Vladimir Obruchev - Plutonia
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Las orillas parecían carentes de vida: ni una columna de humo, ni una silueta de hombre o de animal. Por eso se sorprendieron mucho nuestros viajeros reunidos en cubierta cuando, de una pequeña bahía que apareció de pronto detrás de un cabo escarpado, salió rápidamente una lancha tripulada por un solo hombre que manejaba con energía los remos para atravesarse en el rumbo del Estrella Polar . Pero cuando advirtió que el barco le ganaba terreno empezó a gritar agitando un pañuelo
El capitán dió orden de aminorar la marcha e invitó por el altavoz al tripulante de la lancha a que se aproximara al barco. Cuando estuvo cerca se vió que era una piragua de las que se usan en Chukotka. El capitán, pensando que algún chukchi había hecho detenerse al barco para pedir ¡alcohol o tabaco, iba a gritar «a toda marcha», cuando el remero, que se encontraba ya muy cerca, gritó:
— ¡Por Dios, déjenme subir a bordo!
Se detuvo la máquina y la piragua llegó hasta el barco. Se soltó una escala. El desconocido trepó rápidamente a bordo, quitóse el gorro de piel con orejeras y, dirigiéndose a los miembros de la expedición, pronunció feliz:
— Muchas gracias. ¡Ahora estoy salvado!
Era un hombre alto, recio, de rostro atezado, ojos azules y clara barba hirsuta. El viento agitaba sus cabellos cobrizos, que llevaba evidentemente mucho tiempo sin cortar. Iba vestido al estilo chukchi y en la mano izquierda sostenía un saco de cuero, pequeño pero al parecer muy pesado.
Trujánov se aproximó a él y, tendiéndole la mano, pronunció:
— Según las apariencias, ha sufrido usted un naufragio, verdad?
Al oír hablar en ruso resplandeció el rostro del desconocido. Envolvió en una rápida mirada a todos los miembros de la expedición, dejó su saquito en cubierta y empezó a estrecharles la mano uno por uno, hablando precipitadamente en ruso:
— Veo con alegría que son ustedes compatriotas míos. Porque yo soy ruso: Yákov Makshéiev, de Ekaterinburgo. ¡Qué felicidad! He encontrado un barco y, además, ruso. Había descubierto un filón de oro en la orilla de Chukotka pero, como se me habían terminado las provisiones, he tenido que abandonarlo a la fuerza. Este es el segundo día que navego hacia el Sur con la esperanza de llegar a algún sitio habitado. Tengan ustedes la bondad de darme algo de comer, porque hace dos días que sólo me alimento de moluscos.
Trujánov, acompañado por los demás viajeros, condujo a Makshéiev ¡a la sala de oficiales, donde le sirvieron unos fiambres y té para que recobrase fuerzas hasta que estuviera listo el almuerzo. Comiendo a dos carrillo, Makshéiev refirió la historia de sus aventuras:
— Soy ingeniero de minas y, durante los últimos años, he trabajado.en los yacimientos auríferos de Siberia y del Extremo Oriente. Inquieto por naturaleza, me gusta viajar, conocer lugares nuevos. Por eso, cuando el año pasado oí decir que corrían rumores de que en Chukotka había oro, decidí salir para allá a descubrirlo. La verdad es que no me atraía tanto el oro como el deseo de visitar esta región, apartada y poco conocida.
— Me puse en camino con dos indígenas, que se ofrecieron a acompañarme, y desembarqué sin novedad en la orilla de Chukotka, donde pronto logré encontrar un rico yacimiento aurífero y lavar mucho oro. Como nuestra reserva de provisiones era limitada y yo tenía el propósito de quedarme allí todavía algún tiempo, envié a mis compañeros en busca de víveres al poblado chukchi más próximo, pero todavía no han regresado aunque ha transcurrido ya más de un mes desde el momento de su partida.
Al germinar Makshéiev su relato, Trujánov le explicó que el Estrella Polar no era un barco mercante y que, como tenían que navegar a toda prisa hacia el Norte, no podían llevarle a ningún puerto.
