Alexander Beliaev - Ictiandro
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- Название:Ictiandro
- Автор:
- Издательство:“Raduga”
- Жанр:
- Год:1989
- Город:Moscú
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— ¿En qué consistió esa operación? — se interesó el presidente.
— Le trasplanté las branquias de un tiburón joven, lo que le permitió al niño vivir en tierra y bajo el agua.
Entre el público se oyeron exclamaciones de asombro. Los corresponsales que cubrían el proceso, salieron corriendo hacia los teléfonos, apurándose a comunicar la nueva a sus respectivas redacciones.
— Posteriormente logré un éxito mayor aún. Mi último trabajo es el mono anfibio que ustedes han visto. Este puede vivir, sin riesgo para la salud, un tiempo indeterminado tanto en tierra, como bajo el agua. Ictiandro puede vivir sin agua no más de tres o cuatro días. La larga permanencia sin agua en tierra, para él es nociva: los pulmones se fatigan, las branquias se secan, y él comienza a sentir dolores punzantes en los costados. Lamentablemente, durante mi ausencia, Ictiandro incumplió el régimen que yo le había prescrito. Permaneció demasiado tiempo al aire, fatigó sus pulmones, y ahora se le está desarrollando una grave enfermedad. El equilibrio en su organismo se ha visto alterado y, a partir de ahora, deberá permanecer la mayor parte del tiempo en el agua. De hombre anfibio se convierte en hombre pez…
— Permítame formularle una pregunta al procesado — se dirigió el fiscal al presidente —. ¿Cómo se le ha ocurrido a Salvador crear un hombre anfibio y qué fines perseguía?
— La idea es la misma: el hombre no es perfecto. Habiendo obtenido durante el proceso evolutivo considerables ventajas en comparación con sus antecesores animales, al mismo tiempo, el hombre perdió mucho de lo que tenía en las fases inferiores de su desarrollo animal. Por ejemplo, la vida en el agua le proporcionaría al hombre enormes ventajas. ¿Por qué no devolverle esas posibilidades? El desarrollo histórico de la fauna nos enseña que todos los animales terrestres y las aves proceden de los acuáticos, salieron de los océanos. También sabemos que algunos animales terrestres retornaron al agua. El delfín, digamos, fue pez, salió a la tierra y se convirtió en mamífero; luego volvió al agua, aunque, como la ballena, siguió siendo mamífero. Tanto la ballena, como el delfín respiran con pulmones. Al delfín se le podría ayudar a convertirse en anfibio con dos sistemas de respiración. Ictiandro me lo había pedido deseoso de que su amigo, el delfín Leading, pudiera quedarse con él largo tiempo bajo el agua. Yo tenía programado hacerle al delfín esa operación. Porque el primer pez entre los hombres y el primer hombre entre los peces, Ictiandro no podía dejar de sufrir su soledad. Pero si le siguieran otros hombres al océano, la vida cambiaría por completo. Los hombres vencerían fácilmente al poderoso elemento, como es el agua. Todo el mundo conoce el poderío de ese elemento. Ustedes saben, claro, que la superficie del océano constituye trescientos sesenta y un millón cincuenta mil kilómetros cuadrados, y cubre más de siete décimas partes de la superficie terrestre. Pero ese desierto, con sus incalculables reservas de alimentos y materias primas industriales podría dar alojamiento a millones, a miles de millones de personas. Se ha mencionado solamente la gigantesca superficie, pero los hombres podrían instalarse a distintas profundidades, en varios pisos submarinos.
«¡Y su enorme potencia! ¿Saben ustedes que las olas del océano absorben energía solar equivalente en potencia a setenta y nueve mil millones de caballos de vapor? Si no fuera por el calor que entrega al aire y demás pérdidas, el océano ya herviría hace mucho. Las reservas de energía son prácticamente incalculables. ¿Cómo las utiliza la humanidad? Podría decirse que casi no se utiliza.
«¡Y la energía de las corrientes marinas! Sólo el Gulf Stream junto con la corriente de Florida mueven noventa y un mil millones de toneladas de agua cada hora, unas tres mil veces más de lo que lleva un gran río. Y esta es solamente una de las corrientes marinas. ¿Cómo se utilizan por la humanidad? Casi no se utilizan.
