Vladimir Obruchev - Plutonia
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Kashtánov y Pápochkin llegaron pronto a un ancho arroyo detrás del cual continuaba la tundra.
El suelo estuvo pronto tan seco que hubieron de abandonar los esquís. Los colocaron en forma de cono, atándolos por arriba con un bramante para que fuese más fácil descubrirlos en el camino de vuelta.
En la tundra seca verdeaba ya la hierba nueva y los arbustos enanos estaban recubiertos de hojillas y de flores. Sobre la llanura flotaba la bruma, que se convertía a veces en llovizna. En los intervalos brillaba y calentaba bastante el sol rojizo, cuyo disco, de todas formas, no se veía con nitidez.
A unos diez kilómetros del campamento descubrieron los exploradores delante de ellos unas cuantas colinas oscuras cuyos flancos abruptos difuminaba la niebla.
— Ese sería un fuga: estupendo para examinar los contornos cuando se disipe la niebla — exclamó Pápochkin-. En esta llanura lisa se debe abarcar un gran panorama desde la altura de esas colinas.
— Y más interés todavía tienen los minerales que podemos encontrar en ellas — replicó Kashtánov-. Hasta ahora, el botín geológico de nuestra expedición ha sido bien pobre.
— ¡Pues el zoológico todavía más!
— Ahora nos recompensará la tundra. Tanto la forma como el color de esas colinas hace suponer que se trata de cúpulas de basalto u otro mineral de origen volcánico.
Los dos investigadores se lanzaron casi corriendo hacia la meta ansiada, que unas veces se divisaba entre la niebla y otras veces desaparecía completamente en ella.
Kashtánov y Pápochkin llevaban corriendo más de un cuarto de hora y las colinas oscuras parecían casi tan lejanas como al principio.
— Esta maldita niebla molesta horriblemente para calcular bien las distancias — dijo el zoólogo deteniéndose a recobrar el aliento-. Estaba convencido de que nos encontrábamos cerca de las colinas y, con todo el tiempo que llevamos corriendo, apenas nos hemos aproximado. Casi no puedo respirar.
— Bueno, pues vamos a descansar — propuso Yashtánov-. Las colinas no se van la escapar.
Estaban de pie, apoyados sobre las escopetas. Súbitamente, Pápochikin, que miraba hacia las colinas, exclamó:
— ¡Esto es extraordinario si no se trata de una ilusión óptica! Me ha parecido que se movían nuestras colinas.
— Es un efecto de la niebla, que se desplaza — contestó tranquilamente Kashtánov encendiendo su pipa.
— Pues no. ¡Ahora veo con toda claridad que se mueven las colinas! ¡Mire usted, mire usted pronto!
Delante, a escasa distancia, se veían ahora con nitidez cuatro manchas oscuras que se desplazaban lentamente por la tundra.
— Habitualmente, los montes de basalto o de cualquier otro mineral volcánico suelen estarse quietos en su sitio — observó sarcástico Pápechkin-. Aunque, ¿quién sabe? Es posible que en este país de los fenómenos inexplicables también anden de un lado para otro las colinas de ese género. ¡Lástima que no haya venido con nosotros Borovói!
Mientras tanto Kashtánov había cogido sus prismáticos y observaba con ellos las colinas movedizas.
— ¿Sube usted una cosa, Semión Semiónovich? — dijo con voz trémula de emoción-. Pues que esas colinas no son de mi competencia, sino de la de usted, porque se trata de grandes animales parecidos a elefantes: veo muy bien sus largas trompas.
Reanudaron su carrera y sólo se detuvieron cuando la niebla empezó de nuevo a disiparse. Las masas oscuras estaban ya mucho más próximas.
— Vamos a tendernos en el suelo — propuso el zoólogo-. De lo contrario, pueden advertir nuestra presencia y escapar.

Así lo hicieron. Ahora Pápochkin tenía los prismáticos, esperando el momento propicio. La niebla se disipó al fin bastante para poder distinguir a unos cuatrocientos o cuatrocientos cincuenta pasos cuatro proboscidios que arrancaban ramas de los arbustos enanos y se las llevaban a la boca doblando elegantemente la trompa. Tres eran muy voluminosos y el cuarto un poco más pequeño.
