Stanislav Lem - El Invencible

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El Invencible,
El Cóndor.
El Cóndor,

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Los instrumentos tintinearon varias veces, los médicos cuchichearon entre ellos. Por último Sax se separó de la mesa.

— No hay nada que hacer — comentó.

— Está muerto — dijo Rohan, más como una conclusión que como una pregunta.

Nygren, por su parte, se había acercado al tablero del climatizador. Al cabo de un instante, una corriente tibia entró en el cuarto. Rohan se levantaba para marcharse cuando observó que Sax volvía a la mesa. El médico recogió un pequeño maletín negro que había dejado en el suelo, lo abrió, y sacó uno de esos aparatos de los que Rohan había oído hablar, pero que hasta entonces nunca había visto. Sax, con extraordinaria parsimonia, con una precisión casi petulante, desenrolló unos alambres rematados por electrodos planos. Aplicó los seis electrodos sobre el cráneo del muerto, los aseguró con bandas de goma, se arrodilló, y sacó del maletín tres pares de auriculares. Se calzó uno a las orejas, y siempre agachado, movió las llaves del aparato en el interior del maletín. Cerrando los ojos, escuchó con profunda atención. De pronto, arrugó el ceño, se inclinó un poco más hacia adelante, inmovilizó con la mano una de las llaves, y se quitó bruscamente los auriculares.

— Doctor Nygren — dijo con una voz extraña. El doctor Nygren se calzó los auriculares. — ¿Qué…? — dijo Rohan con voz trémula, conteniendo casi la respiración.

En la jerga de los tripulantes, llamaban a este aparato el «estetoscopio de las tumbas». En un muerto reciente o un cuerpo donde el proceso de descomposición no se hubiera iniciado aún, era posible «escuchar el cerebro», o mejor dicho detectar los últimos pensamientos conscientes.

El aparato introducía en las profundidades de la caja craneana unos impulsos eléctricos; estos impulsos recomían el cerebro siguiendo las líneas de menor resistencia, es decir las fibras nerviosas que antes de la agonía habían constituido un todo funcional. Los resultados nunca eran seguros, pero se decía que algunas veces había sido posible obtener informaciones de extraordinaria importancia. En una ocasión como esta, cuando todo el porvenir dependía de que se encontrara una explicación al misterio de El Cóndor, el «estetoscopio de las tumbas» podía ser una ayuda inapreciable. Rohan ya había adivinado que el neurólogo no había tenido en ningún momento la esperanza de reanimar al hombre congelado, y que había venido, en realidad, para escuchar lo que aquel cerebro pudiera transmitirle. Inmóvil, con una extraña sensación de sequedad en la boca, Rolan oía los sordos latidos de su propio corazón. En ese momento, Sax le tendió el segundo par de auriculares. Si el ofrecimiento no hubiese sido tan espontáneo, Rohan no se habría atrevido. Se puso los auriculares bajo la serena mirada de los ojos negros de Sax. Siempre con una rodilla en tierra, junto al aparato, Sax movía lentamente la perilla del amplificador.

En un principio, Rohan no oyó nada más que el zumbido de la corriente, y se sintió aliviado, pues en verdad no quería oír nada. Hubiera preferido. aunque no se lo decía abiertamente, que el cerebro de aquel desconocido fuese mudo como una piedra. Sax, levantándose. le ajustó los auriculares. Entonces Rohan vio algo a través de la luz que inundaba la blanca pared de la cabina, una imagen gris, como de partículas de polvo, borrosa y suspendida a una distancia indefinible. Cerró los ojos involuntariamente, y la imagen se volvió casi nítida. Era algo así como un corredor en el interior de la nave, con tubos a lo largo del cielo raso; estaba totalmente ocupado por un hacinamiento de cuerpos humanos. Los cuerpos parecían moverse, pero era en verdad toda la imagen lo que vibraba y se mecía. Los hombres estaban casi desnudos, unos restos de ropas les colgaban en harapos, y en la piel, de una blancura sobrenatural, había una erupción de manchas negras. Sin embargo, era. posible que ese fenómeno. fuese un mero efecto visual, pues las manchas negras moteaban también profusamente el piso y las paredes. La imagen toda, semejante a una fotografía muy borrosa, tomada a través de una densa masa de agua, oscilaba, se estiraba, y se encogía, ondulando. Asustado, Rohan abrió los ojos; la imagen se enturbió, y a la cruda luz de la realidad circundante se diluyó en una pantalla de sombra. Entonces Sax movió una vez más las perillas del aparato, y Rohan oyó como en el interior de su propia cabeza, un débil murmullo: «…ala…ama…lala…ala…ma…mama…»

