Alexander Abramov - La Escala Del Tiempo

Здесь есть возможность читать онлайн «Alexander Abramov - La Escala Del Tiempo» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Фантастика и фэнтези, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

La Escala Del Tiempo: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La Escala Del Tiempo»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

"Regresaba de una sesión de tarde del Consejo de Segundad con Ordinsky, mi colega de Moscú, al que todo el mundo en el Centro de Prensa de la ONU tomaba por un polaco como yo, probablemente a causa de su apellido Ordinsky, Glinsky a los estadounidenses todos les suenan igual. Le sugerí que fuéramos a algún sitio a pasar lo que quedaba de la tarde, pero estaba ocupado, de modo que me tuve que hacer a la idea de una cena en solitario."

La Escala Del Tiempo — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La Escala Del Tiempo», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

– … y no hay ningún taxi.

– Pero usted acaba de ver uno.

– ¿Dónde?

– En la esquina opuesta. Un Plymouth amarillo.

– Está bromeando.

– Y vio a su conductor, con una metralleta, y todo lo que sucedió luego.

– Estas bromas mejor gásteselas a su mecanógrafa.

– ¿Quiere decir que no vio nada?

– No estoy borracho.

Eso era cierto ¿Cómo podía este Leszczycki saber lo que el otro Leszczycki había visto en otro tiempo? Ahora iba a abandonarle para iniciar otra órbita embrujada. A mi mente llegó el recuerdo de una profecía de un cuento de hadas infantil: Toma el camino de la derecha, y encontrarás mala suerte; toma el de la izquierda, y el infortunio te seguirá. En otras palabras, no había elección posible. Así que adelante, valiente héroe, ve a donde te llevan tus ojos.

Y fui. Mi gabardina estaba de nuevo calada, el agua goteaba por mi pelo, descendía por mi nuca y me producía escalofríos, aunque en realidad no hacía mucho frío, el aire se había calentado por la atmósfera viciada que se alzaba de la ciudad durante el día. Mis ojos apenas vieron a la gente que se acercaba a mí o a la que yo adelantaba en mi camino: eran simplemente sombras empapadas por el agua que cruzaban a mi lado. Por extraño que fuera, la abundancia de líquido que había a mi alrededor me daba deseos de beber, pero las ventanas apagadas visibles a través de la cortina de agua no ofrecían la promesa de nada que pudiera apagar mi sed. No recuerdo cuántos minutos o metros caminé bajo la lluvia hasta que frente a mí apareció el primer ventanal iluminado de un café. Pero no entré en él de inmediato. Me detuve ante las palabras escritas en la cristalera. Las leí como Baltasar leyó en el banquete la profecía que anunciaba su muerte: Mene teke fares.

Café, té, pastelillos caseros.

Naturalmente, podía pasar de largo, nadie me obligaba a entrar. Pero algo pareció cambiar un poco, no algo que estuviera fuera de mí, ni la lluvia, ni las nubes del cielo, ni la semioculta silueta de la ciudad bajo el agua. Era algo dentro de mi mismo, en algún centro nervioso de mi cerebro. En alguna parte de esas células invisibles, las sustancias químicas que contenían habían registrado en algún momento, en un código extremadamente complejo, unos rasgos de carácter tales como la cautela, el desagrado ante el peligro, deseos de evadir el riesgo y lo desconocido.

Pero ahora, repentinamente, el código cambió de forma, la química varió, y el registro tomó un nuevo sentido.

No obstante, miré a mi alrededor antes de entrar, y en una esquina vi el Plymouth que, por aquel entonces, conocía hasta en sus menores detalles. No había conductor alguno, y la llave colgaba descuidadamente del contacto ¿Quién estaba allí dentro? ¿Janek o Woycekh? Simplemente me eché a reír ante la idea del próximo encuentro y empujé la puerta.

El bar estaba cerrando o ya había cerrado, porque me encontré ante el silencio y el cliqueteo de un ábaco: el encargado del lugar había abierto el cajón del dinero, y estaba sumando las entradas a la manera de su abuelo. Era notable que en todos los cafés polacos con los que me encontraba en mi odisea hallase las mesas y las sillas amontonadas las unas encima de las otras.

Pero el encargado me recibió como tal:

– ¿Whisky con soda? -preguntó.

Le expliqué que prefería tomar un poco de café o té y algunos pastelillos caseros.

– No hay nada de eso -dijo-. Sólo puedo darle whisky: tanto como quiera.

Le respondí que no tenía inconveniente en pagar por un whisky, que podía tomarse él mismo, pero que yo prefería beber una limonada. Cuando hube apurado un vaso lleno recogí las monedas sueltas que tenía en el bolsillo y las deposité sobre el tablero de plástico de la barra. La medalla de bronce con el perfil imperial resonó entre las monedas. La aparición de la medalla en mi bolsillo fue menos sorprendente que la forma en que el camarero la miró. Lo reconocí de inmediato: el pelo rizado, la sombra gris en sus mejillas. Era uno de los visitantes nocturnos asesinados por Ziga. Y de nuevo me sorprendió menos su resurrección que la mezcla de asombro y miedo que expresó su pálido rostro. Rápidamente, recogí la medalla y la guardé.

– Vivió para su patria -dije.

– Murió por su honor -me respondió como un eco; y luego añadió, con obediencia militar-: ¿Cuáles son sus órdenes, señor?

– ¿Es ése el coche de Janek? -pregunté, mirando hacia la puerta.

– Es el de Woycekh -respondió.

– ¿A quién trajeron?

– A la chica.

– ¿Elzbeta? -dije, dubitativo.

– Así es. Ha ido a decírselo a Copecki. Nuestro teléfono está estropeado.

– ¿Regresará pronto?

