Alexander Beliaev - Ictiandro
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- Название:Ictiandro
- Автор:
- Издательство:“Raduga”
- Жанр:
- Год:1989
- Город:Moscú
- ISBN:нет данных
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3o. Según relatos de testigos oculares, un delfín lanzado por la tormenta a la orilla, a considerable distancia del agua, fue devuelto por la noche al mar. Es más, el autor del hecho dejó las improntas de sus pies con largas uñas en la arena. Seguramente se habrá compadecido del delfín algún caritativo pescador.
Es notorio que cuando los delfines se disponen a cazar arrinconan previamente peces en lugares de escasa profundidad, ayudando así a los pescadores. Estos, a su vez, corresponden sacando con frecuencia de apuros a los delfines. Las huellas de las uñas podrían pertenecer perfectamente a dedos de pies humanos; encargándose la imaginación de concederles la forma de uña.
4o. El corderito pudo haber sido llevado en lancha y lanzado al barco por algún gracioso.»
Los científicos hallaron varias causas más, no menos sencillas, que, a su modo de ver, debían explicar el origen de las huellas dejadas por el «demonio».
Total, el veredicto de los eruditos fue el siguiente: no existe monstruo marino capaz de realizar tan complicadas operaciones.
Sin embargo, esas explicaciones dejaron insatisfechos a muchos. Semejantes dilucidaciones han sido consideradas problemáticas hasta en los medios científicos. Ni el gracioso más ocurrente, hábil y astuto habría podido hacer todo eso sin ser advertido. Pero los eruditos habían omitido en su informe algo muy importante. Ese algo consistía en que el «demonio», según se había establecido, realizaba sus hazañas en lugares muy distantes uno del otro y en lapsos brevísimos. Resultaba que el «demonio» o era un nadador fantástico, o utilizaba dispositivos especiales, o eran varios. Pero entonces todas esas diabluras se tornaban más incomprensibles y amenazadoras.
Pedro Zurita evocaba esa enigmática historia sin cesar un instante de ir y venir por el camarote.
Sumido en esas meditaciones, le sorprendió la aurora; por la portilla entraba un rayo de rosada luz. Pedro apagó la lámpara y se puso a lavarse.
Refrescábase la cabeza con agua tibia cuando oyó temerosos gritos procedentes de cubierta. Sin terminar de lavarse. Zurita subió presuroso por la escalera.
Desnudos, llevando como única prenda el taparrabo, los pescadores se agolpaban junto a la borda, agitando los brazos y gritando sin concierto. Pedro miró hacia abajo y vio que los botes, dejados por la noche en el agua, estaban desamarrados. La brisa nocturna se los había llevado hacia el océano, bastante lejos. Y ahora, la brisa matinal los iba arrimando lentamente a la orilla. Los remos flotaban dispersos por la bahía.
Zurita ordenó a los buzos reunir los botes. Pero ninguno de ellos se atrevió a abandonar el puente. Zurita repitió la orden.
Alguien dijo con imprudencia:
— Si tan valiente eres, échate tú en las garras del «demonio».
Zurita llevó la mano al revólver. Los hombres se replegaron hacia el mástil mirando con hostilidad al capitán. La colisión parecía irremediable. Pero, como siempre en situaciones por el estilo, fue Baltasar quien contribuyó a relajar la tensión.
— El araucano no teme a nadie — exclamó —, el tiburón no pudo devorarme del todo, el «demonio» tampoco podrá con mí osamenta, se atragantará.
Tras decir esto, juntó las manos sobre la cabeza y se lanzó al agua, dirigiéndose a nado al bote más próximo. Los buzos volvieron a la borda y miraban atemorizados a Baltasar quien, pese a su avanzada edad y a la pierna destrozada, nadaba maravillosamente. En varias brazadas el indio alcanzó el bote, recogió un remo que flotaba cerca, y subió a la embarcación.
— ¡La soga está cortada con cuchillo — gritó desde el bote —, y bien cortada que está! Se ve que tenía el filo como el de una navaja de afeitar.
Al ver que a Baltasar no le había pasado nada varios buzos siguieron su ejemplo.
