Vladimir Obruchev - Plutonia

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— ¿Qué desierto nevado es éste? — preguntaba Pápochkin-. Después de habernos encontrado con los toros almizcleros en el puerto de la cordillera era de suponer que los días siguientes nos darían a Mijaíl Ignátievich y a mí algún botín científico. Pero desde entonces llevamos doce jornadas de marcha, hemos recorrido casi doscientos cincuenta kilómetros… y nada, absolutamente nada más que la nieve y el hielo.

— Ni siquiera Piotr Ivánovich, que hasta ahora ha tenido más suerte que nadie en las colecciones, ha recogido nada — añadió Gromeko.

— El único que sale ganando es Iván Andréievich — observó riendo Makshéiev.

— ¿Yo? ¿Qué he encontrado yo en este tiempo? — sorprendióse Borovói.

— Una colección de fenómenos físicos incomprensibles — contestó Kashtánov, adivinando lo que Makshéiev había querido decir.

— Es una colección muy extraña, pero en cambio ligera, no como las piedras suyas — replicó riendo Borovói-. La mía no va a desfondar las trineos.

— Sin embargo, puede resultar de mucho peso en cuanto al balance de nuestra expedición. El sueño de cada explorador es descubrir algo extraordinario. En ese sentido, ha tenido usted hasta ahora más suerte que nosotros.

Al día siguiente continuó el descenso, incluso más acentuado. La llanura nevada empezó a dividirse en montículos achatados que separaban barrancos en cuyo fondo corrían arroyuelos. La nieve reblandecida dificultaba la marcha: los esquís se escapaban hacia los lados. Por eso hubo que cambiar de modo de transporte. Los hombres se subieron de dos en dos en los trineos que los perros arrastraban rápidamente cuesta abajo mientras ellos utilizaban los palos de los esquís paró dirigirlos o frenarlos sobre el hielo desigual.

Les llamó la atención que las nubes, arremolinadas siempre a escasa altura del suelo, no tuvieran ya su color gris, sino otro rojizo, igual que si las iluminase un sol poniente invisible.

El desierto de hielo se extendía alrededor hasta el horizonte, bastante próximo, y también parecía rojizo. Este extraño alumbrado en el fondo de una depresión tan honda, donde el sol polar no podía penetrar, formaba

parte igualmente de lo colección de hechos inexplicables que iba reuniendo Borovói.

Aquel día, la expedición hizo alto sobre un montículo, cerca le un gran arroyo impetuoso de agua clara que les evitó la necesidad de derretir nieve para la sopa y el té.

Capítulo X

UNA INEXPLICABLE POSICIÓN DEL SOL

Después de la cena, el meteorólogo instaló el hipsómetro con la firme convicción de que, dado el largo y peligroso descenso que habían hecho a lo largo de cuarenta y cinco kilómetros, el mercurio subiría por lo menos a los 130 , indicando una profundidad de diez mil metros aproximadamente, o sea, la máxima durante aquel tiempo. Incluso calculó de antemano la altura de los puntos de ebullición comprendidos entre 130 y 135º para dejar pasmados a sus compañeros. ¡Cuál no sería su asombro al ver que el termómetro marcaba sólo 120 !..

— Aumenta mi colección — declaró en tono solemne—

Supongo que ninguno de ustedes dudará de que hoy hemos bajado una cuesta, y a bastante rapidez.

— Naturalmente. Claro que sí. El agua no corre hacia atrás — le contestaron.

— Bueno. Pues el hipsómetro indica que hemos ido cuesta arriba, subiendo durante el día más de mil setecientos metros. ¿Qué les parece?

Cuando todos se hubieron convencido de que no era ninguna bronca, Borovói continuó:

— A lo mejor, continuando cuesta abajo, pronto saldremos de este increíble abismo al lado del Polo Norte.

— Pues yo creo que se avecina una catástrofe pronunció Gromeko con aire misterioso-. En este enigmático agujero la atmósfera se halla extraordinariamente enrarecida y la presión desciende, anunciando un huracán, un ciclón, un tifón, una tromba o algo por el estilo. En espera de esa perturbación, y para soportarla con calma, propongo a todas las personas razonables meterse en sus sacos de dormir.

