Arkadi Strugatsky - Ciudad condenada

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El mundo de «Ciudad condenada» es un mundo sobrenatural al que son transportados los protagonistas tras su muerte para formar parte de un enigmático Experimento: en él, todos hablan una lengua común que cada uno identifica como propia. «El Experimento es el Experimento», el leitmotiv que se repite a lo largo de la novela.
El escenario está inspirado en la ciudad de un lóbrego cuadro de Nicholas Roerich cuya topografía es completamente fantástica: una pequeña franja de tierra habitable, limitada al oeste por un abismo por el que los objetos que caen vuelven a aparecer tras un tiempo: al este, un muro inaccesible en cuya base aparecen esporádicamente restos humanos destrozados: al sur, extensas marismas cuyos habitantes ganan lo justo para vivir una vida bañada en alcohol: y en el norte, páramos y ciudades en ruinas donde, más allá, se supone que se encuentra la Anticiudad. El sol se enciende y se apaga a voluntad. Además, existe un Edificio Rojo que aparece en diferentes lugares, que es descrito por diversos testigos pero que siempre se desvanece antes de que las autoridades puedan investigarlo: la gente que cruza su umbral desaparece.

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—¿Adónde puedo indicarle que vaya? —gritó—. ¿Qué, no ve que llevo unos papeles para que los firmen?

Y huyó corriendo por el pasillo.

Andrei hizo varios intentos más de tomar parte en la actividad organizada, pero todos lo rechazaban o se desentendían de él, todos estaban muy apurados, no encontró ni a una persona que estuviera tranquila en su puesto y, digamos, confeccionando una lista de voluntarios. Entonces, Andrei se enfureció y se dedicó a abrir de par en par las puertas de los despachos, con la esperanza de encontrar a algún funcionario responsable que no corriera, no gritara y no hiciera aspavientos. La idea más lógica sugería que, en alguna parte, debía existir allí un puesto de mando, desde el cual se dirigía toda aquella actividad.

El primer despacho estaba vacío. En el segundo había un hombre en calzoncillos que gritaba por un teléfono, y otro que maldecía mientras trataba de ponerse una bata de trabajo que le venía estrecha. Por debajo de la bata asomaban unos pantalones de policía y unos zapatos de uniforme, limpios y brillantes, pero sin cordones. Al meter la cabeza en el tercer despacho, algo rosado con botones golpeó el rostro de Andrei, que retrocedió al momento después de haber visto, un instante, cuerpos hermosos y obviamente femeninos. Pero en el cuarto despacho había un Preceptor.

Estaba sentado en el alféizar, con las rodillas entre los brazos, y miraba a la oscuridad más allá del cristal, iluminada a veces por la luz de los faros de algún coche. Cuando Andrei entró, el Preceptor volvió hacia él su rostro rubicundo y bondadoso, alzó levemente las cejas como hacía siempre y sonrió. Y al ver la sonrisa, Andrei se tranquilizó enseguida. Su rabia y su furia desaparecieron y quedó claro que, al fin y al cabo, todo se arreglaría sin falta, todo volvería a quedar en su lugar y, en general, terminaría bien.

—Bueno —dijo, abriendo los brazos y sonriendo en respuesta—. Resulta que nadie me necesita. No sé conducir, no sé dónde está el gimnasio… Qué contusión, no entiendo nada.

—Claro —asintió el Preceptor con simpatía—. Una horrible confusión. —Bajó los pies del alféizar, metió las manos debajo del trasero y comenzó a agitar los pies como un niño—. Hasta da vergüenza. Qué indecencia. Gente adulta, seria, la mayoría de ellos con experiencia… ¡Eso quiere decir que no hay suficiente organización! ¿No es verdad. Andrei? Entonces, hay algunos puntos esenciales que se han quedado sin resolver. Falta de preparación. Falta de disciplina… Y, por supuesto, burocracia.

—¡Sí! ¡Por supuesto! —afirmó Andrei—. ¿Sabe qué he decidido? No volveré a buscar a nadie ni voy a aclarar nada más, agarraré un palo y me iré. Me uniré a algún destacamento. Y si no me aceptan, actuaré yo mismo. Allí han quedado mujeres… y niños… —El Preceptor asentía al escuchar cada una de sus palabras; ya no sonreía, en ese momento su rostro expresaba seriedad y simpatía—. Solo hay una cosa… —siguió Andrei, arrugando el rostro—. ¿Qué pasa con Donald?

—¿Con Donald? —repitió el Preceptor, levantando las cejas—. ¡Ah, con Donald Cooper! —Se echó a reír—. Seguramente usted piensa que Donald Cooper ha sido arrestado y ha confesado sus crímenes… Nada de eso. En este mismo momento, Donald Cooper organiza un destacamento de voluntarios para rechazar esta descarada invasión, y por supuesto no es un gángster ni ha cometido ningún crimen. La pistola la consiguió en el mercado, la cambió por un reloj antiguo con caja de música. ¿Qué vamos a hacer? Toda su vida ha llevado un arma en el bolsillo, está acostumbrado.

—¡Por supuesto! —dijo Andrei, sintiendo un enorme alivio—. ¡Está claro! Yo mismo no podía creerlo, simplemente consideré que… ¡Está bien! —Se volvió para marcharse, pero se detuvo—. Dígame… si no es un secreto, claro está. Dígame, ¿qué objetivo tiene todo esto? ¡Monos! ¿De dónde han salido? ¿Qué deben demostrar?