«¡Y la energía de las olas y de los flujos y reflujos! Ustedes saben que la fuerza del embate de las olas suele alcanzar hasta treinta y ocho mil kilogramos. Es decir, treinta y ocho toneladas por metro cuadrado de superficie; las olas suelen alcanzar hasta cuarenta y tres metros de altura y elevar hasta un millón de kilogramos de roca demolida, digamos; y los flujos alcanzan más de dieciséis metros de altura. ¿Cómo utiliza la humanidad esas fuerzas? Casi no se utilizan.
«En la tierra firme los seres vivientes no pueden elevarse a gran altura sobre la superficie, ni penetrar profundamente en ella. En el océano hay vida por todas partes; desde el ecuador hasta los polos y desde la superficie hasta profundidades de casi diez kilómetros. ¿Cómo utilizamos las infinitas riquezas de los océanos? Pescamos — yo diría efectuamos la captura en una fina capa superficial del océano —, dejando sin explotar las profundidades. Recogemos esponjas, corales, perlas, algas, y nada más.
«Realizamos bajo el agua ciertas obras: instalamos soportes de puentes y presas, ponemos a flote barcos hundidos, y nada más. Pero hasta eso se realiza con enormes dificultades y gran riesgo, frecuentemente hasta con víctimas. ¡Qué podía hacer el hombre terrestre, si a los dos minutos de permanecer bajo el agua ya muere! ¿Qué obras podría realizar? Algo muy distinto sería si el hombre, sin escafandra y sin balones de oxígeno, pudiera vivir y trabajar bajo el agua.
«¡Cuántos tesoros descubriría! Ictiandro solía decirme… No, temo despertar el demonio de la avidez humana. Ictiandro me solía traer del fondo marino muestras de raros metales y rocas. No se preocupen, él me traía solamente pequeñas muestras, pero los yacimientos en el océano pueden ser enormes.
«¿Y los tesoros hundidos? Recuerden el trasatlántico «Lusitania», echado a pique por los alemanes la primavera de 1916 junto a las costas irlandesas. Además de las joyas que llevaban los mil quinientos pasajeros perecidos, el «Lusitania» transportaba ciento cincuenta millones de dólares en monedas de oro y cincuenta millones de dólares en lingotes de oro. (En la sala se oyeron exclamaciones.) Además, el «Lusitania» portaba dos cofrecitos llenos de diamantes con destino a Amsterdam. Entre esos diamantes había uno de los mejores del mundo, el «Califa», que valía muchos millones. Claro que ni un hombre como Ictiandro podría sumergirse a tal profundidad, para eso habría que crear un hombre (exclamaciones de descontento e indignación) que pudiera soportar altas presiones, como los peces bentónicos. Esto tampoco lo considero absolutamente imposible. Pero vayamos poquito a poco.
— ¿Usted parece adjudicarse cualidades de divinidad omnipotente? — señaló el fiscal.
Salvador pretirió esa objeción y continuó:
— Si el hombre pudiera vivir en el agua, la explotación de las profundidades oceánicas marcharía a pasos agigantados. El mar dejaría de ser para nosotros un elemento amenazador, que cobra constantemente víctimas humanas. Y no tendríamos que volver a llorar más náufragos.
Los presentes en la sala ya veían el mundo submarino conquistado por el hombre. ¡Cuánto provecho traería la conquista del océano! Hasta el presidente, sin poder contenerse, preguntó:
— ¿Por qué no ha publicado usted los resultados de sus experimentos?
— No me atraía el banquillo de los acusados — respondió Salvador sonriente —, y, además, temía que mi invento, en las condiciones de nuestro régimen social, produjera más daño que provecho. En torno a Ictiandro ya ha estallado una encarnizada lucha. ¿Quién me ha denunciado, guiado por el sentimiento de venganza? Ese Zurita, quien me secuestró a Ictiandro. Y a Zurita se lo quitarían los generales y almirantes para obligar al hombre anfibio a hundir barcos. No, yo no podía permitir que Ictiandro y los «Ictiandros» fueran patrimonio común en un país donde la lucha y la codicia convierten los más sublimes descubrimientos en mal, aumentando los sufrimientos humanos. Yo pensaba en…
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