Arkadi Strugatsky - Ciudad condenada

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Ciudad condenada: краткое содержание, описание и аннотация

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El mundo de «Ciudad condenada» es un mundo sobrenatural al que son transportados los protagonistas tras su muerte para formar parte de un enigmático Experimento: en él, todos hablan una lengua común que cada uno identifica como propia. «El Experimento es el Experimento», el leitmotiv que se repite a lo largo de la novela.
El escenario está inspirado en la ciudad de un lóbrego cuadro de Nicholas Roerich cuya topografía es completamente fantástica: una pequeña franja de tierra habitable, limitada al oeste por un abismo por el que los objetos que caen vuelven a aparecer tras un tiempo: al este, un muro inaccesible en cuya base aparecen esporádicamente restos humanos destrozados: al sur, extensas marismas cuyos habitantes ganan lo justo para vivir una vida bañada en alcohol: y en el norte, páramos y ciudades en ruinas donde, más allá, se supone que se encuentra la Anticiudad. El sol se enciende y se apaga a voluntad. Además, existe un Edificio Rojo que aparece en diferentes lugares, que es descrito por diversos testigos pero que siempre se desvanece antes de que las autoridades puedan investigarlo: la gente que cruza su umbral desaparece.

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Entrelazó con fuerza los dedos a la espalda, apoyó la barbilla sobre el pecho y, mordiéndose el labio inferior, caminó varias veces adelante y atrás, rodeando el taburete. Después, lo apartó con el pie, apoyó los dedos sobre la mesa y, juntando las cejas, miró por encima de las cabezas del auditorio.

La mesa estaba totalmente vacía, cubierta de zinc, y se extendía delante de él como una carretera. No se veía el otro extremo, en la niebla amarillenta temblaban, agitadas por la corriente de aire, las llamitas de las velas. Andrei pensó con momentánea tristeza que aquello no era correcto, rayos, que alguien debería tener la posibilidad de ver qué había al final de la mesa. Era más importante ver aquello que… «Por cierto, eso no es asunto mío.»

Examinó aquellas filas distraído y con expresión condescendiente. Estaban allí sentados, en silencio, a ambos lados de la mesa, con sus rostros atentos vueltos hacia él, de piedra, de hierro, de cobre, de oro, de bronce, de yeso, de jade… todos los tipos de rostros que suelen tener. Por ejemplo, de plata. O, digamos, de malaquita… Sus ojos ciegos eran desagradables, y en general, qué podía ser agradable en aquellos torsos enormes, cuyas rodillas asomaban uno o dos metros por encima de la mesa. Al menos estaban en silencio, no se movían. En ese momento cualquier movimiento resultaría insoportable. Andrei percibía con placer, con lujuria incluso, cómo transcurrían los últimos momentos de una pausa maravillosamente pensada.

—¿Y cuál es la regla? ¿En qué consiste? ¿Dónde reside su esencia sustantiva, inmanente solo a ella entre todos los predicados posibles? Aquí, me temo que tendré que decir cosas no muy habituales y ni siquiera gratas para vuestros oídos… ¡La grandeza! ¡Ah, cuánto se ha dicho sobre eso, cuántas obras de arte, pictóricas, de danza o vocales, han sido creadas al respecto! ¿Qué sería el género humano sin la categoría de la grandeza? Una banda de simios desnudos, en comparación con los cuales hasta el soldado Chñoupek nos parecería el resultado de una elevada civilización. ¿No es verdad? Cada Chñoupek por separado no tiene la medida de las cosas. La naturaleza solo le ha enseñado a digerir y multiplicarse. Cualquier otro acto del mencionado Chñoupek no puede ser valorado por él mismo como bueno o malo, como necesario o innecesario, como vano o dañino, y precisamente a causa de ese estado de cosas, todo Chñoupek por separado, en las mismas condiciones, termina tarde o temprano ante un tribunal de campaña, que es el que decide qué le ocurrirá en el futuro… De esa manera, la ausencia de un juicio interno es invariable, y yo diría que está fatalmente compensada por la presencia de un tribunal externo, por ejemplo, el de campaña… Sin embargo, señores, una sociedad compuesta por los Chñoupek y, sin la menor duda, por las Lagartas, sencillamente no puede prestar tanta atención al juicio externo, no importa si se trata del juicio de un tribunal de campaña o de un jurado, del juicio secreto de la inquisición o de un linchamiento, del juicio de Temis o del juicio de Dios… Y no menciono siquiera al juicio de sus pares ni cosas semejantes. Habría que encontrar una manera de organizar el caos formado por los órganos sexuales y digestivos, tanto de los Chñoupek como de las Lagartas, una variante tal de ese desorden universal para que al menos una parte de las funciones de ese juicio externo se trasladara al juicio interno. ¡Es precisamente en ese momento cuando la categoría de la grandeza se hace útil y necesaria! Y todo consiste, señores, en que dentro de la enorme y amorfa multitud de los Chñoupek, en la gigantesca y aún más amorfa multitud de las Lagartas, de vez en cuando aparecen personalidades para las cuales el sentido de la vida no se reduce solo a las funciones sexuales y digestivas. Si lo prefieren, surge una tercera necesidad. A ese individuo no le basta con digerir y disfrutar de los encantos de otra persona. Quiere, además, crear algo que no haya existido antes de él. Por ejemplo, una estructura jerárquica. Dibujar un bisonte en la pared. Con huevos. O inventar el mito de Afrodita. Cuál es la puñetera causa de ese deseo, no la sabe. Y, en realidad, para qué necesita un Chñoupek esa Afrodita o ese bisonte. Con huevos. Existen hipótesis, por supuesto, ¡y varias! El bisonte, de cualquier forma, significa mucha, muchísima carne. Y de Afrodita no quiero ni hablar… Por cierto, si hablamos con toda honestidad y sinceridad, para nuestra ciencia materialista, el origen de esta tercera necesidad por ahora sigue siendo un enigma. Pero en el presente eso no debe interesarnos. En el presente, amigos, ¿qué es lo que más nos importa? Que en esa multitud gris surja de repente, que desgracia, un individuo que no se satisfaga solo con las gachas de avena y la guarra Lagarta cuyas piernas están llenas de granos, un individuo que no se satisfaga con el realismo al alcance de todos, sino que comience a idealizar, a abstraerse, qué cerdo, que comience mentalmente a transformar las gachas de avena en un jugoso bisonte al ajillo, y a la Lagarta en una hembra exuberante, de buena grupa y recién bañada, que sale del océano. Del agua. ¡Madre mía! ¡Un individuo como ese no tiene precio! A un hombre como ese hay que ponerlo en un puesto elevado, y llevarle batallones de Chñoupeks y Lagartas para que aprendan, parásitos, a entender cuál es su lugar. Vosotros, harapientos, ¿podéis hacer lo que él? Tú, piojoso pelirrojo, ¿puedes dibujar una chuleta de tal modo que a uno le entren deseos de comérsela? ¿O, al menos puedes inventar un chiste verde? ¿No puedes? Entonces, so mierda, ¿cómo se te ocurre compararte con él? ¡Vete a labrar la tierra! ¡Vete a pescar, a vender conchas!

