Alexander Abramov - La Escala Del Tiempo

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"Regresaba de una sesión de tarde del Consejo de Segundad con Ordinsky, mi colega de Moscú, al que todo el mundo en el Centro de Prensa de la ONU tomaba por un polaco como yo, probablemente a causa de su apellido Ordinsky, Glinsky a los estadounidenses todos les suenan igual. Le sugerí que fuéramos a algún sitio a pasar lo que quedaba de la tarde, pero estaba ocupado, de modo que me tuve que hacer a la idea de una cena en solitario."

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– Ya empieza -suspiré, y recordé las historietas, con su invariable repetición de personajes estereotipados. Uno de ellos llevaba un sombrero calado hasta las cejas, y reconocí de inmediato la boca torcida y la cicatriz de la mejilla. El otro se quedó más apartado en la oscuridad, repleta del sonido de la lluvia.

– ¿Tiene lumbre? -preguntó Woycekh, no reconociéndome o fingiendo no hacerlo. Yo también podía jugar a aquel juego. Saqué un encendedor y un arrugado paquete de cigarrillos de mi bolsillo.

Mientras encendía su cigarrillo, movió el encendedor, iluminando mi rostro, y una voz desde la oscuridad preguntó:

– ¿No será usted polaco?

– Y si así fuera, ¿qué? -repliqué.

– ¿Por casualidad no sabrá de ningún lugar cerca de aquí donde se reúnan nuestros compatriotas?

– Naturalmente que sí -dije, retardando las cosas… aún no comprendía su juego-. Está el sitio de Marian Zuber: café, té y pastelillos caseros.

Oí una risita apagada; Woycekh me dio una palmada en la espalda.

– Llegas tarde, señor contacto. Llevamos mucho rato esperándote…-Y me llevó hacia algo que hasta entonces había permanecido oculto por la oscuridad y la lluvia, y que resultó ser el Plymouth amarillo.

Poniéndose tras el volante, el compañero de Woycekh me sonrió, mostrándome una hilera de dientes rotos… Janek. Tampoco él me reconoció. Decidí proseguir con la técnica del ariete:

– ¿No nos hemos visto antes, amigos? Vuestras jetas me son familiares.

– Un hombre marcado es la dicha del sabueso.

Woycekh estuvo de acuerdo.

– Quizá nos hayamos encontrado alguna vez, ¿quién sabe? -Y luego añadió-: ¿Qué es lo que quiere Copecki?

– Como si no lo supierais -sonreí, tan descuidadamente como pude-. Las cartas, por supuesto.

– Nosotros también las queremos -rió Woycekh. Dándose la vuelta, hasta me guiñó un ojo ¿Sería verdad que no me había reconocido?-. ¿Quieres decir que Dziewocki tiene las cartas? -prosiguió-. Lo suponía. Así que agarramos a Dziewocki y se lo entregamos a Copecki ¿De acuerdo?

– De acuerdo -acepté, no muy seguro.

– ¿Estáis dispuestos a repartir? -preguntó repentinamente Woycekh.

Dudé.

– ¡Y se lo piensa! ¿Sabes cuánto se puede sacar por esas cartas? ¡Un millón! ¿Por qué entregar a Dziewocki a alguien? De alguna manera le sacaremos nosotros mismos esas cartas, y el millón será nuestro. Di que sí, y cerramos el trato.

– Es mucho dinero -dije, dubitativo.

– ¡Tonterías! -respondió despectivamente-. Tendremos a todos los padres de la emigración sobre un montón de mierda. El fallecido Leszczycki sabía lo bastante de ellos como para hacer que todos los demás parezcamos angelitos. Y será el responso de Copecki y los Krihlak y todos los demás.

Finalmente, Janek detuvo el coche. En la cristalera del café se veía el signo familiar: «Café, té y pastelillos caseros» Pero, en lugar de Marian Zuber, el nombre era Adam Dziewocki. El bar no estaba cerrado con llave, pero ya habían recogido. Las sillas y las mesas estaban amontonadas las unas encimas de las otras. Un joven italiano con largas patillas barría el serrín húmedo del suelo.

– ¿Dónde está Adam? -gruñó Woycekh, escupiéndole el chicle a la cara del camarero.

– Está usted loco -gruñó el hombre, limpiándose el rostro.

– No te apartes del tema ¿Dónde está Dziewocki?

– ¿Se refiere al antiguo propietario? -dijo el italiano, haciendo una suposición.

– ¿Por qué antiguo?

– El bar ha cambiado de dueño.

– ¿De quién es ahora?