— Tienen enormes colmillos — dijo Pápochkin— muy retorcidos. El cuerpo está cubierto de un tupido pelaje pardo. Tienen unos rabos cortos que agitan alegremente. Si no supiera que los mamuts han desaparecido de nuestro planeta, diría que no son elefantes sino mamuts.
— ¿Quién sabe si en este país donde todo es extraño no sobreviven los mamuts?
Kashtánov, que había cargado su escopeta con una bala explosiva, apuntó al animal más próximo que le presentaba su flanco izquierdo.
Resonó una detonación ensordecedora. El animal levantó la trompa, cayó de rodillas, luego se irguió, dió unos pasos precipitados y se desplomó.
Los otros pegaron una espantada y luego, levantando las trompas y bramando con un mugido semejante al del buey, huyeron pesadamente al galope por la tundra y desaparecieron en la bruma.
Llenos de impaciencia, Kashtánov y Pápochkin corrieron hacia su víctima. El animal estaba tendido sobre el flanco derecho con las patas estiradas y la cabeza de enormes colmillos echada hacia atrás. La ancha herida abierta bajo el omóplato dejaba escapar un torrente de sangre. El vientre abultado se agitaba aún y la trompa se estremecía.
— ¡Cuidado! — advirtió Kashtánov-. En su agonía es capaz de pegarnos con la trompa o con una pata un golpe que nos rompa los huesos.
Los cazadores se detuvieron a unos diez pasos del elefante examinándolo con una emoción y un interés comprensibles.
— También yo pienso que se trata de un mamut — dijo Kashtánov-. Por lo menos tiene todas las señas del mamut: las enormes dimensiones (¡porque este bicho mide sus seis metros de largo!), los colmillos vueltos hacia arriba y hacia adentro, el largo pelaje rojizo. Además, los elefantes no han vivido nunca en los países árticos, mientras los mamuts han habitado en la tundra de Siberia.
— Si no lo hubiera visto por mis propios ojos, no lo habría creído — contestó Pápochkin-. ¡Qué descubrimiento, pero qué descubrimiento!
— No es ni más ni menos extraordinario que esta profunda depresión y la tundra verde a los 81 de latitud Norte. Se conoce que en este continente polar, absolutamente aislado por los hielos de los demás países de nuestro-planeta y cuyo clima es suave, los mamuts se han. conservado hasta nuestros días. Son, en cierto modo, fósiles vivos.
— O quizá la fauna prehistórica de la Tierra de Nansen que se ha adaptado a nuevas condiciones de vida. Es probable que este continente no estuviera antes aislado de los demás países por los hielos y la nieve y poseyera la misma flora y la misma fauna que el Norte de América y Asia. Y es posible que luego, durante el período glaciar, los mamuts hayan encontrado aquí su último refugio.
— ¡Y ahora lo ha descubierto nuestra expedición!. Pero, ¿qué vamos a hacer con este monstruo? Para llevarlo hasta el campamento harían falta una — plataforma y una locomotora.
— Si no podemos arrastrar al mamut hasta el campamento, se puede aproximar el campamento al mamut —.observó en broma el zoólogo.
— ¡Es una idea!. Pero si la tundra está habitada por mamuts, también puede estarlo por osos, lobos, zorros y otros animales carniceros. Y antes de que nos traslademos aquí son capaces de deteriorar nuestra presa.
— Es verdad. Hay que medirlo cuidadosamente, hacer su descripción y fotografiarlo. Al Estrella Polar nos llevaremos, todo lo más, un diente y partículas de cerebro, de piel y de carne metidas en alcohol.
— ¿Y la trompa? Yo creo que debíamos cortarla para enseñársela a nuestros compañeros. ¡Vaya sorpresa que se van a llevar! Y luego nos la comeremos: será un plato que no ha probado todavía nunca ningún naturalista. Dicen que las trompas de elefante son una cosa suculenta. Pero el extremo lo conservaremos, porque nunca se había encontrado en los cadáveres de mamuts descubiertos y no se sabe cómo está hecho*.
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