Vladimir Obruchev - Plutonia
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— O sea que…
— O sea, que hemos descendido a un abismo por el cinturón de hielos. Así, sal pronto, no puedo calcular siquiera a cuántos miles de metros bajo el nivel del mar corresponde esta temperatura de ebullición. Esperen, que vamos a verlo por las tablas.
Sentóse en su saco de dormir, extrajo del bolsillo el prontuario de las alturas, rebuscó en las tablas e hizo, unas operaciones. al margen. Mientras tanto, sus campañeros iban. acercándose tino a uno al aparato para con-vencerse de que, efectivamente, el termómetro marcaba 120 sobre ceno. La columna de mercurio se había detenido en ese punto, y no cabía la menor dada.
Sólo el ligero borboteo del agua que hervía en el aparato rompía el silencio reinante entre los hombres, sobré-cogidos por el asombro.
Al fin se escuchó un suspiro profundo de Borovói y estas palabras pronunciadas en tono solemne:
— Calculando por encima, la temperatura de 120 de ebullición corresponde a la altura negativa de cinco mil setecientos veinte metros.
— ¡No puede ser! ¿No se ha equivocado usted?
— Pueden comprobarlo. Aquí están las tablas. En ellas, naturalmente, no figuran los datos de esta temperatura de ebullición, que nadie ha observado nunca fuera del laboratorio. Hay que hacer los cálculos aproximados.
Kashtánov verificó los cálculos y dijo:
— Es exacto. En estos dos días, trepando por los bloques de hielo, hemos descendido cuatro mil novecientos metros en una extensión de diez o doce kilómetros.
— ¡Y no nos hemos dado cuenta del descenso!
— ¡Hemos bajado desde una altura igual a la del Mont-Blanc sin advertirlo! ¡Es algo increíble
— Y, además, incomprensible. Habrá que pensar que el caos de hielo es un glaciar en la pendiente abrupta que lleva del cráter a la garganta de este volcán descomunal.
— Y ahora, para salir al otro lado, tendremos que subir por un glaciar idéntico.
— Lo que yo no comprendo — es esta tupida cortina de nubes y este viento que lleva tantos días soplando del Sur sin interrupción — declaró Borovói.
Sin embargo, no se comprobó la hipótesis del segundo cinturón de hielos. Al día siguiente avanzaron por una llanura nevada que ascendía suavemente. Por ello, y por, el tiempo más tibio, la marcha ofrecía mayor dificultad. El termómetro marcaba poco más de cero, la nieve estaba reblandecida y se pegaba a los patines de los trineos. Los perros iban todo el tiempo al paso. Al terminar la jornada habían recorrido apenas veinticinco kilómetros. Era indudable que la llanura ascendía. Y, al colocan el hipsómetro, Borovói tenía la convicción de que iba a. marcar una profundidad menor que la víspera.
El agua tardó mucho tiempo en hervir. Al fin apareció el vapor y Borovói colocó el termómetro. Al poco tiempo se le oyó gritar:
— ¡Pero esto es cosa del demonio! Esto… esto… — y empezó a soltar maldiciones.
— ¿Qué es? ¿Qué ocurre? ¿Ha reventado el termómetro — preguntaron distintas voces.
— ¡El que va a reventar o a volverse loco en este agujero soy yo! — contestó frenético el meteorólogo-. Miren ustedes: ¿estoy chiflado yo o está chiflado el termómetro?
Todos corrieron hacia el hipsómetro. El mercurio marcaba 125 sobre cero.
— ¿Qué hemos hecho hoy, subir o bajar? — preguntó Borovói con voz trémula.
— ¡Claro que subir! ¡Todo el día hemos ido subiendo! ¡Es cosa indiscutible!
— ¡Pues el agua hierve a 5 más que ayer junto ¡al cinturón de hielos! Y esto quiere decir que no hemos ascendido, pino que hemos bajado mil cuatrocientos treinta metros aproximadamente.
— Y por lo tanto nos encontramos a siete mil ciento cincuenta metros bajo el nivel del océano — calculó rápidamente Makshéiev.