El Preceptor suspiró y bajó del alféizar.

—De nuevo me hace preguntas a las que yo…

—¡No! ¡Comprendo! —dijo Andrei con sentimiento, llevándose las manos al pecho—. Yo solo…

—Espere. De nuevo me hace preguntas a las que, simplemente, no sé responder. Entiéndalo de una vez por todas: no sé responder. ¿Recuerda la erosión de las edificaciones? La transformación del agua en hiel… Aunque eso ocurrió antes de su llegada. Ahora, ahí lo tiene, los babuinos. Acuérdese: usted me preguntaba todo el tiempo cómo era eso de que personas de diferentes nacionalidades hablaran todas el mismo idioma y ni siquiera se dieran cuenta de ello. Acuérdese de cómo eso lo impresionaba, cómo no acababa de entenderlo e incluso se asustaba, cómo le demostraba a Kensi que él hablaba en ruso, y Kensi le decía que usted hablaba en japonés. ¿Lo recuerda? Y ahora usted ya se ha acostumbrado, ahora esas preguntas no le entran en la cabeza. Una de las condiciones del Experimento. El Experimento es eso, el Experimento, ¿qué más se puede decir en este caso? —Sonrió—. Vaya, vaya, Andrei. Su lugar está allí. La acción ante todo. Cada cual en su puesto, y cada cual hace todo lo que puede.

Andrei salió, ni siquiera salió sino que saltó al pasillo con una total sensación de vacío, bajó por la escalera principal hasta la plaza y al momento vio un grupo de personas con aire diligente, que se movían con serenidad en torno a un camión, bajo una farola. Sin vacilar, se incorporó al grupo, se abrió camino hasta la primera fila, le pusieron en las manos una pesada lanza metálica y se sintió armado, fuerte y listo para el combate decisivo.

No lejos, alguien daba órdenes sonoras (¡una voz conocida!), exigiendo que formaran en tres columnas, y Andrei, con la lanza apoyada sobre el hombro, corrió hacia allá y encontró un sitio entre un latinoamericano corpulento que llevaba tirantes por encima de la camisa de dormir y un intelectual escuálido, de cabello rubio, que se veía muy nervioso: a cada momento se quitaba las gafas, echaba el aliento sobre los cristales, los frotaba con un pañuelo y se las colocaba en la nariz, ayudándose con dos dedos.

El destacamento era pequeño, no más de treinta personas. Y su comandante resultaba ser Fritz Geiger, lo que por una parte era bastante molesto, pero por otra era imposible no darse cuenta de que, en la situación reinante, Geiger estaba, por así decirlo, en su puesto, aunque fuera un fascista fugitivo. Como correspondía a un suboficial de la Wehrmacht, soltaba abundantes tacos y no resultaba agradable oírlo.

—¡Al-linearse! —gritaba para toda la plaza, como si estuviera dirigiendo un regimiento en unas maniobras de infantería—. ¡Oye, tú, el de las pantuflas! ¡Sí, tú mismo! ¡Mete la panza…! Y vosotros, qué pose es esa, parecéis vacas recién ordeñadas. ¿Cómo, que no tiene que ver con vosotros? Las picas, apoyadas en el suelo. ¡No, en el hombro no, he dicho que en el suelo! ¡Tú, la vieja de los tirantes! ¡Fi-i-ir-mes! Seguidme… ¡De frente, march…!

Echaron a andar sin mucha marcialidad. Enseguida, el que iba atrás le pisó el pie a Andrei, que tropezó, empujó al intelectual con el hombro y este dejó caer las gafas, que limpiaba por enésima vez.

—¡Bestia! —le dijo Andrei al de atrás, sin poder contenerse.

—¡Tenga más cuidado! —chilló el intelectual con voz aflautada—. ¡Por Dios, hombre!

Andrei lo ayudó a buscar las gafas, y cuando Fritz corrió hacia ellos, ahogándose de rabia, Andrei lo mandó a hacer puñetas.

Junto con el intelectual, que no paraba de dar las gracias y tropezar, alcanzaron la columna, caminaron otros veinte metros y recibieron la orden de montar en los transportes. Los «transportes», por cierto, eran un camión, un enorme vehículo para la distribución de mortero de cemento. Cuando subieron, descubrieron que algo chapoteaba y salpicaba bajo los pies. El tío de las pantuflas trepó la baranda con esfuerzo, bajó y anunció, chillando, que no tenía la intención de ir a ninguna parte en ese transporte. Fritz le ordenó que volviera a montar. El hombre, alzando más la voz, dijo que llevaba pantuflas y se le habían empapado los pies. Fritz lo llamó cerdo preñado. El hombre de las pantuflas empapadas no se amilanó y dijo que él en particular no era un cerdo, que posiblemente un cerdo estaría contento de viajar en aquel cenagal, que pedía humildes disculpas a todos los que habían aceptado viajar en aquella pocilga, pero… En ese momento, el latinoamericano bajó del camión, escupió despreciativamente delante de Fritz, metió sus pulgares bajo los tirantes y, sin prisa, se alejó de allí.

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