Robert Sawyer - Factor de Humanidad

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En el año 2007 se detecta una señal procedente del espacio profundo. Misteriosos e ininteligibles flujos de datos son recibidos durante diez años. Entonces la señal se detiene.
Heather Davis, profesora de la Universidad de Toronto, ha dedicado toda su carrera a descifrar el mensaje. Mientras, su vida personal ha sucumbido: una hija suicida, un matrimonio destrozado. Pero es ella quien finalmente descifra el mensaje. Descubre una sorprendente tecnología nueva que puede abrirse paso a través de las barreras del espacio y el tiempo, con la promesa de una nueva etapa en la evolución humana. Parecen cercanos una capacidad de exploración ilimitada... o el final de la raza humana.
Factor de humanidad El canadiense Robert J. Sawyer ganador del Premio Nebula y nominado al Premio Hugo por
, habiendo sido finalista los cuatro últimos años, es uno de los autores más aclamados y respetados del momento en Estados Unidos.

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¿Pero qué había de valor real en sus ordenadores caseros? Registros financieros, que podían reconstruirse enteros con un poco de esfuerzo. Correspondencia, en su mayoría completamente efímera. Calificaciones de estudiantes y otras cosas relacionadas con el trabajo, que podían ser rehechas si hacía falta.

Pero de los acontecimientos más importantes de sus vidas no había ninguna copia de seguridad, ningún archivo.

Su mirada se posó en la columna musical. Encima había varias fotos enmarcadas: ella, Kyle, Becky, y, sí, Mary.

¿Qué había sucedido realmente?

Si tan sólo hubiera un archivo de nuestras memorias, un archivo infalible de todo lo que había sucedido.

Pruebas irrefutables, de un modo u otro.

Cerró los ojos.

Si lo hubiera.

Capítulo 9

Kyle tenía delante una enorme demostración: era vitalmente importante para continuar disponiendo de fondos para su proyecto de investigación. Tendría que haber estado trabajando en eso… pero no lo hacía. En cambio, como siempre estos últimos días, estaba preocupado por la acusación de Becky.

Hasta ahora, además de Heather y Zack, no había hablado del tema con nadie, excepto con Chita. La única persona en la que confiaba no era una persona: lo mismo daba que se hubiera quitado un peso de encima con la máquina de café.

Kyle necesitaba hablar de eso con alguien que fuera realmente humano. Pensó durante mucho tiempo en quién podía confiar. Nadie del Departamento de Ciencias Informáticas valdría; quería dejarlo al margen, a excepción de sus charlas codificadas con Chita. En los meses futuros, su laboratorio podría ser el único refugio que conociera.

Mullin Hall estaba justo al lado del Centro Newman, que albergaba la capilla católica de la Universidad de Toronto. Kyle pensó en hablar con el capellán, pero eso tampoco valdría. La pauta era completamente distinta, pero las sotanas eran blancas y negras. Como la piel de las cebras.

Y entonces se le ocurrió.

La persona perfecta.

Kyle no lo conocía bien, pero habían formado parte de tres o cuatro comités juntos a lo largo de los años, y de vez en cuando habían almorzado juntos, al menos como parte del mismo grupo, en el Club de la Facultad.

Kyle cogió el teléfono de su despacho y pronunció el nombre que quería.

—Directorio interno: Bentley, Stone.

El teléfono trinó, y entonces una voz suave dijo:

—¿Sí?

—¿Stone? Soy Kyle Graves.

—¿Quién? Oh… Kyle, sí. Hola.

—Stone, me pregunto si estarías libre para tomar un par de copas esta noche.

—Uh, claro, desde luego. ¿El Club de la Facultad?

—No, no. En algún lugar fuera del campus.

—¿Qué tal El Abrevadero, en College Street? —dijo Stone—. ¿Lo conoces?

—He pasado alguna vez por delante.

—¿Vendrás desde Mullin?

—Eso es.

—Pásate por mi despacho a las cinco. Persaud Hall, habitación doscientos veintidós… como el viejo programa de televisión. Está de camino.

—Allí estaré.

Kyle colgó, preguntándose qué le diría exactamente a Stone.

