Wilson Tucker - El año del sol tranquilo

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El año del sol tranquilo: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta novela narra el desarrollo y la posterior realización de un proyecto oficial del gobierno de los Estados Unidos para estudiar el futuro.
Ha sido considerada por la crítica como una obra excelente, quizás un poco amarga pero profundamente crítica respecto al futuro de nuestra sociedad occidental.

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Katrina estaba allí.

La anciana mujer estaba sentada en su habitual silla a un lado de: la enorme mesa de acero, sentada apaciblemente en la oscuridad bajo lias apagadas luces del techo. Como siempre, sus entrelazadas manos permanecían descansando sobre la mesa. Chaney depositó la linterna en la mesa entre ellos, y la débil luz incidió en el rostro de la mujer.

Katrina.

Sus ojos eran brillantes y vivos, tan agudos y alertas como los recordaba, pero el tiempo no había sido benévolo con ella. Leyó arrugas de dolor, de desconocidos problemas y pesares; las arrugas de una mujer tenaz que había soportado mucho, había sufrido mucho, pero nunca había permitido que se derrumbara su coraje. La piel estaba tensa sobre sus pómulos, en torno a su boca y en su mentón, y parecía cetrina a la luz de la linterna. Su lustroso pelo era enteramente gris. Habían sido unos años duros, infelices, difíciles.

Pese a todo reconoció aquel destello familiar que provocaba en él: era una belleza tanto en su vejez como en su juventud. Se alegró de descubrir que su encanto soportaba el paso del tiempo.

Chaney apartó su propia silla de la mesa y se sentó, sin separar los ojos de ella. La vieja mujer permanecía sentada sin moverse, sin hablar, observándolo atentamente y esperando sus primeras palabras.

Pensó: ella debía de haber permanecido sentada allí durante siglos, mientras el polvo y la oscuridad se acumulaban a su alrededor, aguardando pacientemente a que él llegara, aguardando a que él explorara la estación, cumpliera con su última misión, terminara el sondeo, y luego empezara a abrir puertas para buscar las respuestas a las preguntas que se le habían planteado sobre el terreno. Chaney no se habría sorprendido demasiado si la hubiera descubierto aguardándolo en la antigua Jericó, de haber ido diez mil años hacia el pasado. Habría estado allí, aguardándolo plácidamente en algún templo o choza, aguardándolo en algún lugar donde él la habría encontrado cuando empezara a abrir puertas.

La polvorienta sala de conferencias estaba tan fría como lo había estado el subterráneo, tan fría como el aire de fuera, y ella iba arropada con las ropas de abrigo tomadas del almacén. Sus manos estaban enfundadas en unos guantes pensados para un hombre, y si hubiera podido mirar, habría comprobado que sus botas eran también demasiado grandes. Parecía acurrucada, como empequeñecida, en su asiento, y terriblemente cansada.

Katrina lo esperaba.

Chaney buscó algo que decir, algo que no sonara estúpido o melodramático o cargado de una falsa cordialidad. Ella lo hubiera despreciado por eso. Se debatía de nuevo del mismo modo que en la puerta exterior, y allí también tenía miedo de equivocarse. Había abandonado a aquella mujer en esa misma habitación hacía apenas unas horas, la había dejado con una sensación de seca aprensión mientras se preparaba para su tercer —y último, ahora lo sabía— sondeo al futuro. Había estado sentada en aquella misma silla, en aquella misma actitud de relajación.

Chaney dijo:

—Sigo enamorado de usted, Katrina.

La miró directamente a los ojos, y creyó verlos llenarse de humor y placentera risa.

—Gracias, Brian.

Su voz también había envejecido: sonaba más ronca de lo que recordaba, y reflejaba su cansancio.

—Descubrí fresas en los viejos barracones, Katrina. ¿Cuándo es la estación de las fresas en Illinois?

Había risa en sus ojos.

—En mayo o junio. Los veranos se han vuelto más bien fríos, pero en mayo o junio.

—¿Sabe el año? ¿La fecha?

Un imperceptible movimiento de su cabeza.

—La electricidad falló hace muchos años. Lo siento, Brian, pero he perdido la cuenta.

—Imagino que no importa realmente…, no ahora, no con lo que ya sabemos. Estoy de acuerdo con Píndaro.

Ella lo interrogó con la mirada.

