Vladimir Obruchev - Plutonia
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Los cazadores se aproximaron al mamut, ya inmóvil, y procedieron a medirlo y fotografiarlo con gran cuidado.
Pápochkin hacía las mediciones y Kashtánov tomaba nota y luego pasó a retratar el cadáver desde diferentes ángulos mientras el zoólogo se plantaba orgullosamente junto a él o se subía encima para las comparaciones, exclamando:
— ¡Es maravilloso! El informe de nuestra expedición tendrá ilustraciones: fotografías del zoólogo Pápochkin sobre el cadáver de un mamut, pero no fósil, sino recién matado.
Terminada su labor, les viajeros cortaron el rabo, la trompa y un mechón de largas lanas del animal y, así cargados, se dispusieron a volver a la tienda. Pero entonces el zoólogo lanzó una mirada perpleja a su alrededor y exclamó:
— ¿Hacia qué lado está nuestro campamento? Nos rodea la tundra lisa, la niebla se desplaza e impide ver a lo lejos. Nos hemos extraviado, Piotrivánovich. No tengo ni idea de la dirección que debemos seguir…
Al pronto Kashtánov se turbó un poco, pero luego dijo sonriendo:
— Un hombre que lleve una brújula en el bolsillo no puede extraviarse ni aun en la niebla, siempre que sepa la dirección que ha seguido. Desde el campamento nos pusimos en marcha hacia el Sudeste, de manera que ahora debemos orientarnos hacia el Noroeste.
— Pero creo que al ver a los mamuts echamos a correr sin pensar en la dirección.
— No. Antes de guardarme la brújula comprobé, según mi costumbre, la dirección en que corríamos. Tranquilícese, que le llevaré a la yurta.
Consultando la brújula, Kashtánov echó a andar por la tundra sin vacilaciones y el zoólogo le siguió.
Los viajeros anduvieron un par de horas por la planicie. Lo mismo que antes, la niebla se arremolinaba unas veces a ras de tierra y se disipaba otras, dejando ver un kilómetro o dos alrededor. En uno de esos momentos Kashtánov descubrió delante, y un poco apartado del camino que seguían, un extraño objeto que se alzaba sobre la llanura y se lo indicó al zoólogo.
— ¿Qué será? — preguntó Pápochkin-. Parece el armazón de una tienda de samoyedos. ¿Habrá también hombres aquí?
— Creo que deben ser nuestros esquís. ¿No se acuerda de que los hemos dejado a mitad de camino?
— Entonces, es que vamos bien orientados.
Llegados al sitio donde estaban los esquís, los viajeros podían estar ya tranquilos y guardaron la brújula porque su pista había quedado profundamente impresa en la tundra húmeda. Pronto divisaron la colina donde estaba su yurta.
* A fines de la década del 40 se encontró la trompa de un mamut en la península de Chukotka. Su extremidad fue enviada a la Academia de Ciencias.
Capítulo XIII
UN VISITANTE INDESEABLE
Cuando los cazadores estuvieron bastante cerca de la colina para poder distinguir, no solamente la yurta , sino también la silueta de los hombres y los perros, Kashtánov dijo a su compañero, que tenía la vista y el oído menos penetrantes:
— Algo insólito ocurre en el campamento: los hombres corren de un lado para otro y los perros no cesan de ladrar.
Se detuvieron para prestar oído. En efecto, escucharon distintamente los ladridos feroces de los perros y luego un disparo, otro, un tercero…
— ¿No será un ataque de mamuts u otros animales antediluvianos? Ahora estoy dispuesto a creerme cualquier cosa — declaró el zoólogo.
— Vamos corriendo, que quizá necesiten nuestra ayuda.
Emprendieron una carrera todo lo rápida que les permitían su carga y su cansancio, Abandonaron los esquís y la trompa al pie de la colina, que escalaron en un abrir y cerrar de ojos.
Los perros, atados, hacían esfuerzos para liberarse. La yurta estaba vacía. Pero en la otra vertiente de la loma vieron a Borovói e Igolkin con las escopetas en la mano, de pie junto a una masa oscura.
