Vladimir Obruchev - Plutonia
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Esta circunstancia apenaba mucho a todos porque, si hubiera hecho buen tiempo, habrían descubierto desde lo alto de la cordillera un vasto panorama y hubiesen podido trazar el mapa de una parte considerable de la Tierra de Nansen.
En el puerto montaron el segundo depósito, donde dejaron las colecciones reunidas por el geólogo en los contrafuertes de la vertiente meridional. En todo el tiempo el botín del zoólogo se había limitado a la piel y el cráneo de un toro almizclero. Poco antes del puerto, la expedición se había cruzado con un pequeño rebaño de estos animales.
Capítulo IX
UN DESCENSO INTERMINABLE
La vertiente septentrional de la cordillera tenía un carácter completamente distinto: era una llanura nevada infinita que descendía suavemente hacia el Norte, y los perros arrastraban con facilidad los trineos cuesta abajo. Pero el tiempo empeoró. Un tenaz viento del Sur empujaba las nubes espesas que se arremolinaban pegadas casi a la superficie de la nieve y ocultaban por entero el horizonte. Muchas veces se desencadenaban ventiscas y, si los viajeros pudieron continuar avanzando sin especiales dificultades, fué únicamente porque el viento les ayudaba y el frío no pasaba de diez!a quince grados bajo cero. Las grietas eran bastante frecuentes, pero todas ellas estrechas, de manera que se superaban sin dificultad. Pero, a causa de la nevasca, había que avanzar con mucha precaución porque la nieve reciente ocultaba muchas veces en absoluto estas trampas. Al finalizar la jornada, la ventisca había alcanzado tal fuerza que necesitaron grandes esfuerzos para montar la yurta.
A la mañana siguiente se encontraron con que la yurta había sido recubierta de nieve hasta el techo y Borovói, al levantarse antes que los demás para sus observaciones meteorológicas, pegó con la cabeza en un montón de nieve al trasponer la puerta. Los viajeros tuvieron que abrirse paso con ayuda de las palas, y cuando salieron de la yerta, vieron que habían desaparecido los trineos y los perros: en torno a la yurta se levantaban únicamente grandes montones de nieve. Sin embargo, fácil era adivinar que los trineos y los animales habían sido simplemente, recubiertos por la nieve, ya que era insensato pensar en el hurto de los primeros y la huida de los segundos en aquel desierto nevado. Todos tuvieron que ponerse a quitar la nieve.
Al escuchar las voces de los hombres, los perros comenzaron ellos mismos a salir de debajo de los montones de nieve para recibir cuanto antes su ración de por la mañana. Era curioso ver cómo empezaba a levantarse aquí y allá la superficie de la nieve formando un montículo que rompía, al fin, una cabeza peluda, negra, blanca o con manchas lanzando ladridos de alegría.
En la llanura infinita, la nieve recién caída formaba una capa de medio metro todo lo más y se había amontonado únicamente en, torno a los obstáculos: la tienda, los trineos y los perros. Como soplaba un fuerte viento mientras caía, la nieve no estaba muy apelmazada. Los trineos y los perros se atascaban, pero los esquiadores no se hundían demasiado en ella. Había que cambiar muchas veces la formación porque el trineo de cabeza, que desbrozaba el camino para los demás, había de cumplir el trabajo más difícil y se cansaban rápidamente los perros que tiraban de él. Estos cambios, impuestos por la blandura de la nieve, no permitían avanzar rápidamente, de manera que, aunque el viento era más débil y había cesado la nevasca, aunque el camino descendía por una vertiente lisa y las grietas estaban enteramente cegadas por la nieve, sólo pudieron recorrer veintidós kilómetros durante la jornada y se detuvieron a cincuenta y cinco kilómetros del puerto. Allí montaron el tercer depósito.

Por la noche, la nevasca recobró su fuerza y por la mañana los viajeros tuvieron que volverse a desenterrar, aunque de montones de nieve menos profundos. En la llanura, la capa de nieve reciente alcanzaba ahora ya casi el metro, dificultando aún más el avance. Por eso, después de haber recorrido sólo quince kilómetros en la jornada, todos estaban tan cansados que hicieron alto para pasar la noche antes quede costumbre. Tanto el panorama como el tiempo conservaban su abrumadora monotonía.
Por la tarde cesó la nevasca y, a través de las nubes que seguían extendiéndose casi a ras de la infinita llanura nevada, apareció por momentos el sol, que pendía muy bajo sobre el horizonte. El cuadro que se ofrecía a los ojos de los observadores era absolutamente fantástico: la llanura impoluta, los remolinos y los jirones de las nubes grises que se arrastraban raudas por su superficie y cambiaban de contornos sin cesar, las columnas de menudos copos de nieve que giraban en el aire y, aquí y allá, en este opaco cendal blanco grisáceo y movedizo,
los reflejos de color intensamente rosa lanzados por el sol, que unas veces aparecía como un globo rojo y otras ira borrado por la cortina gris. Después de la cena nuestros viajeros estuvieron largo rato admirando este cuadro hasta que el cansancio les hizo meterse en los sacos de dormir dentro de la tienda.
Al tercer día de bajada, los barómetros señalaron ya que el terreno se encontraba al nivel del mar, pero continuaba la pendiente de la llanura hacia el Norte.
Cuando Bocavói, después de tomar nota de las indicaciones del barómetro, se las comunicó a sus compañeros, Makshéiev exclamó:
— ¡Buen! ¡Hemos descendido de la cordillera Russki sin haber encontrado un solo glaciar ni una sola grieta!
— Lo más asombroso — observó Kashtánov— es que aquí debe estar la orilla del mar y, por consiguiente, el extremo del enorme campo de hielo que baja por la ladera septentrional de esta cordillera y, conforme hemos medido, tiene setenta kilómetros de longitud. Aquí, lo mismo que ocurre, como sabemos, en el extremo del continente antártico, debe haber un alto precipicio, un muro de hielo de uno o dos centenares de metros de altura y, a su pie, el mar libre o, por lo menos, campos de torós , superficies de agua libre y, en medio de ellas, algunos icebergs. Es lógico, puesto que el helero se mueve y oprime el hielo del mar.
Al día siguiente no se produjo ningún cambio. La llanura nevada continuaba con el mismo carácter y la misma inclinación hacia el Norte. El viento soplaba; tenazmente por la espalda de los viajeros como si les empujara hacia adelante Las nubes bajas se arremolinaban, deshaciéndose a veces en nieve. Todos esperaban que la bajada terminase de un momento a otro, apresuraban el paso, escudriñaban la lejanía y hablaban con esperanza del próximo final. Pero todo en vano: las horas se sucedían, los kilómetros iban quedando atrás y, al fin, el cansancio general les obligó a hacer alto para pasar la noche.
Una vez montada la yerta, todos se reunieron en torno a Borovói, que instalaba el barómetro de mercurio: querían ver lo que señalaba, porque en los aneroides de bolsillo las manillas habían llegado al tope del cuadrante y no marcaban bien la presión del Zaire.
— ¡Calculando a bulto, hemos descendido ya a cuatrocientos metros bajo el nivel del mar! — gritó el meteorólogo-. A no ser que la Tierra de Nansen se encuentre actualmente en un anticiclón de tamaño descomunal. El barómetro señala ochocientos milímetros.
— A mi entender — observó Kashtánov —, en la tierra no hay anticiclones de esa presión. Además, desde que nos encontramos en la Tierna de Nansen, el tiempo no ha cambiado ni se parece en absoluto al tiempo que hace durante un anticiclón.
— Entonces, ¿qué es esto? — exclamó Pápochkin.
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