Andrei se apartó de la mesa y, frotándose las manos con ardor, volvió a caminar de un lado a otro. Todo aquello le salía muy bien. ¡Magnífico! Y sin necesidad de disertación alguna. Todos aquellos descerebrados lo escuchaban, conteniendo el aliento. Ni uno de ellos se movía… «Es que yo soy así. Claro que no soy como Katzman, yo paso más tiempo callado, pero si me acosan, si me preguntan… Es verdad que en aquel extremo invisible de la mesa parece que hay alguien que quiere hablar. Un judío, quizá Katzman que ha logrado entrar. Bueno, veremos quién convence a quién.»

—Tenemos entonces que la grandeza, como categoría, surgió a partir de la creación, ya que solo es grande quien crea, quien da origen a lo nuevo, a lo que no ha existido. Pero preguntémonos, señores míos, entonces ¿quién les va a restregar el hocico en la mierda? ¿Quién les dirá; animalito, dónde pretendes meterte? ¿Quién se convertirá en sacerdote del creador? Y no temo esa palabra. Pues será aquel, señores míos, que no sea capaz de dibujar la ya mencionada chuleta, y tampoco a Afrodita, pero que tampoco quiere comerciar con conchas, será el creador-organizador, el creador que los pone a todos en fila, el creador que exige dones y que después los distribuye… Y aquí estamos ya ante el problema relativo al papel de dios y del diablo en la historia. Ante un problema, digámoslo con sinceridad, complejo, enredadísimo, ante un problema en el que, de acuerdo con nuestro punto de vista, todos mienten… Pues hasta un bebé incrédulo tiene claro que Dios es una buena persona, y el diablo, por el contrario, mala. ¡Pero, señores, eso es el delirio de un macho cabrío! ¿Qué sabemos en realidad sobre ellos? Que Dios tomó el caos en sus manos y lo organizó, mientras que el diablo, a su vez, intenta en todo momento destruir esa organización, hacerla regresar al caos. ¿No es verdad? Pero, por otra parte, toda la historia nos enseña que el hombre, como personalidad individual, tiende precisamente al caos. Quiere ser independiente. Quiere hacer solo aquello que desea. Se pasa todo el tiempo proclamando que él, por naturaleza, es libre. No tenemos que buscar mucho para hallar ejemplos, tomemos de nuevo al famoso Chñoupek. Espero que comprendan hacia dónde me dirijo. Porque les pregunto: ¿a qué se han dedicado los tiranos más feroces a lo largo de la historia? Precisamente, han intentado que el caos antes mencionado, propio del ser humano, esa amorfa cualidad caótica de los Chñoupek y las Lagartas, se organizara de manera conveniente, se formulara, se estructurara, preferiblemente en una fila, se concentrara en un punto y él crearía su contrapunto. O, en palabras más sencillas, los eliminaría. Y, por cierto, como regla general lo conseguían. Aunque, hay que decirlo, solo durante corto tiempo y solo con un gran derramamiento de sangre. Pues ahora les pregunto: ¿quién es el bueno en realidad? ¿El que intenta realizar el caos considerándolo libertad, igualdad y fraternidad, o el que pretende reducir esa cualidad de los Chñoupek y las Lagartas (léase entropía social) al mínimo? ¿Quién? ¡Pues esa es la cuestión!

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