«Hemos escapado —pensó Andrei con alivio, y se palpó la oreja con cuidado. Se había hinchado y latía—. ¡Qué cosa, babuinos! ¿De dónde han salido? Tan grandes… y en tal cantidad. Nunca hemos tenido aquí babuinos… sin contar, por supuesto, a Izya Katzman. ¿Y por qué precisamente babuinos? ¿Por qué no tigres?» Cambió de posición en el asiento porque estaba incómodo, y algo golpeó el camión. Andrei dio un salto y cayó sobre algo duro, desconocido. Metió la mano debajo y sacó la pistola. La miró durante un segundo, sin comprender. El arma era negra, pequeña, de cañón corto y culata rugosa.
—Tenga cuidado —dijo Donald de repente—. Démela.
Andrei le entregó la pistola y estuvo un rato mirando como su compañero, retorciéndose, metía el arma en el bolsillo trasero del mono de trabajo. De repente, un sudor frío lo empapó.
—¿Era usted el que disparaba? —preguntó, casi en un susurro. Donald no respondió. Hacía señales para adelantar a otro camión con el único faro que todavía funcionaba. En un cruce, varios babuinos de largas colas pasaron corriendo por delante del vehículo, tocando casi el radiador. Pero Andrei no les prestó atención.
—¿De dónde ha sacado el arma, Don? —Una vez más, Donald no respondió, se limitó a hacer un extraño gesto con la mano, como si quisiera colocarse el sombrero inexistente sobre los ojos—. Mire, Don —insistió Andrei con decisión—, vamos ahora a la alcaldía, usted entrega la pistola y explica cómo se hizo con ella.
—Deje de decir tonterías —replicó Donald—. Mejor, deme un cigarrillo.
—No es ninguna tontería —dijo Andrei sacando el paquete de forma maquinal—. No quiero saber nada. Usted se lo calló, bien, era asunto suyo. En general, confío en usted… Pero en la ciudad, solo los bandidos tienen armas. No quiero acusarlo de nada, pero no lo entiendo… Y hay que entregar el arma y explicarlo todo. Y no hacer como si eso fuera algo sin importancia. Veo cómo ha cambiado usted en los últimos tiempos. Es mejor aclararlo todo.
Donald volvió la cabeza durante un segundo y miró a Andrei a la cara. No estaba claro qué había en su mirada, si burla o sufrimiento, pero en ese momento a Andrei le pareció que era una persona muy vieja, un anciano acosado. Sintió confusión y se turbó, pero enseguida recuperó el control.
—Entréguela y cuéntelo todo —repitió, con firmeza—. ¡Todo!
—¿Se ha dado cuenta de que los monos avanzan sobre la ciudad? —preguntó Donald.
—¿Y qué? —se turbó Andrei.
—Sí, en realidad, ¿y qué? —dijo Donald, y dejó escapar una risa desagradable.
Los monos ya estaban en la ciudad. Volaban por las cornisas, colgaban en racimos de las farolas urbanas, bailaban en los cruces formando horribles multitudes peludas, se pegaban a las ventanas, se tiraban adoquines arrancados del pavimento, perseguían a personas enloquecidas que habían saltado a la calle en paños menores…
Donald detuvo el camión en varias ocasiones para recoger a personas que huían. Habían tirado los bidones hacía rato. Durante unos minutos, delante del camión galopó un caballo desbocado que arrastraba un carro, en el que se agachaba y saltaba un enorme babuino, agitando unos enormes brazos peludos, Andrei vio al carro incrustarse estruendosamente en una farola; el caballo siguió adelante, arrastrando los correajes rotos, mientras que el babuino se colgó de un salto de la tubería de desagüe más cercana, trepó y desapareció en una azotea.
La plaza mayor era un hervidero de pánico. Los autos llegaban y salían, los policías corrían, gente perdida vagaba en paños menores de un lado a otro, junto a la entrada habían acorralado a un funcionario contra la pared, le gritaban y le exigían algo, pero él a su vez se defendía agitando el bastón y el portafolios.
—Qué lío —dijo Donald, saltando del camión.
