Vladimir Obruchev - Plutonia
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— ¡Qué tétricas son estas islas! — exclamó Pápochkin, que había subido a cubierta al enterarse de que se veía tierra-. Unas rocas lúgubres, negras y rojizas, y arbustos rastreros.
— Y nieblas permanentes. En el verano lluvias, en invierno tormentas de nieve — añadió Trujánov-. Pero, de todas formas, hay gente que vive aquí.
— Las islas Kuriles son todas de origen volcánico — explicó Kashtánov. En ellas se cuentan veintitrés volcanes, de los cuales dieciséis se hallan en actividad más o menos permanente. Esta cadena, que une Kamchatka y el Japón, se extiende por el borde occidental de una gran depresión del fondo del mar, la cuenca de Tuskaror, que alcanza una profundidad de nueve mil quinientos metros. Las líneas de los grandes accidentes de la corteza terrestre suelen ir acompañadas de volcanes, y los frecuentes terremotos demuestran que todavía continúan los desplazamientos en la corteza terrestre y el equilibrio se altera.
Capítulo IV
EL PAÍS DE LAS COLINAS HUMEANTES
Después de mediodía, el viento de popa permitió izar todas las velas y el Estrella Polar corrió con duplicada velocidad hacia Kamchatka, que se divisaba ya en el horizonte. Pronto llegaron al cabo Lopatka y luego se ofreció a los ojos de los viajeros una línea de colinas volcánicas. Unas eran cónicas, otras truncadas, unidas entre sí por los cuellos de pequeñas cordilleras. La nieve que cubría los conos esbeltos de los montes y las crestas de las cordilleras intermedias ponía una intensa mancha blanca sobre el fondo oscuro del cielo. La noche de loma permitía trasponer sin peligro el paso estrecho de la bahía de Avacha. Recogidas las velas, el Estrella Polar pasó a poca marcha por entre las altas rocas del canal y se encontró en una ancha bahía en cuyas orillas ni una sola luz denotaba la presencia del hombre. Era más de media noche y la pequeña ciudad de Petropávlovsk descansaba desde hacía ya mucho tiempo. Las aguas quietas de la bahía lanzaban reflejos plateados a la intensa luz de la luna y, a lo lejos, al Norte, alzábase el esbelto cono del monte de Avacha, semejante a un fantasma blanco sobre el fondo oscuro del cielo. El aire estaba frío. Hubiérase dicho que Kamchatka se hallaba todavía envuelto en el sueño invernal.
Al cabo de una hora, el barco echó el ancla a unos cien metros de la orilla, junto a la ciudad dormida. El rechinar de las cadenas despertó, a los perros y el silencio nocturno fué roto por unos ladridos, a los que, sin embargo, ninguno de los vecinos prestó atención. Se conoce que aquel concierto, de tan repetido, era un fenómeno corriente.
Por la mañana despertaron a los viajeros las carreras y el ajetrea iniciados en cubierta. Se procedía a la carga de carbón, de agua potable y de provisiones. Todos se apresuraron a abandonar sus camarotes. El sol brillante estaba ya muy alto sobre los montes y la ciudad llena de vida.

Después de tan larga navegación, todos querían sentir bajo los pies tierra firme. Por eso desayunaron a toda prisa y aprovecharon para trasladarse a la orilla la lancha que iba a buscar provisiones. Toda la población de Petropávlovsk desde los chiquillos hasta los ancianos que apenas podían tenerse de pie, se había congregado en la orilla para ver el barco y sus pasajeros, para enterarse de las últimas noticias de la Patria lejana y de si no habían traído algunas de las mercancías que necesitaban.
Detrás de la muchedumbre, sobre la pendiente suave,

