Alexander Beliaev - Ictiandro

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Ictiandro: краткое содержание, описание и аннотация

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El aparejo emergió, al fin, en la superficie. En él se retorcía el cuerpo de un ser semihumano-semibestia. Bajo la pálida luz lunar relucían unos enormes ojos y plateadas escamas. El «demonio» realizaba extraordinarios esfuerzos, tratando de liberar una mano que se le había enredado. Habiéndolo conseguido, comenzó a cortar vigorosamente la red con un cuchillo que llevaba colgado de una fina correa a la cintura.

— ¡Inútiles esfuerzos, no lo conseguirás! — dijo bajito Baltasar, entusiasmado con la caza.

Pero, quedó pasmado al ver cómo el cuchillo superaba, con relativa facilidad, el obstáculo que suponía el alambre. El «demonio» ensanchaba con diestros golpes la abertura, mientras los pescadores se apuraban a sacar la red a la orilla.

— ¡Más fuerte! ¡Arriba! ¡Arriba! — gritaba Baltasar.

Pero en el mismo momento en que la presa parecía estar ya en sus manos, el «demonio» se deslizó por la abertura y cayó al agua, levantando un surtidor de relucientes salpicaduras, y desapareciendo en la profundidad.

Los pescadores, desesperados, soltaron la red.

— ¡Excelente cuchillo! ¡Hasta el alambre corta! — dijo Baltasar con evidente admiración en la voz —. Los herreros submarinos son más expertos que los nuestros.

Con la cabeza gacha, Zurita miraba el agua cual si se hubiera tragado todo su patrimonio.

Alzó luego la cabeza, dio un tirón al mostacho y pateó el suelo con rabia.

— ¡No, te equivocas! — gritó —. Antes te pudrirás en tu gruta, que yo ceda. ¡No escatimaré dinero, traeré buzos con escafandras, cubriré la bahía de redes y trampas, pero no te escaparás!

Era valiente, perseverante y obstinado. No en vano corría por las venas de Pedro Zurita sangre de conquistadores españoles. Además, valía la pena.

El «demonio marino» no resultó ser sobrenatural ni todopoderoso. Era, obviamente, de carne y hueso, como decía Baltasar. Eso significaba que podía ser cazado, encadenado y obligado a extraer, para Zurita, riquezas submarinas. Baltasar lo conseguirá aunque el mismo Neptuno salga en defensa del «demonio marino» con su tridente.

DON SALVADOR

Zurita comenzó a poner en práctica su amenaza. Colocó en el fondo de la bahía numerosas alambradas, tendió redes en todas las direcciones y puso trampas. Pero no caían más que peces, el «demonio marino» parecía haberse esfumado. No volvió a aparecer, ni a dar señales de vida. En vano el delfín amaestrado se presentaba todos los días en la bahía, buceaba y resoplaba, invitando a su insólito amigo a pasear. Su compadre no aparecía y el delfín resoplaba disgustado y se retiraba mar adentro.

El tiempo se estropeó. Un viento oriental provocó oleaje en el océano, las aguas de la bahía se enturbiaron a consecuencia de la arena levantada del fondo. Las espumosas crestas de las olas ocultaban cuanto sucedía en la profundidad. Resultaba imposible ver lo que pasaba bajo el agua.

Zurita se pasaba las horas en la orilla mirando cómo se sucedían las enormes olas, cayendo cual enormes ruidosas cataratas, y cómo las capas inferiores se deslizaban espumantes por la arena húmeda, haciendo rodar guijos y conchas, hasta lamerle los pies.

— No, esto no puede ser — decía Zurita —. Hay que idear algo distinto. El «demonio» vive en el fondo del mar y no quiere salir de su madriguera. Esto significa que para capturarlo hay que ir a su guarida, bajar al fondo. ¡Eso está clarísimo! — Y dirigiéndose a Baltasar, quien hacía una nueva y complicada trampa, le ordenó-: Te vas inmediatamente a Buenos Aires, traes un par de trajes isotérmicos y botellas de oxígeno para la escafandra autónoma. La habitual, con suministro de aire por manguera, no sirve en este caso. El «demonio» podría cortar la manguera. Además, la empresa podría requerir un pequeño viaje submarino. No te olvides de traer linternas.

