Wilson Tucker - El año del sol tranquilo
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- Название:El año del sol tranquilo
- Автор:
- Издательство:Martínez Roca
- Жанр:
- Год:1983
- Город:Barcelona
- ISBN:84-270-0838-4
- Рейтинг книги:3 / 5. Голосов: 1
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Ha sido considerada por la crítica como una obra excelente, quizás un poco amarga pero profundamente crítica respecto al futuro de nuestra sociedad occidental.
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Chaney no tenía idea de cuánto tiempo hacía que se había producido eso; sólo sabía que ahora estaba en algún momento más allá de marzo del 2009.
La interrupción podía haber ocurrido la semana pasada, el mes pasado, el año pasado, o en cualquier momento de los últimos cien años. No había preguntado a los ingenieros la fecha exacta de su objetivo, pero había supuesto que iban a enviarlo al futuro un año después que Saltus, para explorar la estación. La suposición era errónea… o el vehículo se había desviado una vez más. Apesadumbrado, Chaney llegó a la conclusión de que en realidad no importaba en absoluto. La fracasada investigación estaba prácticamente terminada; estaría terminada tan pronto como él diera una última vuelta a la estación y regresara con su informe.
Regresó con la linterna al refugio.
La radio llamó su atención. Chaney abrió una caja precintada de baterías e introdujo el número necesario en la unidad conversora. El selector de frecuencias recorrió los canales militares una y otra vez, sin resultado. Aumentó el volumen al máximo y colocó el aparato junto a su oído, pero se negó a ofrecerle incluso el ligero silbido de un aire vado; la falta de ese silbido y de estática le indicaron que las baterías no habían sobrevivido al paso del tiempo. Chaney desechó la radio como inservible y se preparó para su exploración.
Se sintió decepcionado al no hallar ninguna nota de Katrina, como había encontrado en el ensayo sobre el terreno.
Primero se colocó el chaleco antibalas. Arthur Saltus le había advertido al respecto, le había mostrado la valiosa protección que representaba: Saltus había sobrevivido gracias a llevar uno.
Puesto que no sabía en qué estación del año estaba —sólo la temperatura—, Chaney se calzó un par de botas y se puso una chaqueta gruesa y un par de guantes. Tomó un fusil, lo cargó tal como Moresby le había enseñado a hacerlo y vació una caja de cartuchos en su bolsillo. El mapa no le era de ningún interés: los sondeos hasta Joliet y Chicago habían sido rápidamente cancelados, y ahora estaban restringidos a la propia estación. Una inspección rápida y un regreso inmediato a la base. Katrina había dicho que el Presidente y su Gabinete aguardaban un informe final antes de decidir un plan para hacer frente a la situación. Lo llamaban «formulación de una política de polarización positiva», fuera lo que fuese lo que significase.
Una última vuelta a la estación, y la investigación estaría terminada; aquello sería todo lo que se conocería y cartografiaría del futuro.
Chaney se colgó al hombro un depósito de agua, luego llenó una mochila con raciones y cerillas y se la colgó del otro hombro; no esperaba estar fuera tanto tiempo como para usar ninguna de las dos cosas. En el fondo le alegraba que las baterías no hubieran funcionado debido al paso del tiempo —era una excusa suficiente para dejar la radio y la grabadora detrás—, pero colocó un cartucho de película en la cámara porque Gilbert Seabrooke le había pedido que tomara unas imágenes de la destrucción de la estación. La descripción verbal ofrecida por Saltus había sido deprimente. Un último examen de la habitación no le mostró ninguna otra cosa que creyera que podía necesitar.
Chaney se humedeció los labios, secos ahora por la aprensión, y abandonó el refugio.
El corredor terminaba en un tramo de escaleras que conducía hacia arriba hasta la salida de operaciones. El aviso pintado sobre la puerta indicando que el llevar armas más allá de ella estaba prohibido había sido borrado: un largo trazo de pintura negra había tachado desde la primera hasta la última palabra, anulando la advertencia. Chaney comprobó la hora, y dejó las dos linternas en el escalón superior para su regreso. Metió las llaves en las dos cerraduras gemelas y salió vacilante al aire libre.
