Vladimir Obruchev - Plutonia

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— Setenta y dos — contestó Borovói presentando la mano sal médico.

— ¿Ve usted? ¡Pues ahora tiene cuarenta y cuatro! La diferencia es sensible. Con esta presión el corazón. funciona más lentamente, lo que se refleja en el estado general.

— Entonces, ¿si continúa el descenso acabará deteniéndose completamente el corazón? — preguntó Makshéiev.

— ¡No creo que vayamos a bajar hasta el centro de la tierra — contestó Gromeko riendo.

— ¿Por qué no? — rezongó Borovói-. Este embudo monstruoso quizá llegue hasta el centro de la tierra. Ahora estoy dispuesto a creérmelo todo. Y no me asombraré ni aun cavando salgamos de él en medio de los hielos del Polo Sur.

— ¡Eso ya es un disparate! — observó Rashtánov-. No puede haber orificio que atraviese de parte a parte el globo terrestre ni embudo que llegue hasta el centro. Sería una cosa en contradicción con todos los datos de la Geofísica y la Geología.

— ¡Ah, muy bien! ¿Y en cambio admite usted las contradicciones a todas las leyes de la Meteorología que venimos observando? Ya verá como también fallan las leyes de su Geología.

Kashtánov se echó a reír.

— La Meteorología, Iván Andréievich, es una ciencia trivial — dijo en broma-. Tiene que tratar con el medio inconstante de la atmósfera, con los ciclones y los anticiclones cuyas causas no han sido todavía averiguadas. En cambio la Geología tiene una base sólida: la firme corteza terrestre.

— ¡Una base sólida! — estalló Borovói-. ¡Sólida hasta que no la sacude un buen terremoto que le hace perder la cabeza, si no es algo peor, al geólogo más pintado!

Todos se retorcían de risa.

— Además — prosiguió el meteorólogo mordazmente —, ¡ustedes conocen lo que hay a dos o tres kilómetros bajo la corteza terrestre y opinan ya de lo que hay en todo el subsuelo! Pero, de la naturaleza de ese sub-suelo hay tantas opiniones como personas. Según los unos, el núcleo de la tierra es sólido; según los otros, líquido; según los terceros, gaseoso. ¡Cualquiera lo entiende!

— ¡Con el tiempo llegaremos a entenderlo! Toda hipótesis, si tiene una base, constituye un paso más hacia el conocimiento de la verdad. Y en lo que se refiere al subsuelo, no tiene usted razón. En la actualidad, la Sismología, o sea el estudio. de los terremotos, nos ofrece nuevos procedimientos para llegar a conocer más cosas acerca del estado del núcleo terrestre.

— Me gustaría saber lo que va a pasar mañana — concluyó-. Ahora podemos esperar cada día hechos, a primera vista incomprensibles pero que forman una cadena común de causas y consecuencias cuando se los llega a desentrañar.

Al día siguiente, la llanura nevada continuó ascendiendo aunque más débilmente: El viento seguía soplando del Sur, las nubes bajas se arremolinaban extendiéndose casi a ras de tierra y ocultando la lejanía. Hacia la mitad de la jornada la subida de la llanura se hizo casi completamente imperceptible y, al terminar la tarde, se convirtió en descenso: los perros echaron a correr más de prisa, de manera que los esquiadores casi no podían marchar a su paso. La temperatura se mantenía poco más baja del cero y el camino era fácil. Súbitamente, Borovói, que iba como siempre por delante, agitó los brazos y gritó:

— ¡Esperen! ¡Aguarden! Tengo miedo a que nos hayamos desviado del camino.

Todos corrieron a él. Tenía la brújula en la mano y estaba mirándola fijamente.

— ¿Qué ocurre? — preguntó Kashtánov.

No vamos camino del Norte, sino del Sur. Volvemos hacia la barrera de hielos. Miren ustedes: la aguja imantada no señala el Norte hacia adelante de nosotros, sino hacia atrás.

— ¿Y cuándo lo ha advertido usted?