– Si… El teléfono público está sólo a media manzana de distancia.

– ¿Dónde está la chica?

Señaló con un dedo a una puerta en el rincón.

– Quizá le pueda ayudar -me dijo.

– No es necesario.

Entré en una habitación que evidentemente servía a la vez como oficina y almacén. Entre cajas de latas de conserva y cervezas, el enorme refrigerador y estantes de botellas y sifones, yacía Elzbeta, envuelta en un trozo de alfombra. Otra coincidencia: antes creí que era Ziga el que estaban llevando al coche, y ahora resultaba que era Elzbeta quien yacía ante mí, atrapada de la misma manera. No había ni una gota de sangre en su rostro casi cerúleo, y ningún rastro de color en sus labios u ojos. Se parece más a una muchacha de algún colegio de monjas que a la imperiosa belleza que, hacía ya no sabía cuántas horas o minutos, me había salvado la vida.

Me incliné sobre ella, y sus párpados cerrados ni siquiera se agitaron; estaba sin sentido. En mi mente no cabían dudas ni incertidumbre; sólo una cosa me preocupaba: ¿tendría tiempo antes de que regresase Woycekh? La crisálida de alfombra se movió un poco cuando la cogí entre mis brazos. Desde luego, señor Leszczycki, tenía usted razón. Mis músculos me sirvieron para algo.

Al empujar la puerta con el pie casi derribé al suelo al camarero; evidentemente había estado observando por el ojo de la cerradura o la rendija de la puerta.

– Tenga más cuidado la próxima vez, amigo, si hace esto, corre el riesgo de quedarse sin ojos -reí, mientras pasaba junto a él con la chica en brazos.

No lo convencí. Simplemente se quedó pensativo un minuto. Era obvio que la situación misma y mi tono de voz lo dejaban dudando.

– ¿Puedo ayudarle, señor? -preguntó.

– Quédese donde está -dije secamente-. Llevaré a la chica al coche, y esperaré allí a que venga Woycekh. Y no quiero peros.

Agitó afirmativamente la cabeza, abrió la puerta de la calle, y tuve la impresión de que se situaba tras la inscripción en los cristales, quizá pensando que yo no captaría su maniobra desde la calle. Ni siquiera me molesté en volverme. Dejé a la aún inconsciente Elzbeta en el asiento delantero del coche. Aquel último modelo de Plymouth, aunque maltratado y chillonamente repintado, era confortable y muy amplio por dentro. La chica resultó ser tan pequeña y delgada que podía permanecer acostada en el asiento con sólo doblarle un poco las rodillas. Entonces di la vuelta al coche con mucha calma, y estaba abriendo la portezuela del lado del conductor cuando repentinamente alguien me sujetó con fuerza del hombro. Me di la vuelta. Woycekh: el mismo sombrero calado hasta los ojos, la misma boca torcida.

– ¿Al caballero le gusta este coche? -Hizo una mueca-. Entonces espero que pierda un minuto en firmarme un cheque.

– Mira dentro, imbécil -dije.

Se inclinó para mirar al interior del coche, y luego se alzó. En aquel segundo recordé los tres últimos rounds del campeonato de Varsovia hacía algunos años. Mi oponente había sido Prohar, un estudiante de cuarto que se entrenaba con Walacek y que, como éste, era ágil y tenía puntería, pero cuyos puñetazos eran débiles. Yo no poseía ninguna velocidad o puntería especial, y la única cosa en que confiaba era en mi golpe de izquierda subiendo, un clásico golpe de knock out. Prohar estaba ganándome claramente a los puntos, y yo seguía tratando de colocarle mi golpe, esperando que bajase la guardia. No lo hizo; perdí, y abandoné el boxeo, como el campeón ruso Shatkov después de su derrota en Roma. En mi patria aún se hablaba casi triunfalmente de cómo se había convertido en uno de los principales profesores de una universidad, había conseguido su doctorado, y eso pese a que aún seguía colgando sus guantes en su despacho. Yo también colgué los míos en mi habitación, como recuerdo, aunque pronto olvidé todo lo relacionado con ellos excepto una cosa: mi golpe maestro, que no logré colocar cuando más lo necesitaba. Lo recordé ahora como un reflejo condicionado, y cuando Woycekh se alzó, quedando totalmente abierto como un novato en su primer combate, le golpeé con la izquierda desde muy abajo, apuntando a su expuesta mandíbula. Puse toda la fuerza de mis músculos y todo el peso de mi cuerpo en aquel golpe, todo lo que tenía. Completamente sin sentido, el cuerpo de Woycekh giró sobre si mismo y se derrumbó en medio de la calle «Mandíbula de cristal», hubiera dicho de él nuestro entrenador.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «La Escala Del Tiempo»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La Escala Del Tiempo» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Carlos Castaneda - La Rueda Del Tiempo
Carlos Castaneda
Poul Anderson - Guardianes del tiempo
Poul Anderson
Poul Anderson - Patrulla del Tiempo
Poul Anderson
Robert Silverberg - Las máscaras del tiempo
Robert Silverberg
Stephen Baxter - Las naves del tiempo
Stephen Baxter
Alexander Abramov - Viaje Por Tres Mundos
Alexander Abramov
Juan Carlos Padilla Monroy - Los bordes del tiempo
Juan Carlos Padilla Monroy
Edith María Del Valle Oviedo - Ojos color del tiempo
Edith María Del Valle Oviedo
Alejandro Prado Jatar - La trinidad del tiempo
Alejandro Prado Jatar
Ángel Garrido Maturano - Los tiempos del tiempo
Ángel Garrido Maturano
Отзывы о книге «La Escala Del Tiempo»

Обсуждение, отзывы о книге «La Escala Del Tiempo» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x