Arkadi Strugatsky - Ciudad condenada

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Ciudad condenada: краткое содержание, описание и аннотация

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El mundo de «Ciudad condenada» es un mundo sobrenatural al que son transportados los protagonistas tras su muerte para formar parte de un enigmático Experimento: en él, todos hablan una lengua común que cada uno identifica como propia. «El Experimento es el Experimento», el leitmotiv que se repite a lo largo de la novela.
El escenario está inspirado en la ciudad de un lóbrego cuadro de Nicholas Roerich cuya topografía es completamente fantástica: una pequeña franja de tierra habitable, limitada al oeste por un abismo por el que los objetos que caen vuelven a aparecer tras un tiempo: al este, un muro inaccesible en cuya base aparecen esporádicamente restos humanos destrozados: al sur, extensas marismas cuyos habitantes ganan lo justo para vivir una vida bañada en alcohol: y en el norte, páramos y ciudades en ruinas donde, más allá, se supone que se encuentra la Anticiudad. El sol se enciende y se apaga a voluntad. Además, existe un Edificio Rojo que aparece en diferentes lugares, que es descrito por diversos testigos pero que siempre se desvanece antes de que las autoridades puedan investigarlo: la gente que cruza su umbral desaparece.

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—¡Qué rayos es esto! —rugió el granjero.

Un nuevo fragmento le golpeó la frente. El hombre calló y corrió hacia su carro. Eso ocurría justo frente a Andrei, que primero pensó que el granjero montaría en el carro, lo mandaría todo al diablo y escaparía a su ciénaga, lejos de aquel lugar peligroso. Pero el barbudo no tenía la menor intención de irse. Mascullando tacos, comenzó a buscar algo en su cargamento con prisa febril. Su ancha espalda no dejaba que Andrei viera qué hacía, pero las mujeres del edificio de enfrente, que lo veían todo, de repente chillaron, cerraron las ventanas y desaparecieron de la vista. Andrei no tuvo tiempo siquiera de pestañear. El barbudo se acuclilló, y por encima de su cabeza apareció, apuntando a las azoteas, un cañón grueso, brillante, aceitado, cubierto por un cilindro metálico lleno de perforaciones…

—¡A-al-to! —gritó Fritz, y Andrei lo vio correr hacia el carro a grandes saltos.

—Bestias inmundas, bichos… —mascullaba el barbudo, mientras realizaba movimientos complicados y ágiles con las manos, que iban acompañados por chasquidos metálicos y tintineos.

Andrei se encogió, esperando fuego y estruendo, y los monos en las azoteas también percibieron algo. Dejaron de moverse, se sentaron sobre sus colas y comenzaron a intercambiar opiniones, moviendo sus cabezas perrunas.

Pero Fritz ya estaba junto al carro. Agarró al barbudo por el hombro.

—¡Suelte eso! —ordenó con autoridad.

—¡Espera! —replicó el barbudo con desencanto, mientras movía el hombro—. Espera, ahora acabo con ellos, canallas colilargos…

—¡Le he ordenado que suelte eso! —gritó Fritz.

Entonces, el barbudo lo miró y comenzó a levantarse lentamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó, alargando las palabras con un desprecio indescriptible. Tenía la misma estatura que Fritz, pero era mucho más ancho de hombros y tenía un tórax más potente.

—¿De dónde ha sacado el arma? —preguntó Fritz con brusquedad—. ¡Sus documentos!

—¡Vaya, mocoso! —replicó el barbudo, con amenazadora sorpresa—. ¿Así que quieres ver mis documentos? ¿Y no querrás esto, piojo albino?

Fritz no prestó atención al gesto grosero y continuó mirando a los ojos del barbudo.

—¡Rumer! —gritó Fritz con todas sus fuerzas—. ¡Voronin! ¡Frijat! ¡A mí!

Al oír su apellido, Andrei se sorprendió, pero al momento se despegó de la pared y echó a andar sin prisa hacia el carretón. Del otro lado, a trote corto, se aproximaba el robusto Rumer, que en el pasado había sido boxeador profesional, y llegaba corriendo con todas sus fuerzas el amigo de Fritz, el pequeño y flaco Otto Frijat, un chico muy rubio de orejas enormes.

—Vamos, vamos —decía el granjero con expresión burlona, mientras observaba todos aquellos preparativos bélicos.

—De nuevo le ruego que muestre sus documentos —repitió Fritz con gélida cortesía.

—Puedes irte a hacer puñetas —respondió el barbudo con negligencia. Miraba sobre todo a Rumer, y como quien no quiere la cosa, colocó su mano sobre el mango de un látigo impresionante, hecho de piel cruda.