Entraron corriendo en el edificio y al momento se perdieron en la densa multitud de personas vestidas de civil, personas que llevaban el uniforme de la policía y personas en paños menores. Retumbaba el ruido de muchas voces y el humo del tabaco hacía arder los ojos.
—¡Dese cuenta! No puedo ir así, en calzoncillos…
—Abrid de inmediato el arsenal y repartid las armas… ¡Demonios, por lo menos a los policías!
—¿Dónde está el jefe de policía? Ahora mismo estaba por aquí…
—Allí se ha quedado mi esposa, ¿puede entender eso? ¡Y mi anciana suegra!
—Oiga, no pasa nada. Son monos, nada más que monos.
—¡Imagínese! Me levanto, ¿y qué veo en el alféizar de la ventana?
—¿Y por dónde anda el jefe de policía? Seguro que duerme, ese culo gordo.
—Teníamos una farola en el callejón. La derribaron…
—¡Kovalevski! ¡Corriendo, al despacho número doce!
—Pero estarán de acuerdo en que, llevando solo los calzoncillos…
—¿Quién sabe conducir? ¡Choferes! ¡Todos a la plaza! ¡Junto al tablón de anuncios!
—Pero ¿dónde demonios se ha metido el jefe de policía? ¿Habrá huido, el muy miserable?
—Haz lo siguiente. Llévate a los muchachos a los talleres de fundición. Allí, que recojan esas… las varillas, las que se usan para vallar los parques… ¡Que las recojan todas, todas! Y regresan aquí de inmediato…
—Le di con tal fuerza a esa jeta peluda que hasta me he lastimado el brazo…
—Y las escopetas de aire, ¿sirven?
—¡Tres coches a la manzana setenta y dos! Cinco coches a la setenta y tres…
—Tenga la bondad de ordenar que les entreguen equipamiento de segunda reserva. Pero con recibo, para que lo devuelvan después.
—Oiga, ¿y tienen cola? ¿O es mi imaginación?
A Andrei lo empujaban, lo apretaban, lo acorralaban contra las paredes del pasillo, le habían pisado los dos pies, y él también empujaba, trataba de avanzar, de quitar a otros de su camino… Al principio buscaba a Donald para servirle de testigo de descargo en la confesión y entrega del arma, pero después comprendió finalmente que la invasión de los babuinos era al parecer un hecho muy serio y por algo se había armado semejante confusión. Enseguida lamentó no saber conducir un camión, no conocer dónde se encontraban los talleres de fundición con las misteriosas varillas, y no tener ni idea de cómo entregar equipamiento de segunda reserva a nadie; como resultado, era totalmente innecesario allí. Intentó, al menos, contar lo que había visto con sus propios ojos, quizá aquellos datos serían de utilidad, pero unos no le prestaban la menor atención, y otros, apenas comenzaba a hablar, lo interrumpían y narraban sus propias vivencias.
Constató con amargura que no encontraba caras conocidas en aquel torbellino de guerreras y calzoncillos, solo vio un instante el negro rostro de Silva, que llevaba la cabeza envuelta en un trapo ensangrentado, pero desapareció enseguida. Mientras tanto, se emprendían algunas acciones, alguien organizaba a algunas personas, las enviaba a alguna parte, las voces subían de tono, cada vez más firmes, los calzoncillos comenzaron a desaparecer y poco a poco las guerreras se hicieron notar más. Hubo un momento en que a Andrei le pareció oír el paso rítmico de las botas y una canción de filas, pero resultó que solamente habían dejado caer la caja fuerte portátil, que fue dando tumbos escaleras abajo hasta atascarse en la puerta del departamento de alimentación…
En ese momento, Andrei descubrió un rostro conocido, el de un funcionario con quien había trabajado en la contaduría de la Cámara de Pesos y Medidas. Llegó hasta él echando a un lado a las personas con las que se cruzaba, lo arrinconó contra la pared y, de un tirón, le contó que él. Andrei Voronin («¿se acuerda?, trabajamos juntos»), actualmente estibador del servicio de recogida de basura, no podía encontrar a nadie, por favor, dígame a dónde puedo ir para ser útil, seguramente se necesita gente… El funcionario lo escuchó durante cierto tiempo, pestañeando febrilmente mientras hacía intentos convulsivos por liberarse, pero finalmente lo apartó de un empujón.
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