Heather entró en su despacho de la Universidad de Toronto. No era muy grande, pero al menos las universidades nunca habían llegado a adoptar los cubículos para sus despachos. Normalmente, compartía el despacho con Omar Amir, otro profesor asociado de psicología, pero él se pasaba los meses de julio y agosto en la casita que su familia tenía en las Kawarthas. Así que, durante el verano al menos, tenía intimidad total pera pensar y trabajar. De hecho, aunque algunos de los despachos más recientes tenían cristales esmerilados del suelo al techo y puertas frágiles, el de Heather y Omar era un viejo santuario, con una sólida puerta de madera que gemía sobre sus goznes, y una ventana que daba al este, sobre un patio de asfalto entre Sid Smith y St. George Street. También tenía cortinas; antes probablemente de un vivo color corinto, ahora de un marrón pálido. Por la mañana, tenían que echarlas para protegerse del sol.

El mensaje de radio alienígena de ayer aparecía aún en su monitor. Como el intervalo entre los comienzos de los mensajes sucesivos era de treinta horas y cincuenta y un minutos, cada mensaje empezaba casi ocho horas más tarde en el día que el anterior. El más reciente se había recibido a las 4:54 de la madrugada del miércoles, horario oriental; se esperaba que el de hoy empezara a las 11:45 de la mañana. Los mensajes eran recogidos por radiotelescopios de diferentes naciones, dependiendo de qué parte de la Tierra estuviera apuntando a Alfa Centauri en el momento adecuado, pero todos eran enviados a la Red en cuanto se recibían. Un receptor orbital adicional apuntaba siempre a Alfa Centauri.

Heather seguía esperando que llegara el día en que observara el último mensaje y todo tuviera sentido. Echaba de menos la simpleza de los primeros once mensajes: claras representaciones del teorema de Pitágoras y fórmulas químicas y sistemas planetarios. Aunque tenía que admitir que incluso eso planteaba algún enigma: los productos químicos especificados en las fórmulas habían sido sintetizados en la Tierra, pero no, nadie había averiguado para qué eran.

Heather se sirvió un tazón de café y se sentó a mirar el mensaje de ayer.

Como siempre, el mensaje aparecía como dos matrices rectangulares. Cada mensaje era enviado como una cadena de cienmil dígitos binarios, a lo largo de un periodo de dos o tres horas. El número total de dígitos de cada mensaje era siempre el producto de dos números primos, lo que significaba que los dígitos podían ordenarse de dos maneras posibles. Según el encabezamiento del Centro de Señales Alienígenas de Karachi, Pakistán, este mensaje tenía una extensión de 108.197 dígitos. Ese número era el producto de los números primos 257 y 421, lo que significaba que los dígitos podían colocarse como 257 filas de 421 columnas o como 421 filas de 257 columnas. A veces una imagen parecía más intuitivamente correcta que otra: en una aparecían círculos o cuadrados, mientras que las decodificaciones alternativas eran simplemente un desbarajuste. Pero como nadie había determinado todavía qué era o que representaban los mensajes, nadie podía estar seguro de cuál era la interpretación correcta.

Cuando los mensajes empezaron a llegar en 2007, millones de personas se lanzaron a examinar cada uno de ellos. Pero a medida que fueron pasando los años, los números se redujeron. Aunque había un salvapantallas popular que descargaba los mensajes diarios y ampliaba varias porciones, Heather sabía que ahora había menos de trescientos investigadores analizando activamente cada nuevo mensaje.

La versión que parecía más adecuada del mensaje de hoy mostraba tres rectángulos y dos círculos en lo que, por lo demás, parecía una mar aleatorio de cuadrados blancos y negros: los cuadrados negros representaban los bits cero y los blancos representaban los unos. Heather lo observó, frustrada. Estaba segura de que tenía haber pasado por alto algo muy simple. En algún lugar en los cientos de millones de datos recibidos ya desde Alfa Centauri tenía que haber una piedra de Rosetta… una clave que haría que todos los demás mensajes tuvieran sentido.

Había visiones contrapuestas: un investigador de Portugal llevaba tiempo argumentando que la clave vendría en el último mensaje, no en los iniciales; de esa forma, los alienígenas descartarían automáticamente a todas las razas que carecieran de la paciencia necesaria requerida para establecer comunicación interestelar. Y otros opinaban que los remitentes alienígenas eran simplemente demasiado extraños, que éramos incapaces de comunicarnos. Un tercer grupo argumentaba que la humanidad simplemente no era lo bastante inteligente, o lo bastante avanzada, para descubrir qué estaban diciendo. Los alienígenas podían estar aún transmitiendo lo que consideraban básico, pero el material había superado ya la cabeza colectiva de la humanidad.

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