Alexander Beliaev - Ictiandro

Здесь есть возможность читать онлайн «Alexander Beliaev - Ictiandro» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Город: Moscú, Год выпуска: 1989, Издательство: “Raduga”, Жанр: Фантастика и фэнтези, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Ictiandro: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Ictiandro»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Ictiandro — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Ictiandro», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

El africano volvió a silbar, pero esta vez se dirigía a Cristo, invitándole con señas a que bajara del árbol.

— ¿Por qué silbas como una serpiente? — le dijo Cristo, sin abandonar su refugio —. ¿Te has tragado la lengua?

El negro se limitó a dar, por respuesta, un rabioso bufido.

«Debe ser mudo» pensó el indio, y recordó la advertencia de Salvador. ¿Será posible que les corte la lengua a los criados que revelen sus secretos? Tal vez a ese negro le hayan cortado la lengua… Tanto miedo le entró que por poco se cae del árbol. Quiso salir corriendo de allí a toda costa y lo antes posible. Calculó la distancia que mediaba entre el árbol en que se encontraba y el muro. Pero, no, no podría saltarla… Entretanto, el negro se había acercado al árbol y, habiéndole agarrado del pie, trataba de hacerle bajar. No quedaba otro remedio, había que obedecer. Cristo saltó del árbol, esbozó la sonrisa más cordial que pudo, le tendió la mano e inquirió amistoso:

— ¿Jim?

El negro asintió.

Cristo le estrechó vigorosamente la mano al africano. «Si uno cae en el infierno, hay que hacer migas con los diablos» pensó, pero en voz alta dijo:

— ¿Eres mudo?

No obtuvo respuesta.

— ¿Qué pasa, no tienes lengua?

El negro seguía callado.

«¿Cómo ingeniármelas para verle la boca?» pensó Cristo. Pero, por lo visto, Jim no se proponía dialogar ni recurriendo a la mímica. Asió a Cristo de la mano, lo llevó al lado de las fieras pelirrojas y algo les silbó. Los animales se levantaron, oliscaron a Cristo y se retiraron tranquilos. El indígena sintió gran alivio.

Jim hizo una seña con la mano y se llevó a Cristo a realizar un recorrido por el jardín con el fin de familiarizarle.

En comparación con el triste patio, pavimentado con losas, el jardín asombraba con su exuberante vegetación y abundancia de flores. El jardín se extendía hacia el Este, acusando un leve declive en dirección del mar. Los caminos — cubiertos de rosadas conchas trituradas — partían, a modo de radios, en diversas direcciones. Por la vera de los senderos crecían exóticos cactos y jugosas pitas de color verde azulado, enormes panículas exhibían infinidad de flores de un verde amarillento. Olivares y melocotonares protegían con su sombra espesa hierba con abigarradas y vistosas flores. Entre el verdor de las praderas aparecían relucientes estanques, ribeteados con piedra blanca. Altos surtidores refrescaban el ambiente.

El jardín estaba lleno de gritos, cantos y trinos de aves; de rugidos, chillidos y gañidos de animales. Jamás había visto Cristo tan insólitos animales; y no era extraño, pues los que poblaban aquel jardín eran realmente raros.

Haciendo alarde del brillo cobrizo-verdoso que producían sus escamas, cruzó el camino un lagarto sextúpedo. De un árbol pendía una serpiente bicéfala. El reptil produjo un silbido tan feroz con sus dos bocas rojas que Cristo, asustado, tuvo que dar un salto para esquivar el ataque. El negro le respondió con otro silbido más fuerte y rabioso todavía, y la serpiente — tras agitar ambas cabezas — se deslizó del árbol y desapareció en el cañaveral. Otra larga culebra se bajó del camino apoyándose en dos patas. Tras una red metálica gruñía un cerdito. Este fijó en Cristo la mirada de un solo ojo enorme, ubicado en el mismo centro de la frente.