El día era brillante y soleado pero muy frío. El cielo era claro, azul y libre de aviones; parecía como si acabara de ser barrido, un cielo muy distinto del brumoso y polucionado que había conocido durante casi toda su vida. Placas de escarcha cubrían los lugares donde el sol aún no había llegado.
Su reloj marcaba las 9.30, y supuso que la hora era correcta; la brillante mañana parecía recién iniciada.
Una carreta de dos ruedas aguardaba en el aparcamiento.
Chaney se quedó contemplando la primitiva aparición, preparado para casi todo menos para eso. La carreta no estaba muy bien construida, y había sido montada con maderas viejas, un eje, y un par de ruedas tomadas de uno de los pequeños coches eléctricos que Saltus había descrito. Tiras de cable metálico habían sido utilizadas para mantener unidos los cuatro lados allí donde los clavos no hubieran conseguido hacer un buen trabajo, y para unir el chasis al eje; los neumáticos de las ruedas se habían podrido hacía mucho, y la carreta rodaba sobre sus llantas metálicas. Ciertamente el trabajo no era el de un carpintero habilidoso.
El segundo objeto que llamó su atención fue un montón de arcilla apilado en la zona contigua que había sido en su tiempo un jardín de flores. Hierbas y maleza desusadamente altas crecían por todas partes, cubriendo en parte la visión de la estación y bloqueando casi la visión del amarillento montón; las hierbas crecían altas alrededor del aparcamiento, y más allá de él, y en todos los espacios despejados que rodeaban a los edificios al otro lado de la calle. La maleza y las hierbas llenaban toda la distancia hasta tan lejos como alcanzaba la vista, y aquello le hizo recordar que se decía que aquella región había sido zona de pasto de los bisontes cuando Illinois era una pradera india. El tiempo había hecho aquello, el tiempo y la falta de cuidados. Los jardines de la estación llevaban mucho tiempo desatendidos.
Avanzando cautelosamente, deteniéndose a menudo para escrutar a su alrededor, Chaney se acercó al montículo.
Cuando estuvo a poca distancia descubrió el leve rastro de un camino que discurría desde el borde del aparcamiento y a través del jardín hasta el montículo. Su siguiente descubrimiento fue también contundente. A lo largo del sendero —casi inviable entre la alta hierba— había una canalización de agua, un burdo acueducto hecho con desagües arrancados de algún edificio y retorcidos hasta darles la forma necesaria para su propósito. Chaney se detuvo en seco, sorprendido, y contempló los desagües y el cercano montículo, preguntándose qué iba a descubrir. Siguió avanzando lentamente.
De pronto llegó a un claro entre la abundante maleza y descubrió el artefacto: una cisterna con una burda tapa de tablas de madera. Un cubo y una cuerda larga descansaban a su lado.
Chaney rodeó lentamente la cisterna y el montón de arcilla resultado de la excavación, para tropezar con otra canalización hecha con el mismo tipo de desagües; el segundo acueducto discurría entre las hierbas y la maleza hacia el edificio del laboratorio, probablemente para recoger el agua del tejado. El montón de arcilla no era reciente. Golpeado por una repentina curiosidad, se arrodilló y alzó la tapadera, para hallar la cisterna medio llena de agua. Las paredes del pozo estaban construidas con viejos ladrillos y piedras sin desbastar, pero el agua era notablemente limpia, y miró para averiguar el porqué. Filtros hechos con telas metálicas arrancadas de ventanas estaban colocados en los extremos de cada desagüe para proteger la cisterna de escombros y pequeños animales. Los propios desagües estaban despejados de hojas y basura, y las uniones habían sido selladas con una sustancia alquitranada.
Chaney dejó a un lado el rifle y se inclinó para estudiar con asombro la cisterna. Era fácilmente reconocible.
Como la carreta, no había sido construida por unas manos expertas. La forma —sus Líneas generales— le resultaba familiar: los lados no del todo perpendiculares, la boca no exactamente redonda, más ancha en el fondo que en la parte alta. Era extraña, imperfecta, con un total desprecio de la plomada…, pero era una copia razonable de una cisterna nabatea, y se podía esperar que conservara el agua durante un siglo o más. En aquel lugar era algo sorprendente. Chaney volvió a colocar la tapa y se puso en pie.
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