En un instante Kashtánov y Pápochkin estuvieron junto a sus compañeros.
— ¿Qué es? ¿Qué ha ocurrido?
— Pues ahí tienen ustedes — contestó Borovói agitado. Este extraño animal ha atacado a nuestros perros, si no ha sido al revés. Estábamos en la yurta y no hemos visto el comienzo de la batalla. Pero, en fin, cuando hemos llegado con las escopetas había aplastado ya a dos perros. Y, para poner término a este entretenimiento, nos hemos visto en la obligación de meterle en el vientre dos balas explosivas que le han matado de indigestión.
Igolkin se llevó a los perros, que saltaban en torno al animal muerto, y los tres viajeros se pusieron a examinarlo. En cuanto se fijaron en la cabeza, K Kashtánov y Pápochkin exclamaron al mismo tiempo:
— ¡Pero si es un rinoceronte!
— ¿Un rinoceronte aquí, en el continente polar? — objetó Borovói incrédulo-. Cierto que se parece a los rinocerontes que, por otra parte, sólo he visto retratados, pero, de todas formas, ¿puede haber aquí, en esta tundra, un animal originario de los trópicos? ¡No puedo concebirlo!
— ¿Y concibe usted — le interrumpió Kashtánov— vengamos de la caza del mamut? Del mamut, ¿comprende usted? ¡Del mamut, que se consideraba hasta ahora un animal fósil que ha existido hace decenas de milenios!
— ¡Por amor de Dios! — rugió Borovói-. No se burlen de esta manera, porque me parece que voy a perder la razón. Todo lo que venimos viendo estos últimos días es tan extraordinario, tal, sobrenatural, que me parece simplemente que estoy soñando o loco.
— ¡Pero cálmese usted, hombre! — exclamó Kashtánov agarrando a Borovói por un brazo-. Todos nosotros estamos agitados. También a nosotros nos deja estupefactos lo que vemos. Es extraño y de — momento inexplicable, pero en la naturaleza no hay nada sobrenatural. No olvidemos que nos encontramos en un continente polar profundamente incrustado en la superficie de nuestro planeta y separado del resto del mundo por una ancha barrera de hielos. En un continente así pueden darse condiciones físicas particulares gracias a las cuales continué existiendo el mamut, desaparecido hace tiempo en los demás países. ¿Por qué no ha podido sobrevivir también el rinoceronte, contemporáneo suyo?
— ¿El rinoceronte africano o indio en la tundra polar?
— No digo que el africano pero si el de Siberia, el rinoceronte de pelo largo que vivió en las tundras siberianas al mismo tiempo que el mamut.
— ¡Ah, vamos! Yo no sabía que hubiesen existido rinocerontes de ésos. Pero, ¿por qué piensa usted que no se trata de uno africano?
— ¡Fíjese bien! Este tiene largas lanas de color pardo, mientras el rinoceronte de los trópicos está pelado; además, es más voluminoso que los representantes de estos mamíferos existentes ahora, el cuerno delantero, de enormes dimensiones, tiene forma de paleta.
Al ver que Yashtánov y Pápochkin tomaban con tanta tranquilidad aquel prodigieso suceso, Borovói acabó calmándose y preguntó:
— ¿Y dónde está el mamut que han cazado ustedes?
— ¡No íbamos a traerlo a cuestas! — contestó riendo Pápochkin-. Lo hemos matado en la tundra, bastante lejos de aquí. Había cuatro y, desde lejos, nuestro geólogo los confundió con montecillos basálticos. Pero luego vimos con espanto que estas colinas volcánicas echaban a andar por la tundra. ¡Ja, ja, ja! A propósito, ¿y la trompa? Sólo hemos traído la trompa y el rabo. Sería una lástima que los hubiesen estropeado los perros.
— Vamos a buscarlo.
La fotografía, la medición y la descripción del rinoceronte exigieron más de ti es horas y únicamente después pensaron los exploradores que debían descansar un poco. Mientras almorzaban se acordaron de que aun faltaban dos de sus compañeros y sintiéronse inquietos por su larga ausencia.
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