Vladimir Obruchev - Plutonia
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— Con este sol, siempre en el cenit, acaba uno perdiendo enteramente la noción del tiempo — rezongaba Borovói-. La mañana, el mediodía o la tarde, ¡todo es lo mismo! El día parece interminable.
— Aquí es efectivamente interminable, puesto que el sol está siempre en el mismo sitio del cielo — confirmó Kashtánov.
— La noche pasada, llamémosla así, la luz se había debilitado un poco, al fin y al cabo — observó el meteorólogo-. Aunque ustedes se inclinaban a explicarlo por un recrudecimiento de la niebla, yo salí de la yurta alrededor de la media noche y me fijé en que la niebla no era más densa que durante el día, pero ese extraño astro lucía con mucha menos fuerza y en su disco parecían verse grandes manchas oscuras.
— ¡Eso es muy interesante! — exclamó el profesor-. ¿Y por qué no nos habló usted de ese nuevo hecho tan chocante?
— Hechos chocantes hay aquí a montones. Además, quería comprobar que no me había equivocado antes de contárselo a ustedes. Hoy, alrededor de mediodía, he vuelto a observar ese astro disparatado y me he convencido de que no tiene manchas oscuras. ¿Sería una equivocación?
— Pues yo creo que le ha ocurrido alguna catástrofe al astro central de nuestro sistema planetario mientras nosotros viajábamos por entre la niebla de la Tierra de Nansen. Por eso brilla día y noche en el cenit a 81 de latitud Norte.
— ¿Y si nuestro globo hubiera girado gradualmente hasta presentar su región ártica al sol?
— Es bastante incomprensible — rezongó Borovói-.
Cómo podría producirse en breve plazo, sin graves conmociones, semejante desviación del eje de la Tierra?
— Hemos podido no advertir esas conmociones entre las nieblas y los hielos. No logro explicarme de otra forma la extraña posición del sol — insistía Kashtánov.
— ¿Está usted seguro de que el astro que estamos viendo en este momento sea el mismo que hemos visto la última vez sobre las sierras de la cordillera Russki? — preguntó Borovói.
¿Qué otra cosa puede ser? — replicó Pápochkin asombrado.
— Con el mismo fundamento se puede conjeturar que la luna se ha incendiado de nuevo o que otro cuerpo luminoso ha penetrado fortuitamente en nuestro sistema planetario, arrastrando a nuestra tierra como satélite — dijo el meteorólogo con sonrisa enigmática.
— ¿A qué lanzarnos en conjeturas improbables? — objetó Kashtánov-. Existen hipótesis basadas sobre hechos geológicos de que el eje de nuestra Tierra se ha desplazado. Así se explican, por ejemplo, las congelaciones que se han producido durante ciertos períodos geológicos en la India, áfrica, Australia y China, así como la flora subtropical que en otros períodos existió en la Tierra de Francisco José, en Groenlandia, etc.
— No discuto, porque usted debe estar mejor informado. Pero he medido hoy el radio angular de este astro, y es igual a 20 minutos mientras el radio angular del sol es de casi 16 minutos como usted naturalmente sabe.
— ¡Eso sí que tiene importancia! — exclamó Kashtánov sorprendido.
— Además, ¿y esta luz rojiza en lugar de la luz amarilla?
— ¿No será un efecto de la niebla? — intervino Pápochkin.
— Es lo que yo había pensado. Pero hoy he logrado observar ese astro en un momento en que la niebla se había disipado enteramente. Y el disco era de color rojo, como el sol cuando está al borde del horizonte y brilla a través de las capas inferiores más húmedas de la atmósfera o durante una tormenta de polvo.
— ¡También eso es chocante!
— ¿Y esas manchas oscuras que condicionan una disminución de la luz a determinadas horas del día? Esta noche procuraré verificarlo. Si el fenómeno se repite, quedaré definitivamente convencido de que lo que brilla encima de nosotros no es el sol, sino otra cosa.