extendíanse en pintoresco desorden las tristes casuchas de los habitantes, entre las que destacaban algunos edificios por su tamaño y su buen porte: la escuela, el hospital, la casa nueva del gobierno de la provincia y algunos almacenes comerciales.
Sorprendió a los viajeros la ausencia de todo lo que pudiera parecerse a una calle. Las casitas estaban dispersadas come se les había ocurrido a sus constructores y sus dueños: unas de cara a la bahía, otras de costado y algunas incluso en línea oblicua. Alrededor de cada casa había graneros, cobertizos para el ganado, secaderos para la yukola. En muchos lugares aun había montones y campos de nieve sucia, a medio derretir, por debajo de los cuales corrían hacia el mar arroyuelos de agua turbia que los transeúntes debían pasar saltando por no haber aceras ni puentecillos.
A todos sorprendió la ausencia casi absoluta de aves de corral y ganado doméstico menor. Explicábase esta circunstancia por el hecho de que los perros de tiro, sin los cuales es imposible vivir en Kamchatka, exterminan a todos los animales pequeños, sobre todo hacia finales del invierno cuando van agotándose las reservas de yukola y se tiene a los perros a media ración. Estos perros, hermosos animales lanudos de distinto pelaje, se veían en torno a todas las casas. Unos tomaban el sol en graciosas posturas, otros husmeaban en los residuos domésticos y otros, en fin, se peleaban o jugaban entre sí. Los viajeros observaban con interés a aquellos animales, cuyos congéneres debían tomar parte en la expedición del Estrella Polar como medio de locomoción por las nieves y los hielos de la tierra desconocida. En Kamchatka estaba deshelando y la nieve derretida no permitía caminar en trineo, de manera que los perros gozaban ahorra de un merecido descanso y de un inmerecido ayuno que denotaban sus flancos hundidos y sus miradas famélicas.
A pesar de los rodeos que tenían que hacer constantemente por entre las casas y sus anejos, los viajeros recorrieron toda lo ciudad en menos de media hora y llegaron a las afueras, donde el botánico esperaba recoger algunos ejemplares de la flora primaveral. Pero sus esperanzas fallaron: todo estaba cubierto aún de una espesa capa de nieve y sólo en la pendiente más abrupta, ya despejada por el deshielo, descubrió unas hojas recientes de anémonas. Por las grandes nevadas que caen en invierno y la influencia del frío mar de Ojotsk, la primavera empieza tarde y la tierra no queda libre de nieve hasta finales de mayo. En cambio, también el otoño se prolonga hasta mediados o fines de noviembre.
Desde el extremo superior de la ciudad ofrecíase una vista maravillosa de toda la bahía de Avacha, ceñida de montañas que en unos sitios caían a pico en rocas oscuras hacia el espejo del agua y en otros bajaban en suaves pendientes, surcadas por el cauce de riachuelos ya despiertos de su sueño invernal.
El anillo de las montañas no llegaba hasta la costa de la bahía sólo por la parte de occidente donde se vislumbraba el delta anegadizo del Avacha. En la desembocadura del río podían verse las casuchas del poblado de su mismo nombre, único sitio habitado, además de Petropávlovks, en la orilla de esta espléndida cuenca de cerca de veinte kilómetros de diámetro, capaz de dar cabida a las flotas de todas las potencias grandes y pequeñas, perfectamente protegida del lado del mar y que, sin embargo, sobrecogía a los viajeros por su aspecto desierto. En la superficie lisa del agua no blanqueaba ni una sola vela, pero en cambio las montañas circundantes, tapizadas de bosques, conservaban su nítido manto invernal.

Al descender a la orilla, nuestros viajeros fueron testigos de una escena curiosa. Junto al agua estaban, atados por parejas, treinta perros destinados a la expedición. Aunque los rodeaban unos cuantos marineros y un grupo de curiosos, mostrábanse muy inquietos: aullaban, se peleaban y hacían tentativas de huir. En el agua, cerca de tierra, flotaba una gran barca tosca en la que debía ser embarcada la jauría. Un hombre recio, desnudo de cintura para arriba — debía ser el kayur , o sea el conductor de los perros —, agarró por la piel del cuello a una pareja de perros que se debatían aullando, los llevó hasta la lancha y los instaló en la popa. Pero no había hecho más que volver la espalda para ir a buscar la pareja siguiente cuando los sagaces animales, sin duda poco aficionados a los viajes por mar, saltaron de nuevo a la orilla, donde se confundieron con los demás. El juego se repitió varias veces para gran algazara de los espectadores De nada sirvieron los punta pies ni los gritos: los perros no querían abandonar su patria. El kayur se desesperaba y profería contra los perros terribles juramentos en ruso y en kamchadal, los espectadores reían a carcajadas y daban toda clase de consejos, los perros aullaban. La barahunda era indescriptible.
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