Arkadi Strugatsky - Ciudad condenada

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Ciudad condenada: краткое содержание, описание и аннотация

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El mundo de «Ciudad condenada» es un mundo sobrenatural al que son transportados los protagonistas tras su muerte para formar parte de un enigmático Experimento: en él, todos hablan una lengua común que cada uno identifica como propia. «El Experimento es el Experimento», el leitmotiv que se repite a lo largo de la novela.
El escenario está inspirado en la ciudad de un lóbrego cuadro de Nicholas Roerich cuya topografía es completamente fantástica: una pequeña franja de tierra habitable, limitada al oeste por un abismo por el que los objetos que caen vuelven a aparecer tras un tiempo: al este, un muro inaccesible en cuya base aparecen esporádicamente restos humanos destrozados: al sur, extensas marismas cuyos habitantes ganan lo justo para vivir una vida bañada en alcohol: y en el norte, páramos y ciudades en ruinas donde, más allá, se supone que se encuentra la Anticiudad. El sol se enciende y se apaga a voluntad. Además, existe un Edificio Rojo que aparece en diferentes lugares, que es descrito por diversos testigos pero que siempre se desvanece antes de que las autoridades puedan investigarlo: la gente que cruza su umbral desaparece.

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Algo volvió a rodar por el techo de la cabina, y de repente un montón de basura pegajosa golpeó el capó y se deshizo.

—¡Eh! —gritó Oskar a la oscuridad—. ¡Basta ya!

Delante, veinte gargantas volvieron a gritar y la densidad de los tacos alcanzó un nivel nunca visto. Algo ocurría, Izya soltó un gemido lastimero, se agarró el vientre y se dobló por la cintura, esta vez en serio. Andrei abrió la portezuela, comenzó a asomarse y en ese momento una lata de conservas vacía le dio en la cabeza. No le dolió, pero se molestó mucho. Silva se agachó y se deslizó hasta desaparecer en la oscuridad. Andrei se protegió la cabeza y la cara, y se puso a examinar los alrededores.

No se veía nada. De detrás del montón de basura a la izquierda lanzaban latas oxidadas, pedazos de madera podrida, huesos viejos y hasta trozos de ladrillo. Se oyó el sonido de cristales que se rompían. Un feroz bramido de indignación brotó de la fila de camiones.

—¡¿Quiénes son los canallas que andan divirtiéndose ahí?! —gritaban, casi a coro.

Rugían los motores y se encendían los faros. Algunos camiones comenzaron a moverse hacia atrás y hacia adelante. Al parecer, los choferes intentaban moverlos de manera que se pudieran iluminar las colinas de desperdicios, desde donde ya llegaban volando ladrillos enteros y botellas vacías. Varios hombres imitaron a Silva, se agacharon y desaparecieron corriendo en la oscuridad.

De reojo, Andrei percibió cómo Izya se retorcía junto al neumático posterior, con el rostro contraído en una mueca de dolor, y se palpaba el vientre. Entonces, volvió a la cabina y sacó la pesada barra de hierro de debajo del asiento. ¡Por la cabeza, canallas, por la cabeza! Se veía a una decena de basureros que subían a toda prisa, a cuatro patas, agarrándose de cualquier cosa. Alguien había logrado girar el camión, de tal manera que los faros alumbraban la cima de las colinas, erizadas de restos de muebles viejos, trapos y trozos de papel, brillantes por los trozos de cristal. Por encima de los desperdicios se veía, muy alto, la pala de la excavadora sobre el fondo del cielo totalmente negro. Y algo se movía en la pala, algo grande y gris, con tonos plateados. Andrei quedó paralizado, mirando. En ese mismo instante, un grito desesperado se sobrepuso a todas las voces.

—¡Son diablos! ¡Diablos! ¡Sálvese quien pueda!

Y en ese mismo momento varias personas comenzaron a caer colina abajo, de cabeza, dando vueltas, levantando columnas de polvo y remolinos de trapos y papeles viejos, con ojos enloquecidos, bocas abiertas y manos que se sacudían espasmódicamente. Uno de ellos, con las manos alrededor de la cabeza que protegía entre los codos bien apretados, continuaba chillando de pánico y pasó junto a Andrei, resbaló en la rodera, cayó, se levantó de un salto y siguió corriendo con todas sus fuerzas en dirección a la ciudad. Otro, respirando a ronquidos, se metió entre el radiador del camión de Andrei y la cama del camión que lo precedía, se atascó, intentó soltarse y también se puso a gritar con voz enloquecida. De repente se hizo el silencio, solo quedó el zumbido de los motores, y en ese instante, como si alguien agitara un látigo, se oyeron disparos. Y Andrei vio sobre la cima, a la luz azulada de los faros, a un hombre alto y muy delgado que estaba de espaldas a los camiones, y disparaba hacia algún punto en la oscuridad, al otro lado de la colina, con una pistola que sostenía con ambas manos.