— Pero, adónde se habrá metido nuestro sol? — preguntó inquieto Pápochkin.
— ¡Cualquiera sabe! Este es otro eslabón en la cadena de increíbles fenómenos que hemos presenciado los últimos días.
— En efecto, toda una cadena — murmuró pensativo Kashtánov-. Una inmensa depresión en El continente, las extrañas indicaciones de la brújula, las incomprensibles variaciones de la presión atmosférica y un clima templado a 81 de latitud — y que no es un efecto de la casualidad, a juzgar por el límite de los hielos y la tundra verdeante —, los mamuts y los rinocerontes que andan por ella y un sol que no es un sol y permanece en el cenit día y noche…
— Y habrá más, estoy convencido. Ahí vuelven, al fin, nuestros compañeros y apuesto lo que ustedes quieran a que nos traen algún otro techo curioso.
Todos se pusieron en pie de un salto, mirando a lo lejos donde se divisaban dos siluetas que llevaban un objeto oscuro colgado de una pértiga. Pápochkin colocó la tetera sobre el infiernillo de alcohol y se puso a preparar un asado de carne de rinoceronte mientras los demás corrían al encuentro de sus compañeros.
— Estamos rendidos — declaró Makshéiev-. Hemos visto vacas y toros, pero sólo hemos conseguido matar un ternero y lo traemos a cuestas desde hace tres horas.
— Además, hemos reunido interesantes ejemplares de la flora de la tundra. Son muy curiosos y hubiera dicho incluso que se trataba de flora antediluviana si no los hubiese recogido yo mismo — añadió Grameko, a cuya espalda colgaba una caja llena de plantas.
Mientras comían, Makshéiev y Gromeko comunicaron sus impresiones.

— Durante unos diez kilómetros la tundra es igual que aquí, aunque menos húmeda. Luego la vegetación empieza a ser más abundante y aparecen arbustos e incluso pequeños árboles…
— Abedules y sauces polares, pero de especies desconocidas, y luego alerces enclenques — añadió Gromeko-. También hay algunas plantas florecidas, unas que no conozco en absoluto y otras descritas por distintos investigadores como representantes de la flora post-terciaria del Canadá.
— Al fin llegamos a un río estrecho pero muy profundo. Como no había ningún vado, echamos a andar siguiendo la corriente. Los árboles iban teniendo ya una altura superior a la de un hombre y, los matorrales, entre ellos, formaban una espesura casi impenetrable. Y entonces nos dimos de manos a boca con un rebaño de toros que habían bajado al río a beber.
— ¿Qué género de toros? — preguntó Pápochkin interesado.
— Eran más bien una especie de yacks salvajes — corrigió Gromeko-: negros, con lanas largas, enormes cuernos gruesos y joroba.
— Estos eran unos — continuó Makshéiev-; pero otros. animales, que debían ser hembras, no eran tan corpulentos y tenían los cuernos más finos y más cortas. También había algunos terneros. Como no pensábamos encontrar en la tundra más que aves acuáticas y animales pequeños, llevaba sólo una escopeta ligera.
— ¡Y yo iba sin armas!
— Conque tuve que disparar contra un ternero con postas que llevaba en las cartucheras. El rebaño desapareció en la espesura y el ternero se cayó al río, de donde le sacamos para rematarle con los cuchillos.
— Como el ternero pesaba sus cincuenta kilos largos y teníamos que traerlo a cuestas unos doce kilómetros, le vaciamos para aligerar la carga, aun a sabiendas de que Sermón Semiónovich se disgustaría por ello.
— ¡Bastante satisfacción ha tenido ya! — replicó Kashtánov riendo-. ¿Saben ustedes de qué es el asado que acaban de comer?
— ¿Alguna liebre polar? Aunque no sé si existe el género.
— Nada de liebres: era carne de rinoceronte y, además, prehistórico!
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