Nada más. Repentinamente, los auriculares emitieron unos ruidos espeluznantes, maullidos, graznidos que se repetían como un hipo enloquecido, como una carcajada salvaje, sarcástica y atroz. Pero no era otra cosa que la corriente, el heterodínamo que emitía ahora vibraciones demasiado poderosas…

Sax enrolló los alambres y los guardó otra vez en el maletín, en tanto Nygren cubría de nuevo con la sábana la cara del muerto; la boca, hasta ese momento cerrada, estaba ahora entreabierta — quizá por efecto del calor, que ya empezaba a ser sofocante; al menos Rohan sentía que la transpiración le corría por la espalda- y le confería al rostro una expresión de asombro indescriptible. Sintió alivio cuando por fin la sábana lo ocultó.

— Diga algo… ¿Por qué no dice nada? — estalló Rohan.

Sax ajustó las correas del maletín, se levantó, se acercó a Rohan hasta casi tocarlo.

— Tranquilícese, navegante. .

Roban arrugó los ojos y apretó los puños; el esfuerzo fue desmesurado pero vano. Como de costumbre en tales situaciones, sentía que lo dominaba la cólera. Le era muy difícil evitarlo.

— Per…dóneme. .-balbuceó —. Pero qué… ¿qué significa esto?

Sax abrió el cierre de la escafandra, que se le deslizó hasta el suelo; el imponente efecto de elevada estatura desapareció. Fue una vez más el personaje familiar: un hombrecito flaco, encorvado, de pecho estrecho y manos delicadas y nerviosas.

— No sé nada que usted no sepa — dijo —. Y quizá todavía menos.

Roban se sintió desconcertado; no entendía nada, pero se aferró a las últimas palabras del neurólogo.

— ¿Por qué? ¿Por qué menos?

— Porque yo acabo de llegar, no vi nada, aparte de este cadáver. Usted, ustedes estuvieron aquí desde la mañana. Esa imagen ¿no le sugiere algo?

Y esos… se movían. ¿Estaban con vida todavía? ¿Y esas manchas, esas manchitas negras…? no se movían. Era una ilusión. Los engramas se fijan como las fotografías. Algunas veces hay varias imágenes superpuestas; pero no en este caso.

— ¿Y las manchas? ¿Eran también una ilusión?

— No lo sé. Todo es posible, pero me parece que no. Qué piensa usted, Nygren?

También Nygren se había desembarazado ya del traje protector.

— No sé — dijo —. No estoy seguro de que fuesen una ilusión óptica. No había ninguna en el cielo raso ¿verdad?

— ¿Ninguna mancha? No. Sólo ellos… y el suelo. Y algunas en las paredes…

— Una segunda proyección hubiera cubierto casi toda la imagen — observó Nygren —. Pero tampoco eso es seguro. Hay muchos factores aleatorios en estas fijaciones.

— ¿ Y la voz? ¿ Ese… balbuceo? — insistió Rohan, buscando desesperadamente una respuesta.

— Una de las palabras era perfectamente clara: «Mamá». ¿La oyó usted?

— Sí. Pero también había otras. «Ala»…«tala». . Se repitieron muchas veces.

— Se repitieron porque yo estaba explorando la corteza parietal — dijo lacónicamente Sax —. O sea toda la región de la memoria auditiva — le explicó a Rohan —. Eso fue lo más extraordinario.

— ¿Qué? ¿ Las palabras?

— No. No las palabras. Un moribundo puede pensar en cualquier cosa; hubiera sido perfectamente normal que pensara en la madre de él. Pero la corteza auditiva de este hombre está en blanco, totalmente en blanco. ¿ Comprende?

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