Disparó cinco o seis veces en un silencio total, y después brotó de la oscuridad un alarido no humano sino de mil voces, rabioso, lleno de angustia y maullante, como si veinte mil gatos en celo gritaran a la vez por altavoces, y el hombre delgado retrocedió, hizo un gesto absurdo con los brazos y bajó la colina deslizándose sobre la espalda. Andrei también retrocedió, presintiendo algo insoportablemente terrorífico, y entonces vio cómo la cima de la colina comenzaba a moverse.

Unos fantasmas de color gris plateado, increíbles, de una fealdad monstruosa, estaban de repente allí de pie, con miles de ojos brillantes, inyectados de sangre, mostrando los destellos de miles de colmillos y agitando un bosque de largos brazos peludos. A la luz de los faros se levantó una enorme cortina de polvo, y un alud de restos, piedras, botellas y pedazos de basura cayó sobre los camiones.

Andrei no resistió más. Se metió en la cabina, se escondió en el rincón más oscuro y levantó la barra metálica. Se quedó quieto, como en una pesadilla. No se daba cuenta de nada, y cuando un cuerpo oscuro hizo sombra en la portezuela abierta, gritó sin oír su propia voz y se puso a pinchar con la barra aquello blando, horrible, que se resistía y trataba de acercarse a él, y siguió haciéndolo hasta el momento en que un grito lastimero lo hizo volver en sí.

—¡Idiota, soy yo! —gemía Izya. Entró en la cabina y cerró la portezuela—. ¿Sabes de qué se trata? —le dijo, con una voz inesperadamente serena—. Son monos. ¡Qué canallas!

Al principio, Andrei no entendió. Después entendió, pero no lo creyó.

—Así que monos —dijo, se paró en el estribo y se puso a mirar. Exacto: eran monos. Muy grandes, muy peludos, con un aspecto muy feroz, pero no eran diablos ni fantasmas, sino simplemente monos. La vergüenza y el alivio hicieron ruborizarse a Andrei, y en ese momento algo muy pesado y duro le golpeó la oreja con tanta fuerza que su otra oreja golpeó contra el techo de la cabina.

—¡A los camiones! —gritó delante una voz autoritaria—. ¡Basta de pánico! ¡Son babuinos! ¡No tengáis miedo! ¡A los camiones, y dad marcha atrás!

La columna de camiones se convirtió en un infierno total. Disparaban los silenciadores, los faros se encendían y apagaban, los motores zumbaban a toda potencia y un humo grisáceo ascendía hacia un cielo sin estrellas. De repente, un rostro bañado en algo negro y brillante salió de la oscuridad, unas manos agarraron a Andrei por los hombros, lo sacudieron como a un cachorrillo, lo metieron de costado en la cabina… y en ese momento el camión de delante dio marcha atrás y se incrustó con un crujido en el radiador, mientras que el camión de atrás saltó hacia delante y golpeó la caja como si se tratara de una pandereta, de modo que los bidones chocaron con estruendo.

—¿Sabes conducir el camión, Andrei? —preguntaba Izya sacudiéndolo por los hombros—. ¿Sabes?

—¡Me han matado! —gemían desde el humo grisáceo—. ¡Salvadme!

—¡Basta ya de pánico! —seguía tronando a la vez una voz autoritaria—. ¡El último camión, da marcha atrás! ¡Ahora!

De arriba, a izquierda y derecha, seguían cayendo objetos duros que golpeaban las cabinas, los bidones, y hacían temblar los cristales; los cláxones gemían y sonaban constantemente, mientras el horroroso aullido crecía y crecía.

—Me largo —dijo Izya de repente, se cubrió la cabeza con las manos y salió del camión. Estuvo a punto de caer bajo un vehículo que corría en dirección a la ciudad. Entre los bidones que saltaban se vio un momento el rostro del controlador. Después, Izya desapareció y apareció Donald, sin sombrero, con la ropa rota y enfangada, tiró una pistola sobre el asiento, se sentó al volante, encendió el motor y, sacando la cabeza por la ventanilla, dio marcha atrás.

Al parecer se había establecido cierto orden: los gritos de pánico cesaron, los motores echaron a andar y la columna entera de camiones comenzó a retroceder poco a poco. Hasta la granizada de botellas y piedras se calmó en cierta medida. Los babuinos saltaban y se paseaban por la cima de la colina de basura, pero no bajaban, solo gritaban abriendo sus fauces caninas, y se burlaban mostrando a los camiones el trasero, que brillaba a la luz de los faros.

El camión avanzaba cada vez más rápido, volvió a derrapar en la zanja llena de fango, salió a la carretera y giró. Donald cambió la marcha con un rechinar de la palanca, pisó el acelerador, cerró la portezuela de un tirón y se recostó en el asiento. Delante, en la oscuridad, saltaban las luces rojas de los vehículos que huían a toda velocidad.

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