— Ahora mismo. Desde que la brújula se puso Caprichosa perdí la confianza en ella y he conducido la caravana guiándome por el viento, que ha soplado todo el tiempo del Sur. Pero me ha chocado la pendiente contraria de la llanera, porque del embudo no hemos podido salir todavía. He consultado la brújula y he visto que ha dejado sus caprichos y señala que nos dirigimos hacia el Sur y no hacia el Norte.

— ¡Pero si el viento sigue soplándonos por la espalda!

— Ha podido cambiar durante la noche.

— No — declaró Makshéiev-. El viento no ha cambiado. Siempre montamos la yunta con la puerta en sentido contrario al viento, o sea, mirando al Norte, para que no entre el aire. Y esta mañana, tengo la convicción, la yunta estaba de espaldas al viento.

— O sea, que ha cambiado poco a poco durante el diga de hoy, hemos descrito un semicírculo y volvemos sobre nuestros pasos.

— O bien que la brújula ha cambiado de imantación por alguna razón.

— Si por lo menos asomara el sol o se vieran las estrellas para comprobar hacia dónde nos dirigimos… — lamentóse Borovói.

— De todas formas, conviene acampar aquí para pasar la noche y verificar con la brújula en la mano unos cuantas kilómetros del camino que hemos recorrido y que se ve perfectamente por las huellas que hemos dejado en la nieve — declaró Kashtánov-. Si hemos descrito un — semicírculo, pronto se descubrirá.

Montaron la tienda y Makshéiev y Gromeko volvieron sobre las huellas de la caravana mientras Borovói colocaba el hipsómetro, que señaló casi lo mismo que la víspera. La pequeña ascensión de la primera mitad del día había sido probablemente compensada por el descenso de la segunda mitad. A las dos horas regresaron los exploradores: habían verificado diez kilómetros de camino, que iba siempre en línea recta, conforme a la dirección del viento. Por ello quedó decidido que se debían fiar más de él que de la brújula y había que continuar orientándose por el viento.

Tampoco esta vez hubo en ningún momento oscuridad por la noche. No cambió la luz difusa que flotaba bajo el manto de las nubes.

Al día siguiente se acentuó más la cuesta abajo. La temperatura subió un poco por encima del cero, la nieve se reblandeció y el camino, a pesar del descenso, hizóse más difícil. Después del mediodía aparecieron charcos y algunos arroyuelos que serpeaban entre los accidentes y, al fin, desaparecían en las grietas cegadas por la nieve. Para pasar la noche hubo que elegir un sitio elevado y cavar regueros alrededor de la yurta para el agua de la nieve que se derretía.

Al colocar el hipsómetro, Borovói estaba convencido de que había de señalar un número de grados mayor que la víspera, ya que todo el día había proseguido la bajada al fondo de aquella misteriosa depresión. Pero el termómetro marcó 126 , y la altura negativa del lugar, pese al descenso, no había aumentado, sino disminuido en quinientos setenta metros. El meteorólogo, completamente desconcertado, estalló en una risa nerviosa.

— ¡Una nueva sorpresa! ¡Un nuevo enigma! Esta mañana hemos decidido que no había que hacer caso de las brújulas, y ahora nos ocurre lo mismo con el hipsómetro.

Los viajeros volvieron a juntarse en torno al caprichoso aparato, comprobaron sus indicaciones, hirvieron el agua una y otra vez, pero el resultado era siempre el mismo. A pesar del evidente descenso, del que no cabía la menor duda porque los arroyuelos corrían en el mismo sentido, la presión del Zaire no había aumentado, sino disminuido. Y en los días anteriores, al contrario, la presión no había disminuido, sino aumentado en la subida.

Al parecer, todas las leyes de los fenómenos físicos elaboradas por generaciones de sabios sobre la base de observaciones hechas en la superficie terrestre eran inaplicables o adquirían un sentido absolutamente distinto en aquella depresión del continente polar. Los fenómenos inexplicables se multiplicaban.

Todos sentían gran interés y agitación, pero sin que nadie pudiese comprender ni explicar nada. Sólo quedaba la esperanza de que el porvenir inmediato diese la clave del enigma.

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