En honor a ese maldito reloj de ahí arriba, sonando cada sesenta y un segundos y rompiéndome los tímpanos. En honor a ese teléfono rojo; nunca lo utilicé para llamar al Presidente y decirle que era un asno. En honor nuestro: un demógrafo de la Corporación Indiana y una supervisora de investigaciones de la Oficina de Pesas y Medidas…, los últimos dos inadaptados esperando el fin del mundo. Estamos fuera de lugar y fuera de tiempo, Katrina; no necesitan demógrafos ni investigadores aquí, no necesitan corporaciones ni oficinas. Bebamos por nosotros.
—Brian, es usted un payaso.
—Oh, sí. —Se reclinó en su asiento y la miró fijamente a la luz de la linterna—. Sí, lo soy. Y creo que usted está casi sonriendo de nuevo. Por favor, sonría para mí.
Katrina sonrió: la pálida sombra de una vieja sonrisa.
Chaney dijo:
—¡Es por eso que aún la sigo amando! —Alzó su taza—. A la salud de la más hermosa investigadora del mundo… Y usted puede brindar a la salud del más frustrado demógrafo del mundo. ¡Hasta el fondo! —Chaney vació la taza, y notó que el agua era insípida, vieja.
Ella asintió sobre el borde de su taza y dio un sorbo.
Chaney miró la enorme mesa, las inútiles luces del techo, el reloj parado, los teléfonos muertos.
—Se supone que yo debo estar trabajando, realizando una investigación.
—Ya no importa.
—Hay que mantener contento a Seabrooke. Puedo informar de la existencia de una familia fuera de aquí: al menos una familia con vida y viviendo en paz. Supongo que habrá más… Tienen que haber más. ¿No conoce usted a nadie más? ¿Nadie en absoluto?
Pacientemente:
—Hubo unas pocas al principio, hace muchos años; conseguimos mantenernos en contacto con algunos supervivientes a través de la radio antes de que se acabara la energía. Arthur localizó a un pequeño grupo en Virginia, un grupo militar que vivía bajo tierra en un puesto de mando del ejército; y luego contactó con una familia en Maine. A veces establecíamos breves contactos con uno o dos individuos en el oeste, en los estados montañosos, pero las noticias eran siempre deprimentes. Todos ellos sobrevivían por las mismas razones: por una serie de circunstancias afortunadas, o por su valor y habilidad, o porque estaban mejor protegidos de lo normal, como nosotros aquí. Su número era siempre pequeño, y las noticias eran siempre decepcionantes.
—Pero algunos sobrevivieron. Eso es importante, Katrina. ¿Cuánto tiempo hace que están solos en la estación?
—Desde la rebelión, desde el año del mayor.
Chaney hizo un gesto.
—Eso puede ser… —La miró fijamente, intentando adivinar su edad—. Eso puede ser hace treinta años.
—Quizá.
—Pero ¿qué le ocurrió a la otra gente de aquí?
—Casi todo el personal militar fue retirado al principio —dijo ella—; fue destinado a ultramar. Los pocos que quedaron no sobrevivieron al ataque cuando los rebeldes invadieron la estación. Unos pocos técnicos civiles se quedaron con nosotros durante un tiempo, pero luego se marcharon para reunirse con sus familias… o para ir en busca de sus familias. El laboratorio estaba prácticamente vado en el año de Arthur. Nosotros recibimos órdenes de mantenernos en el refugio subterráneo mientras duraran las hostilidades.
—Las hostilidades. ¿Cuánto tiempo duraron?
Los viejos ojos inquisitivos lo estudiaron.
—Me atrevería a decir que están terminando ahora, Brian. Su descripción de la familia del otro lado de la verja sugiere que están terminando ahora.
Amargamente:
—Y nadie a nuestro alrededor excepto usted y yo para firmar el tratado de paz y posar para las cámaras. ¿Y Seabrooke?
—El señor Seabrooke fue relevado de su puesto, cesado, poco después de los tres lanzamientos. Creo que regresó a Dakota. El Presidente le echó a él la culpa del fracaso de la investigación, y lo convirtió en su chivo expiatorio.
Chaney golpeó la mesa con un puño.
—Siempre dije que ese hombre era un asno, uno más en la larga lista de idiotas y zopencos que han ocupado la Casa Blanca. Katrina, no comprendo cómo este país ha conseguido sobrevivir con tantos incompetentes idiotas a su cabeza.
—No ha sobrevivido, Brian —le recordó ella con voz suave.
Él murmuró algo para sí mismo y miró al polvo acumulado encima de la mesa.
—Perdón —dijo en voz alta.
Ella asintió pero no dijo nada.
Un recuerdo atosigaba a Chaney.
Читать дальше