Vladimir Obruchev - Plutonia
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Al día siguiente por la noche, todos los miembros de la expedición se reunieron por última vez en la sala de oficiales del Estrella Polar para una cena de despedida, durante la cual quedaron definitivamente resueltas las cuestiones del rumbo que debía seguir el barco y de las medidas a tomar en auxilio de la expedición de trineos en caso de que no regresara para la fecha fijada.
El Estrella Polar debía dejar junto a la pirámide un depósito de víveres, combustible y ropa para varios meses a fin de que la expedición, si por alguna causa no encontraba al barco en aquel sitio, pudiera quedarse allí a invernar.
La expedición debía marchar en línea recta hacia el Norte durante seis u ocho semanas y luego regresar hacia el Sur, a ser posible por otro camino, pero procurando salir de nuevo al cabo Trujánov. Para aligerar su carga y tener seguro el regreso, debía dejar, aproximadamente cada cincuenta kilómetros, depósitos de víveres para tres días y datos acerca de la dirección que seguía para el caso en que fuese necesario salir a buscarla.
Por la mañana, el Estrella Polar , empavesado, despidió a la expedición con una salva de sus dos cañones. En el momento de despedirse, Trujánov entregó a Yashtánov un sobre lacrado diciéndole:
— Si durante el recorrido por la Tierra de Nansen se encuentra usted en una situación sin salida o tan desconcertado que no logre explicarse lo que ocurre a su alrededor ni sepa qué hacer, abra usted este sobre. Quizá le ayude su contenido a adoptar la decisión conveniente. Pero, sin necesidad apremiante, se lo ruego, no abra el sobre. En caso de que todo marche más o menos normal mis indicaciones no le harán ninguna falta y, además, podrán parecerle absolutamente infundadas.
Después de amistosos apretones de manos en la superficie de la barrera de hielo, adonde casi toda la tripulación había subido a despedirlos, echaron a andar hacia el Norte seis hombres con tres trineos bien cargados, de cada uno de los cuales tiraban ocho perros. Seis perros de reserva corrían al lado.
Capítulo VIII
A TRAVÉS DE LA CORDILLERA RUSSKI
La expedición se adentró durante dos días en la tierra de Nansen a través de una llanura de nieve que ascendía suavemente hacia el Norte y no presentaba ninguna dificultad para el rápido avance. El hielo tenía pocas grietas y, en su mayoría, cegadas por la nieve. El tiempo era gris y del Sur llegaban, empujadas por el viento, unas nubes compactas que a veces se deshacían en nieve y ocultaban la lejanía. Los hombres y los perros iban amoldándose poco a poco a la marcha. Borovói iba en cabeza, probando con su palo la nieve para descubrir a tiempo las grietas y consultando la brújula para mantenerse en la orientación elegida. Makshéiev, Pápochki e Igolkin iban cada uno al lado de su trineo, dirigiendo a los perros. Gromeko corría un poco apartado, pero cerca para ayudar al trineo que se atascara, y Kashtánov cerraba la columna, también con la brújula en la mano, levantando la carta del itinerario. En la parte trasera del último trineo iba fijado un odómetro, ligera rueda unida a un contador, que marcaba la distancia recorrida. Por eso había que evitar sobre todo cualquier avería de ese trineo.
Todos los viajeros llevaban idénticos trajes polares; la kujlianka chukchi, camisa de pieles con el pelo hacia dentro y capota para la cabeza. En caso de grandes fríos iban en los trineos otras kujdiankas que se podían poner encima de las primeras, pero con el pelo hacia fuera. Ahora, por ser verano, bastaba una sola que, además, debía ser sustituida por una chaqueta de punto de lana en caso de lluvia, ya que las prendas de piel de reno no se deben mojar. El resto de la indumentaria se componía de unos pantalones también de piel con el pelo hacia dentro, y de torbás, ligeras botas altas de pieles. En caso de que subiera mucho la temperatura se podía sustituir toda la ropa de pieles por otra de lana que llevaban de repuesto.