—¡Chicos, chicos! —advirtió Andrei—. Oye, soldado, mejor no discutas, somos de la alcaldía…

—Me cisco en vuestra alcaldía —respondió el granjero, midiendo a Rumer con la mirada de la cabeza a los pies.

—¿Qué pasa? —preguntó Rumer, con voz queda y ronca.

—Usted lo sabe perfectamente —le dijo Fritz al barbudo—. Las armas están prohibidas dentro de los límites de la ciudad. Sobre todo las ametralladoras. Si tiene autorización, le ruego que la muestre.

—¿Y quiénes sois para pedirme la autorización? ¿Qué, sois la policía? ¿O algo así como la Gestapo?

—Somos un destacamento voluntario de autodefensa.

—Si sois de la autodefensa —replicó el barbudo soltando una risita burlona—, defendeos, quién os lo impide.

Iba madurando una conversación normal y sensata. El destacamento comenzó a agruparse en torno al carretón. Hasta los habitantes locales del género masculino salieron de los portales, llevando en las manos cosas tan dispares como atizadores, patas de silla o herramientas. Contemplaban con curiosidad al barbudo, así como la siniestra ametralladora que yacía sobre una lona, y algo redondo y de vidrio que asomaba su superficie brillante por debajo de la misma. Olfateaban el aire: el granjero estaba rodeado por una atmósfera muy particular, donde olía a sudor, embutidos preparados con ajo y bebidas alcohólicas.

Pero Andrei, con una ternura que lo asombraba a él mismo, contemplaba la guerrera desteñida con las axilas sudadas y un único botón de bronce (y, además, desabrochado) en el cuello, la gorra, con la huella de una estrella de cinco puntas, desplazada hacia la ceja derecha como era de rigor, las pesadas botas-aplastamierda de piel artificial; quizá lo único que rompía la imagen, lo que estaba fuera de lugar, era la barbita. Y en ese momento le vino a la cabeza la idea de que todo aquello debía concitar en Fritz pensamientos y sensaciones muy diferentes. Miró a Fritz, que permanecía tenso con los labios apretados en una línea fina, con arrugas despectivas en torno a la nariz, mientras intentaba congelar al barbudo con la mirada de sus ojos de un gris acerado, unos auténticos ojos arios.

—Nosotros no estamos obligados a pedir autorización —decía mientras tanto, displicente, el barbudo, que jugueteaba con el látigo—. En general, nosotros no estamos obligados a nada, únicamente tenemos la obligación de alimentaros a vosotros, gorrones.

—Está bien —resonó la voz de bajo en las filas traseras—. ¿Y de dónde ha salido la ametralladora?

—¿La ametralladora? Gran cosa. Es la conexión entre la ciudad y la aldea. Yo te doy un cuarto trasero de un cerdo, tú me das una ametralladora, todo de manera limpia y honrada…

—No, no, no —volvió a retumbar la voz de bajo—. Como quiera que sea, una ametralladora no es un juguete, no es como una trituradora de grano…

—Pero yo creo —intervino el que intentaba razonar— que a los granjeros se les permite tener armas.

—¡A nadie se le permite tener armas! —chilló Frijat, muy congestionado.

—¡Vaya tontería! —repuso el que intentaba razonar.

—Claro que es una tontería —exclamó el barbudo—. Quisiera veros en nuestra ciénaga, por la noche, en épocas de celo…

—¿Quién está en celo? —preguntó, interesadísimo, el intelectual que, gafas en mano, había logrado llegar hasta la primera fila.

—Uno que necesita estarlo —le respondió el granjero con desprecio.

—No, perdone… —balbuceó el intelectual—. Soy biólogo, y hasta este momento no he podido…

—Cállese —le ordenó Fritz—. Y a usted, le sugiero que me siga —continuó, dirigiéndose al barbudo—. Se lo sugiero para evitar un inútil derramamiento de sangre.

Sus miradas se cruzaron. Aquel barbudo maravilloso había entendido, siguiendo indicios que solo él comprendía, con quién estaba tratando. Su pelambre facial se abrió en una sonrisita irónica.

—¿ Mleko-yaichki ? —pronunció con una vocecilla repelente e injuriosa—. Hitler kaput ! [1] Frase habitual de los desertores alemanes en zonas rurales rusas durante la Segunda Guerra Mundial. Significa: «¿Leche, huevitos? Hitler está acabado». Y está dicha en una mezcla de ruso mal pronunciado y alemán. (N. del T.)

Le importaba un comino el derramamiento de sangre, inútil o no.

Fue como si a Fritz le pegaran un puñetazo en la barbilla. Echó la cabeza hacia atrás, su rostro pálido se volvió púrpura y sus pómulos se tensaron. Por un momento, Andrei creyó que se lanzaría contra el barbudo, y se dispuso a intervenir para evitar la pelea, pero Fritz se contuvo. La sangre huyó de su rostro.

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