Todos, incluso Borovói, se echaron a reír y siguieron el consejo del médico. Pero el meteorólogo verificó previamente si estaban bien plantadas las estacas y bien tirantes las cuerdas que sujetaban la yerta. Efectivamente temeroso de alguna catástrofe atmosférica, durmió inquieto, despertándose varias veces para escuchar si no había arreciado el viento y se desencadenaba el fenómeno esperado. Pero todo estaba en calma. El viento soplaba regularmente como todo el tiempo atrás, sus compañeros dormían, los perros gruñían y ladraban entre sueños. Borovói volvía a posar la cabeza sobre la almohada, procurando ahuyentar sus temores y quedarse dormido.

Por la mañana salió de la tienda antes que los demás para tomar nota de las indicaciones de — los aparatos que había dejado fuera durante la noche. Sus compañeros continuaban en los sacos de dormir.

De pronto se alzó la cortina de fieltro que servía de puerta, dando paso al meteorólogo que volvía a la yurta pálido y con los ojos desorbitados y pronunció tartamudeando:

— Si estuviese solo, no dudaría ya de que me he vuelto loco.

— ¿Pero qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué catástrofe se ha desencadenado? — le preguntaban, unos asustados y otros irónicos.

— Las nubes o la niebla se han disipado casi enteramente y el sol, ¿comprenden ustedes? el sol polar, se encuentra en el cenit — gritó Borovói.

Todos corrieron hacia la salida, empujándose y vistiéndose a toda prisa.

Sobre la llanura helada flotaba una bruma ligera y, a través de ella, un disco rojizo lanzaba una luz tan pronto brillante como opaca, justo encima de los viajeros y no cerca del horizonte como debía encontrarse el sol polar a las cinco de la mañana de principios de julio a 80 de latitud Norte.

Con la cabeza levantada, todos observaban silenciosos aquel extraño sol que ocupaba un lugar insólito.

— Qué sitio tan raro es esta Tierra de Nansen — pronunció al fin Makshéiev entre trágico e irónico.

— ¿No será la luna? — hipotetizó Pápochkin-. Quizá estemos en la época de la luna llena.

Borovói hojeó su prontuario de bolsillo.

— Efectivamente, es el momento de la luna llena, pero este disco rojo no parece la luna: luce con mayor fuerza y da más calor.

— ¿Y si en la Tierra de Nansen…? — comenzó Makshéiev.

Pero Kashtánov le interrumpió.

— En los países polares, la luna nunca está en el cenit durante los meses de verano: o no se la ve o apenas se levanta sobre el horizonte.

— Entonces, si no es el sol ni la luna, ¿qué es?

Nadie podía contestar a la pregunta. Los viajeros continuaron haciendo hipótesis y rechazándolas. Después de desayunar volvieron a ponerse en camino. El termómetro marcaba 8 sobre cero. La niebla se espesaba unas veces, ocultando el astro rojizo, y otras se disipaba, dejándolo entonces ver, inmóvil en el cenit. Continuaban bajando por la llanura helada a lo largo de un gran arroyo. La cuesta parecía suavizarse.

Los perros corrían animosos y los Viajeros iban montados en los trineos, de los que se apeaban de vez en cuando para arreglar algún tiro o tender una pasarela sobre una grieta más profunda.

En cuanto el sol aparecía entre los remolinos de niebla todos levantaban la cabeza para contemplar aquel astro enigmático que ocupaba en el cielo una posición tan antinatural.

A la hora del almuerzo se hizo alto como siempre.

Aunque los relojes eran los únicos que señalaban mediodía porque el sol continuaba en el cenit y no parecía tener intención de cambiar de sitio.

— Cuanto más lo miro, menos lo entiendo — rezongó Borovói-. Incluso a 80 de latitud Norte el Sol debe desplazarse en el cielo y no estar en el mismo sitio, puesto que la tierra gira.

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