MONTADO SOBRE UN DELFÍN
El sol acababa de salir, pero achicharraba ya sin piedad. El cielo, de argentado azul, estaba absolutamente despejado, y el océano, como una balsa de aceite. El «Medusa» se hallaba a veinte kilómetros al sur de Buenos Aires. Obedeciendo el consejo de Baltasar, fondeó en una pequeña bahía cerca de una acantilada costa que emergía del agua en forma de dos enormes terrazas.
Los botes se esparcieron por la bahía. Cada uno llevaba, como era costumbre, dos buzos que se alternaban en sus funciones: uno buceaba y el otro le sacaba. Luego, viceversa.
Una de las lanchas se aproximó considerablemente a la orilla. El buzo abrazó con los pies una gran piedra de coral, sujeta al extremo de la soga, y bajó rápidamente al fondo.
El agua estaba tibia y transparente, se veían con nitidez las piedras del fondo. Más hacia la orilla parecían estar arraigados corales: inmóviles arbustos de los jardines submarinos. Pequeños peces, dorados y plateados, se paseaban por los paradisíacos vergeles.
Tan pronto tocó fondo, el buzo se agachó y comenzó a arrancar ostras y a ponerlas en la red que llevaba al cinto. Su compañero sostenía el otro cabo de la soga y, recostado sobre la borda del bote, miraba a través del agua cristalina.
Vio, de súbito, que el buzo se puso rápidamente en pie, se asió de la soga y dio tal tirón que faltó muy poco para que el compañero saliera por la borda. La sacudida zarandeó el bote. El indio apostado en la lancha se apuró a subir al compañero y le ayudó a encaramarse en la embarcación. La respiración del hombre que acababa de salir del agua era tan dificultosa que le obligaba a abrir tremendamente la boca, y los ojos se le saltaban de las órbitas. Su bronceado rostro se tornó gris, tal era su palidez.
— ¿Un tiburón?
El buzo no acertó a responder y rodó al fondo del bote.
¿Qué le habrá podido asustar tanto? El indio miró por la borda y comenzó a examinar el agua. Efectivamente, algo sucedía allí. Los pececitos, cual pajaritos al ver a un halcón, se apresuraban a buscar refugio en los frondosos matorrales submarinos.
De pronto, el indio vio cómo por detrás de una roca aparecía algo semejante a humo rojizo. El humo se disipaba lentamente, tiñendo el agua de color rosa. Seguidamente surgió algo oscuro. Ese algo viró lentamente y se perdió tras un saliente de la roca. El humo purpúreo en el fondo del mar sólo podía ser sangre. ¿Qué habrá sucedido? El indio miró a su compañero, pero éste yacía supinado, inmóvil, respirando ansioso con la boca y la mirada ausente clavada en el cielo. El indio comenzó a remar inmediatamente hacia el «Medusa», temeroso por la vida de su compañero.
Al fin el buzo se recuperó, pero parecía haber perdido el hábito de hablar: sólo mugía, sacudía la cabeza y resoplaba.
Los pescadores que se hallaban en ese momento en la goleta rodearon al buzo, esperando impacientes sus explicaciones.
— ¡Habla de una vez! — le gritó, al fin, un joven indio que sacudía vigorosamente al buzo —. Habla, o te arranco de cuajo esa alma de cobarde que anida en tu pecho.
El buzo meneó la cabeza y dijo con voz sorda:
— He visto… al «demonio marino».
— ¿Al mismo…?
— ¡Pero desembucha, pronto! — gritaban impacientes los pescadores.
— De pronto vi que se me venía encima un tiburón. Venía directo a mí. Ha llegado mi último instante, pensé. Era enorme, negro, y ya había abierto la boca, disponiéndose a devorarme. Pero en ese instante veo que se aproxima…
— ¿Otro tiburón?
— ¡El «demonio»!
— ¿Cómo es? ¿Tiene cabeza?
— ¿Cabeza? Sí, creo que sí. Los ojos son como vasos.
— Si tiene ojos tiene que tener cabeza — manifestó con seguridad el joven indio —. Los ojos han de estar clavados a algo. Y zarpas, ¿tiene?
— Como las ranas. Los dedos largos, verdes, con uñas y unidos por membranas. El cuerpo le brilla como si estuviera cubierto de escamas. Se acercó al tiburón, le relució la zarpa y ¡zas! La panza del tiburón comenzó a chorrear sangre…
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