Dos enormes ratas blancas, unidas entre sí por el costado, corrían constituyendo un monstruo bicéfalo y octúpedo. A instantes ese doble ser luchaba consigo mismo: la rata de la derecha tiraba para su lado, y la de la izquierda, para el suyo, exteriorizando ambas su descontento con chillidos. Pero siempre se imponía la de la derecha. Cerca del camino pacían «siameses»: dos corderos unidos también por el costado, con la diferencia de que éstos no se peleaban como las ratas. Entre ellos, por lo visto, existía absoluta afinidad en lo relativo a la voluntad y a los deseos. Había un monstruo, objeto de particular asombro para Cristo: un gran perro rosado, completamente desnudo, en cuyo lomo — cual si saliera del cuerpo del can — aparecía una monita que no tenía más que pecho, brazos y cabeza. El perro se acercó a Cristo meneando la cola. La monita, a su vez, movía la cabeza, los brazos, le daba cariñosas palmadas al perro en el lomo, con el que constituía un todo único, y gritaba mirándole a Cristo. El indio hurgó en el bolsillo, sacó un terrón de azúcar y se lo tendió a la mona. Pero alguien le desvió el brazo. A sus espaldas oyó un silbido. Cristo se volvió y vio a Jim. El viejo negro, valiéndose de gestos y ademanes, le explicó que a la mona no se la podía alimentar. En ese preciso instante, un gorrión con cabeza de cotorra le arrebató de los dedos el terrón de azúcar y desapareció tras unos arbustos. En un lugar alejado de la pradera mugía un caballo con cabeza de vaca.

Por el campo galopaban dos llamas luciendo hermosas colas de caballo. Desde el césped de la pradera, desde matorrales y ramas de árboles miraban a Cristo fieras, aves y reptiles insólitos: perros con cabezas felinas, gansos con cabezas de gallo, jabalíes con cornamenta, avestruces con pico de águila, carneros con cuerpo de puma…

A Cristo todo esto le parecía una pesadilla. Se frotaba los ojos, se refrescaba la cabeza con el agua fría de los surtidores, pero nada de eso le reconfortaba. En los estanques vio culebras con cabeza de pez y branquias, peces con patas de rana, y enormes sapos con cuerpo de lagarto…

Y Cristo de nuevo quiso huir.

De esas reflexiones le sacó el impacto causado por el lugar adonde le había conducido Jim. Era un campo cubierta de arena en medio del cual, rodeada de palmeras, aparecía una villa de mármol blanco estilo mudejar. Los espacios entre los troncos de las palmeras permitían ver arcos y columnas; surtidores de bronce en forma de delfines vomitando chorros de agua a transparentes estanques, en los que retozaban peces dorados. La fuente principal, ubicada ante el frontispicio, representaba a un joven a horcajadas sobre un delfín, imitando al mítico Tritón, con una retorcida caracola en los labios. Tras la villa había varias estructuras residenciales y servicios, y más allá se extendían espesas plantaciones de cactos espinosos que terminaban en un muro blanco.

«¡Otro muro!» pensó Cristo.

Jim le mostró una pieza fresca y acogedora. Le explicó con gestos que sería su habitación en lo sucesivo, y se retiró.

EL TERCER MURO

Paulatinamente Cristo fue habituándose a aquel insólito mundo. Las fieras, aves y reptiles que vivían en el jardín estaban bien adiestradas. Con algunas de ellas incluso hizo amistad. Los perros con piel de yaguar, que tanto le asustaron el primer día, ahora eran sus mejores amigos, le lamían las manos y lo acariciaban. Las llamas le admitían el pan de la mano. Los loros se le posaban en el hombro.

Las fieras y el jardín estaban atendidos por doce negros, tan callados o mudos como Jim. Cristo jamás los oyó conversar entre sí. Cada uno de ellos hacía en silencio su trabajo. Jim venía a ser algo así como su capataz. Los vigilaba y les distribuía las obligaciones. Cristo — inesperadamente para él mismo — fue designado ayudante de Jim. No estaba sobrecargado de trabajo, y la manutención era excelente. Es decir, no tenía motivos para lamentarse de su vida. Sólo una cosa le inquietaba: el siniestro silencio de los negros. Estaba seguro de que Salvador les había cortado a todos la lengua. Las raras veces que Salvador requería la presencia de Cristo, el indígena siempre pensaba: «Va a cortarme la lengua». Pero el indio perdió muy pronto el miedo por su lengua.

En cierta ocasión Cristo se topó con Jim dormido a la sombra de un olivo. El negro yacía supinado, con la boca abierta. Cristo aprovechó la ocasión para aproximarse sigilosamente y mirarle la boca al dormido. Esto le persuadió de que el viejo africano tenía la lengua en su sitio, y lo tranquilizó en cierta medida.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Ictiandro»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Ictiandro» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Ictiandro»

Обсуждение, отзывы о книге «Ictiandro» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x