— ¡Pero eso es una cosa que no concuerda con nada! — exclamó riendo Pápochkin.
— Todavía se puede creer que hayamos hecho un descenso rápido por los hielos. Pero lo que está en contradicción con el sentido común es creer que hemos bajado casi kilómetro y medio, cuando bien claro está que hemos ido subiendo cuesta arriba.
— Si no somos víctima de un ataque general de locura, estoy de acuerdo con usted — replicó Borovói sombrío.
En esto volvieron Gromeko e Igolkin, que habían salido de la tienda. para dar, de comer a los perros, y el primero dijo:
— Otro hecho extraño: hoy hace bastante más claridad que ayer junto a los hielos.
— Y ayer hacía más claridad que al otro lado de la barrera — añadió Makshéiev.
— Muy cierto — confirmó el meteorólogo-. La noche más oscura, parecida a una noche blanca de Petersburgo, se observó delante de la barrera de hielos. Como calculábamos que nos encontrábamos en el fondo de la depresión, el debilitamiento de la luz era comprensible: los rayos del sol polar no pueden penetrar a tanta profundidad.
— ¡Pero ahora hemos hecho un descenso incomparablemente mayor y la noche es mucho más clara!
Todavía estuvieron mucho tiempo debatiendo estos hechos contradictorios, pero se quedaron dormidos sin haber puesto nada en claro. Por la mañana, Borovói fué quien primero salió de la yurta para sus observaciones.
El viento continuaba soplando del Sur y trayendo las mismas nubes grises y bajas que lo ocultaban todo a ciento o doscientos metros de distancia. El termómetro marcaba 1 bajo cero y estaba nevando.
— Hoy debemos comprobar si subimos o bajamos — propuso Makshéiev-. Entre los instrumentos tenemos un nivel ligero y una mira.
Continuaba la misma llanura nevada, pero la nieve se había helado un poco y era más fácil avanzar. La inclinación, poco acentuada, iba indudablemente hacia arriba y, recurriendo varias veces en el día al nivel, se comprobó lo que veían los ojos y lo que demostraban los perros con su marcha.
Durante la jornada recorrieron veintitrés kilómetros, ya que las mediciones con el nivel ocuparon bastante tiempo.
En cuanto quedó instalada la tienda, Borovói colocó sus aparatos: el termómetro marcó 128 .
Borovói lanzo un juramento sonoro y escupió al suelo.
— La única explicación posible es que en este agujero no son aplicables las leyes físicas establecidas para la superficie terrestre y hay que elaborar otras nuevas — opinó Kashtánov.
— Eso se dice muy pronto — replicó Borovói enfadado-. ¡A ver quién las elabora, así, de pronto! Centenares de sabios han estado trabajando decenas de años y aquí toda su labor queda tirada por los suelos igual que si nos encontrásemos en — otro planeta. ¡Yo no lo puedo admitir y estoy dispuesto a presentar la dimisión!
Todos rieron a esta salida del meteorólogo que, de todas formas, se puso a sus cálculos y anunció que durante el día habían ascendido — mejor dicho, habían bajado— ochocientos sesenta metros y que aquel punto se encontraba a nueve mil metros bajo el nivel del mar.
— He consultado el prontuario de física — advirtió Kashtánov— y resulta que el agua hierve a 120 bajo una presión de dos atmósferas y a 134 bajo una presión de tres atmósferas. Ahora soportamos una presión de dos atmósferas y media aproximadamente.
— Y se comprende que con esta presión se encuentre uno mal y sienta vértigos — declaró Borovói sombrío.
Los demás confirmaron que — desde la noche pasada entre los hielos se encontraban peor, sentían opresión en el pecho, pesades de cabeza y lentitud de movimientos. El sueño era inquieto, con pesadillas.
— También los perros se encuentran mal — declaró Igolkin-. Parecen haberse debilitado y tiran peor, aunque la subida no es empinada. Yo pensaba que estaban cansados, ¡y mira tú lo que era!
— Sería interesante tomar el pulso, a todos — propuso Gromeko-. ¿Cuánto tiene usted normalmente, Iván Andnéievich?
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