— ¿Se propone hacerle una visita al «demonio»? — inquirió Baltasar.

— Contigo, viejo, no faltaba más.

Baltasar asintió y partió.

A su regreso no sólo trajo los isotérmicos y las linternas, sino un par de puñales curvos de bronce.

— Ahora ya nadie sabe hacerlos — dijo —. Son antiguos cuchillos araucanos. Con ellos mis antepasados rajaban a los blancos, a los antepasados de usted, con perdón sea dicho.

A Zurita la digresión histórica no le hizo ninguna gracia, pero celebró la idea de los puñales.

— Tú siempre tan precavido, Baltasar.

Al día siguiente, de madrugada, pese al fuerte oleaje, Zurita y Baltasar se pusieron los trajes isotérmicos y descendieron al fondo del mar. Tuvieron que trabajar duro para retirar las redes que obstruían la salida de la gruta submarina, y colarse por la angosta entrada. En la caverna la oscuridad era absoluta. Tras haber tocado fondo y desenvainado el cuchillo, los buzos encendieron las linternas. Los pececitos al ver la luz se espantaron, pero pronto se vieron atraídos por las linternas, retozando en su azulado haz cual enjambre de insectos.

Zurita los alejaba con la mano: el resplandor de las escamas lo ofuscaba. Era una gruta bastante espaciosa, no menos de cuatro metros de altura y cinco o seis de anchura. Los buzos examinaron minuciosamente hasta el último rincón. Estaba deshabitada. Sólo algunos bancos de pequeños peces que, seguramente, hallaron allí amparo del fuerte oleaje y de los peces voraces.

Zurita y Baltasar avanzaron con suma precaución y prudencia. La gruta iba estrechándose. De pronto, Zurita se detuvo perplejo. La luz de la linterna arrancó de la oscuridad una fuerte reja de hierro que les cerraba el paso.

Zurita no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Se asió de los gruesos barrotes e intentó sacudirlos, tratando de abrir o, por lo menos, retirar el obstáculo. Pero la reja no cedía. Al volver a alumbrar. Zurita se persuadió de que la reja estaba bien asegurada en los labrados muros de la gruta, tenía goznes y cierre interno.

Un nuevo enigma.

El «demonio marino» no sólo debe ser racional, sino extraordinariamente dotado. Ha sabido adiestrar al delfín, conoce la elaboración de metales. Además, ha creado en el fondo del mar fuertes obstáculos de hierro que protegen su guarida. Pero todo eso resulta inverosímil, pues no ha podido forjar el hierro bajo el agua. Esto ha de significar que no vive en el agua o, por lo menos, sale de ella por largos espacios de tiempo.

Zurita sentía que las sienes le martillaban cual si en el casco de buzo faltara oxígeno, y eso que hacía tan solo varios minutos que se hallaba sumergido.

Le hizo una señal a Baltasar, salieron ambos de la gruta — ya no tenían nada que hacer allí —, y emergieron.

Los araucanos, que con tanta impaciencia los esperaban, se alegraron extraordinariamente al ver a los buzos sanos y salvos.

Tras despojarse del casco y cobrar aliento, Zurita inquirió:

— Dime, Baltasar, ¿qué opinas de esto?

El araucano hizo un gesto de desaliento:

— Le diré que vamos a tener que esperar sentados aquí mucho tiempo. El «demonio» seguramente se alimentará de peces, y allí abundan. Por hambre no conseguiremos hacerle salir de la gruta. Lo único que podríamos hacer sería dinamitar la reja.

— ¿No crees que la gruta puede tener dos salidas: una submarina a la bahía, y otra, a tierra firme?

Baltasar no había pensado en eso.

— Hay que reflexionar. ¿Cómo no se nos habrá ocurrido antes explorar los alrededores?

Decidieron rectificar el error. En su recorrido por la costa, Zurita dio con un alto muro de piedra blanca que circundaba vasto predio, unas diez hectáreas. Zurita rodeó el muro de fábrica y no pudo encontrar más que un portón, de gruesas planchas de hierro, con postigo, también de hierro y provisto de cierre interno.

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