– Mío.

Intercambiamos miradas. Resultaba claro que nuestros pájaros habían volado. De la puerta brotaron unas palabras:

– ¡Manos arriba todos!

En la puerta abierta había policías con metralletas Janek y yo levantamos las manos. Pero, repentinamente, Woycekh saltó hacia delante y me empujó contra la puerta y los policías. Un impacto aún más fuerte me envió de vuelta atrás, a la oscuridad.

Desperté de pie frente a la puerta, bajo el alero. La lluvia estaba rugiendo como antes, y las siluetas de todo lo que me rodeaba se perdían tras una cortina acuosa. Me dolía la cabeza, y apenas si pude oír las últimas palabras de Leszczycki junto a mí:

– …y no hay ningún taxi.

Y, de hecho, no había taxis. No podía recordar cuánto tiempo llevábamos esperando uno. En realidad, no recordaba nada. Un enorme chichón semejante a un tumor había aparecido en mi sien, debajo de mi pelo, como si algo hubiera caído sobre mi cabeza. ¿Cuándo? ¿Cómo? Traté de recordar y no pude. De repente, cosas familiares aparecieron en mi mente, surgiendo y luego difuminándose y estallando como burbujas de gas en un pantano, rostros, nombres, coches, una ambulancia, un Plymouth amarillo…

Miré a mi alrededor, y lo vi en la esquina opuesta bajo una farola similar a aquella junto a la que nos encontrábamos.

– Mire eso -le dije a Leszczycki-. Quizá nos lleve.

– ¿Puede ver al conductor?

Éste había salido del coche llevando algún tipo de bastón o tubo, y pasaba bajo un alero de la acera.

– ¿Para qué llevará ese bastón -pregunté sorprendido-. ¿Acaso es cojo?

– Es una metralleta, no un bastón -me advirtió Leszczycki-. Hable en voz baja.

Repentinamente recordé aquella habitación, y al ciego Ziga, y a los pistoleros muertos. Pero uno vivo estaba ahora junto a la puerta esperando a que se abriese. Y se abrió, dos figuras sacaron algo que parecía una alfombra enrollada. El conductor con la metralleta abrió la puerta del coche y me dispuse a correr tras él.

– ¿Adonde va? -siseó Leszczycki, agarrándome por la manga.

– Tengo que ayudar.

– ¿A quién? ¿Esta seguro de que no es ya un cadáver? ¿Y con qué va a enfrentarse a las metralletas, señor Quijote de la Mancha, con las manos desnudas y una estilográfica?

En aquel momento el viento nos trajo sus voces.

– Es un libro, lo tenía en las manos.

– Agítalo tal vez caiga algo de su interior.

– Ya lo he probado. No hay nada.

– Entonces tíralo. Ya no va a leer más.

Alguien tiró el libro, que fue iluminado por la farola mientras caía tras el coche. Cuando se hubieron marchado lo recogí. Sólo estaba mojado en su parte exterior, las gruesas tapas con el repujado de Mickiewicz lo habían protegido de la lluvia. Una parte de sus páginas estaban pegadas, y yo sabía lo que se ocultaba en su interior. Juro que me preocupaba el Mickiewicz. Hubiera sido interesante saber cuántos versos habían sido sacrificados para hacer el hueco.

Bajo la lluvia, no podía examinar el libro. Me puse el Mickiewicz en el bolsillo de la chaqueta porque mi gabardina ya estaba enteramente calada.

– Estoy totalmente empapado -dije, mientras regresaba junto a Leszczycki-. ¿Qué cree que ha ocurrido aquí?

No respondió. Repentinamente, algo cambió de posición, quizá la luz de la lluvia, o las nubes repletas hasta rebosar de cálida agua ¿O sería tal vez el tiempo?

Mi gabardina estaba seca como si la lluvia hubiera empezado hacia tan sólo un momento y hubiéramos conseguido llegar a aquel alero a tiempo. Las diez menos cinco, como me confirmó voluntariosamente mi reloj. La pesadez que embotaba mi cerebro desapareció de pronto. Lo recordé todo.

¿Qué tipo de escala me había prometido Leszczycki? Una hora o media hora vivida de una forma diferente en cada peldaño de la escalera. Conté los cambios, seis. Éste era el séptimo. Eso quería decir que todavía quedaba uno. El discutir con Leszczycki la odisea que había creado carecía ahora de todo significado. El que se hallaba allí no era Leszczycki, era un personaje de película que estaba produciendo un hombre de otro tiempo Ahora comenzaría a recitar su papel.

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