— Lo único que podemos hacer es entregarle al primer barco con el que nos crucemos — concluyó.
— Bueno, pues si su barco no es mercante, ¿a qué se dedica, hacia dónde se dirige?
— Conduce una expedición polar rusa cuyos miembros ve usted aquí, y se dirige hacia el mar de Beaufort.
— Entonces, está visto que habré de navegar con ustedes algún tiempo si no se les ocurre desembarcarme de Robinson en una isla deshabitada — rió Makshélev-. Pero ya les he dicho que no atengo nada más que lo que llevo puesto: ni ropa interior, ni traje decente… Nada más que el vil metal, que me permitirá no quedar en deuda con ustedes.
— De eso no tiene usted ni que hablar — le interrumpió Trujánov-. Hemos ayudado a un compatriota a salir de un apuro, y nos alegramos mucho de ello. Llevamos ropa suficiente y, además, tiene usted aproximadamente la misma estatura y la misma complexión que yo.
Se puso a disposición de Makshéiev un camarote vacío donde pudiese lavarse, cambiar de ropa y guardar su oro. Por la tarde se presentó en la sala de oficiales, ya transformado, y distrajo a los viajeros con el relato de sus aventuras. El nuevo pasajero produjo en todos una impresión muy favorable. Cuando se retiró a descansar, Trujánov preguntó a los miembros de la expedición:
- ¿Y si e invitásemos a incorporarse a nuestro grupo? Se trata, al parecer, de un hombre enérgico, fuerte, experto, que tiene un carácter agradable y expansivo y que ha de sernos útil en, cualquier ocasión y en cualquier circunstancia.
— Y además muy correcto, a pesar de la dura vida que ha llevado en lugares perdidos y poco habitados — observó Kashtánov.
— Conoce la lengua esquimal, lo que podría servirnos en la tierra que buscamos, ya que, si está habitada, lo estará por esquimales — añadió Gromeko.
— Quizá le proponga, efectivamente, con la aprobación de todos ustedes, tomar parte en nuestra expedición — acabó diciendo Trujánov-. O, mejor aún, esperaré unos días. Como de aquí no se puede marchar, iremos conociéndole mejor.
A la mañana siguiente, el Estrella Polar se apartó de su curso, a petición de Makshéiev, para dirigirse hacia la gran bahía de San Lavrenti, en cuya orilla septentrional se encontraba el yacimiento de oro. Quería. recoger su modesto ajuar y, además, propuso a Trujánov desmontar y llevarse la pequeña casita que tenía allí y que podía servir a la expedición para invernar en la tierra que buscaba. Dicha casita, con su despensa, estaba hecha de pedazos cuidadosamente ensamblados, de manera que podía ser desmontada en unas horas y cargada en el barco. El Estrella Polar atracó en la orilla y la tripulación y los viajeros pusieron manos a la obra. Al mediodía, la casita estaba ya cargada en cubierta y el barco reanudó su camino hacia el Norte.
Capítulo VI
EN BUSCA DE LA TIERRA DESCONOCIDA
Muy avanzada la tarde, cuando el sol permanente hacía rodar ya su globo rojo por el horizonte septentrional, el Estrella Polar salió del estrecho de Bering al Océano Glacial.
Lejos, a poniente, se divisaba el extremo Nordoriental de Asia, el cabo de Dézhnev, en cuyas vertientes abruptas lanzaban reflejos purpúreos los múltiples campos de nieve iluminados por el sol. Los viajeros enviaron un último saludo a aquella orilla desapacible e inhabitada que, de todas maneras, formaba parte de la tierra patria.
Al Este podía distinguirse todavía, envuelto en una niebla ligera; el cabo del Príncipe de Gales, que había quedado ya atrás. Por delante, el mar estaba casi limpio de hielo. Durante los últimos tiempos habían dominado los vientos del Sur que, con la corriente tibia que pasa a lo largo de la orilla americana, habían empujado la mayor parte de los hielos hacia el Norte, circunstancia muy favorable para la navegación ulterior.
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