Todos marchaban en esquís, ayudándose con los palos. La llanura estaba cubierta de hileras de accidentes, cavidades y chepas, causadas pon las nevascas del invierno y sólo en parte suavizadas por el deshielo, que dificultaban la marcha más que las grietas, no muy frecuentes. Makshéiev divertía a todos hablando con los perros de su trineo, a los que había puesto nombres graciosos. El perro de cabeza grande, negro, había sido bautizado General. Para pasar la noche instalaban una yurta de tipo ligero, con liviana aunque sólida armadura de bambú. Dentro colocaban en círculo los sacos de dormir a lo largo de las paredes; en el centro, una estufa de alcohol piara hacer la comida, y arriba, de una traviesa. colgaban un farolón. Los perros eran atados a los trineos en torno a la yurta . Al finalizar la segunda jornada de viaje, y recorridos cincuenta kilómetros desde el lugar de desembarco, instalaron el primer depósito de víveres para el camino de vuelta, dejándolo marcado con una pirámide de bloques de nieve y una bandera roja en lo alto.
Al tercer día, la pendiente de la llanura nevada se hizo más sensible y aparecieron grandes grietas que frenaban el avance porque había que marchar con más cuidado, tanteando la nieve para no hundirse a través de la fina capa que disimulaba la grieta. Por la tarde se observaron indicios de un próximo cambio del relieve.
Al Norte, las nubes se dispersaban, ahuyentadas por el viento, y entre sus guedejas grises tan pronto aparecían como se ocultaban unas montañas bastante altas que corrían en larga cadena por todo el horizonte. Sobre el fondo níveo general de estas montañas negreaban unos contrafuertes rocosos. El sol permanente rodaba sobre la cresta misma de la cordillera, lanzando un brillo opaco a través del cendal de las nubes y tiñéndolas de color rojizo. En primer plano la llanura nevada reflejaba el cielo y se había cubierto de manchas y franjas azulencas, liláceas y rosadas. Era prodigioso el cuadro general del desierto nevado y de la misteriosa cordillera que se ofreció por primera vez a los ojos de los viajeros.
La ascensión a esta cordillera, bautizada con el nombre de Russki, duró tres días, retardada por las grandes grietas abiertas en el hielo. La expedición seguía uno de los valles transversales, entre contrafuertes rocosos.
El torrente de hielo, o sea, el glaciar que descendía por un valle de la vertiente meridional de la cordillera, tendría hasta un kilómetro de anchura y, — a ambos lados, un ribete de oscuros contrafuertes rocosos bastante abruptos alternaba con vertientes más suaves, cubiertas de una espesa capa de nieve. Los primeros estaban salpicados de trozos de basalto grandes y pequeños y, en algunos lugares, protegidos, presentaban minúsculas plataformas con vegetación polar. Por el camino, Kashtánov iba estudiando los riscos y Gromeko, recogiendo plantas. Para Pápochkin no hubo apenas botín: en todo el día sólo reunió unos cuantos insectos, medio muertos en la nieve o vivos en las praderas.
Las densas nubes que ocultaban el cielo flotaban a escasa altura que casi rozaban la cabeza de los viajeros, que avanzaban como si fueran por un corredor ancho pero muy bajo, de suelo blanco agrietado, muros negros y techo gris. En todas partes donde se acentuaba la inclinación del valle, la superficie más o menos lisa del hielo se convertía en glaciar surcado por multitud de grietas y que muchas veces no era más que un caos de bloques de hielo por encima de los cuales tenían que hacer pasar los trineos; los hombres y los perros se extenuaban y, en un día, no recorrían más que diez kilómetros de ese camino. El tiempo continuaba entoldado. El viento del Sur arrastraba las nubes bajas que ocultaban la cresta de los contrafuertes; sus vertientes negras enmarcaban la superficie desigual del helero por el que avanzaban con gran dificultad los trineos de la expedición. En los sitios peores había que descargarlos y transportar a hombros la impedimenta. Finalmente, al atardecer del tercer día llegaron a un puerto que alcanzaba casi mil quinientos metros de altura sobre el nivel del errar y era una meseta nevada. El tiempo seguía entoldado, la cresta de la cordillera hallábase totalmente oculta por nubes grises que galopaban hacia el Norte y la expedición se movía siempre en medio de una niebla ligera que lo envolvía todo a cien pasos de distancia.
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