Él dijo:

—Píndaro vivió hará unos dos mil quinientos años, pero era más sabio que la mayoría de los hombres que viven hoy en día. Previno a los hombres contra intentar mirar demasiado lejos en el futuro, les advirtió que no les gustaría lo que hallarían allí. —Un gesto de disculpa, una sonrisa—. Bartlett de nuevo: mi vicio. El comandante siempre me pinchaba sobre mi predilección por Bartlett.

—Arthur lo esperó durante mucho tiempo. Confiaba en que llegara más pronto, en poder verlo de nuevo.

—Me hubiera gustado… Pero ¿nadie lo supo?

—No.

—¿Por qué no? Ese giroscopio estaba marcando mi rastro.

—Nadie supo nunca su fecha de llegada; nadie pudo llegar siquiera a imaginarla. El giroscopio no podía medir su avance después de que la energía quedara interrumpida aquí. Supimos solamente la fecha en que se produjo esa interrupción, cuando el VDT dejó repentinamente de transmitir señales a la computadora de allí. Lo perdimos por completo, Brian.

Sheeg! ¡Esos malditos ingenieros infalibles y sus malditos inventos infalibles! —Se dominó, sintiéndose avergonzado por el estallido—. Discúlpeme, Katrina. —Chaney se inclinó sobre la mesa y cerró sus manos sobre las de ella—. Encontré la tumba del comandante ahí fuera… Me hubiera gustado llegar a tiempo. Y había decidido ya no decirle nada a usted sobre esa tumba cuando regresara, cuando hiciera mi informe. —La miró fijamente—. No dije nada a nadie, ¿verdad?

—No, no informó usted de nada.

Un satisfecho gesto de asentimiento.

—Un punto para mí…; sigo sabiendo mantener la boca cerrada. El comandante me hizo prometer que no le diría a usted nada acerca de su futuro matrimonio, hace de eso una o dos semanas, cuando regresamos de las pruebas en Joliet. Pero usted intentó arrancarme el secreto, ¿recuerda?

Ella sonrió ante sus palabras.

—Hace una o dos semanas.

Chaney se dio mentalmente una patada.

—Tengo la mala costumbre de meter siempre la pata.

Ella hizo un ligero movimiento con su cabeza para tranquilizarlo.

—Pero yo adiviné su secreto, Brian. Entre su comportamiento y la forma de actuar de Arthur, lo adiviné. Usted se alejó de mí.

—Pensé que usted había tomado ya su decisión. Los pequeños indicios empezaban a hacerse evidentes, Katrina.

Tuvo un vivido recuerdo de la fiesta de la victoria, la noche de su regreso.

—Casi me había decidido por aquel entonces —dijo ella—, y me decidí poco después; me decidí cuando él regresó herido de su exploración. Estaba tan indefenso, tan cerca de la muerte cuando usted y el doctor lo sacaron del vehículo, que decidí en aquel mismo momento. —Miró sus manos cruzadas, y luego alzó los ojos—. Pero yo era consciente de sus sentimientos. Sabía que a usted iba a dolerle.

Él apretó los dedos de ella en un gesto de ánimo.

—Hace tanto tiempo de eso, Katrina… Ya lo estoy superando.

Ella no respondió, sabiendo que era una verdad a medias.

—Encontré a los niños… —Se interrumpió, sabiendo que acababa de decir una tontería—. Bueno, ya no son niños… ¡Son mayores que yo! Encontré a Arthur y Kathryn ahí fuera, pero tuvieron miedo de mí.

Katrina asintió, y de nuevo su mirada se apartó de él para clavarse en las manos que rodeaban las suyas.

—Arthur es diez años mayor que usted, creo, pero Kathryn debe de tener aproximadamente su misma edad. Lamento no poder ser más precisa que eso; lamento no poder decirle cuánto tiempo hace que murió mi marido. Ya no contamos el tiempo aquí, Brian; simplemente vivimos de un verano a otro. No es la más feliz de las existencias. —Tras un instante sus manos se movieron dentro de las de él, y lo miró de nuevo—. Tuvieron miedo de usted porque no han conocido a otro hombre desde que la estación fue invadida, desde que el personal militar abandonó el recinto y nosotros nos quedamos dentro por razones de seguridad. Durante un año o dos ni siquiera nos atrevimos a abandonar este edificio.

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