—Supongo que no habrá inconveniente. Pero tengo la obligación de comprobar los pasaportes y anotar los números de serie.
—Desde luego —contesté—. Bien, creo que tendremos que llamar al capitán Broadbent para que se presente en esta entrada. ¿Sabe usted si a mi cohete de enlace se le ha asignado un horario de partida? Quizá sea conveniente que avise a la torre de control para que lo tengan en “espera”.
Penny pareció enfurecida de repente.
—Señor Bonforte, ¡esto es ridículo! En ninguna parte nos han puesto tantos impedimentos… y, desde luego, ¡nunca nos ha sucedido nada igual en Marte!
El policía de la terminal exclamó:
—Estoy seguro de que no habrá inconvenientes, Hans. Al fin y al cabo, se trata del señor Bonforte.
—Desde luego, pero…
Le interrumpí con una sonrisa.
—Creo que hay una solución sencilla. Si usted… ¿cómo se llama, señor?
—Haslwanter. Hans Haslwanter —contestó de mala gana.
—Señor Haslwanter, si quiere usted llamar al Comisionado Doothroyd, yo hablaré con él y así ahorraremos a mi piloto un viaje hasta esta entrada… y yo me ahorraré una espera de una hora o más.
—¡Oh, no quisiera molestar al señor Comisionado! Pero podríamos llamar a la oficina del capitán del puerto… —sugirió con esperanza.
—Sólo le pido que me dé el número del señor Boothroyd. Yo le llamaré.
Esta vez usé un tono más bien relajado, la actitud adecuada en un personaje muy ocupado e importante que desea ser democrático con todo el mundo, pero que ya se ha visto molestado por inferiores hasta el límite de su paciencia.
Aquello terminó con sus dudas. El funcionario habló con rapidez:
—Creo que no hace falta, señor Bonforte. Son sólo las ordenanzas, compréndalo.
—Claro, desde luego. Muchas gracias.
Empecé a caminar hacia el coche de tránsito.
—¡Un momento, señor Bonforte! ¡Mire hacia aquí!
Miré a mis espaldas. Aquel meticuloso funcionario nos había hecho esperar lo suficiente para que llegasen los chicos de la prensa. Uno de ellos estaba arrodillado y me apuntaba con una cámara estereoscópica:
—Sostenga la varilla marciana en un lugar donde se pueda ver claramente, por favor.
Otros periodistas, provistos de equipos de distintas clases, se agrupaban ya a nuestro alrededor; uno de ellos se había subido al techo del Rolls. Alguien me colocaba un micrófono delante; otro tenía un micro direccional apuntado como una escopeta.
Me sentí tan furioso como una primera actriz cuyo nombre apareciese en la cartelera con letra pequeña, pero recordé a tiempo la persona a quien representaba. Sonreí y me moví lentamente. Bonforte sabía perfectamente que los movimientos parecen mucho más rápidos en los informativos; yo tenía que actuar del mismo modo.
—Señor Bonforte, ¿por qué ha anulado la conferencia de prensa?
—Señor Bonforte, se asegura que tiene la intención de pedir que la Asamblea Interplanetaria conceda la ciudadanía imperial a los marcianos, ¿quiere hacer algún comentario al respecto?
—Señor Bonforte, ¿cuándo va a exigir un voto de confianza para el Gobierno actual?
Levanté la mano con la varilla y sonreí:
—De uno en uno, por favor. Vamos a ver, ¿cuál era la primera pregunta?
Todos contestaron al mismo tiempo, desde luego; cuando se hubieron puesto de acuerdo sobre la cuestión de la precedencia, yo ya había conseguido hacerles perder varios minutos sin tener que darles ninguna respuesta. Bill Corpsman llegó corriendo en aquel momento.
—No tenéis corazón, chicos. El Jefe ha tenido un día agotador. Ya os he dado toda la información que necesitáis.
Le contuve con un gesto.
—Puedo concederles un par de minutos, Bill. Caballeros, estoy a punto de partir para la Tierra, pero antes trataré de contestar a las preguntas más importantes. No tengo conocimiento de que el Gobierno piense modificar la situación actual de nuestras relaciones con los marcianos. Dado que no tengo ningún cargo oficial, mi opinión particular no tiene mucha importancia. Les sugiero que se dirijan ustedes al señor Quiroga. En cuanto al momento en que la oposición tratará de conseguir un voto de confianza contra el Gobierno, todo lo que puedo decirles es que no lo intentaremos hasta que estemos seguros del éxito… y a este respecto ustedes saben tanto como yo.
—Esto no es decir gran cosa, ¿no es verdad?—dijo alguien.
—No tenía la intención de ser demasiado explícito —contesté, suavizando mi contestación con una sonrisa—. Pregunten algo que pueda contestar oficialmente, y lo haré con mucho gusto. Pregunten aquello de: “¿Cuándo dejó de golpear a su esposa?”, y tendré la respuesta preparada.
Hice una pausa, recordando que Bonforte gozaba de la reputación de ser sincero y claro en sus manifestaciones, especialmente con la prensa.
—Pero no trato de evadirme de sus preguntas, señores. Todos ustedes saben la razón de mi presencia aquí. Permítanme que les diga esto… y pueden publicar mis palabras si lo desean.
Busqué en mi memoria y encontré un fragmento adecuado en uno de los discursos de Bonforte que había estudiado.
—El significado real de lo que ha sucedido hoy en el nido de Kkkah no es simplemente el de honrar a un solo hombre. Esto… —hice un gesto con la varilla marciana— prueba que dos grandes especies pueden darse la mano a través del abismo de sus diferentes culturas por medio de la comprensión mutua. Nuestra especie se extiende hasta las estrellas. Algún día veremos… ya lo estamos comprobando… que las otras razas son mucho más numerosas que la nuestra. Si queremos alcanzar el éxito en nuestra expansión hasta las estrellas, debemos portarnos sinceramente, con modestia, con el corazón abierto. He oído decir que nuestros vecinos marcianos conquistarían la Tierra si tuviesen la oportunidad de hacerlo. Eso es una tontería; la Tierra no es un lugar adecuado para los marcianos. Protejamos a los nuestros… pero no dejemos que el miedo y el odio nos arrastren a cometer acciones absurdas e innecesarias. Nunca ganaremos las estrellas si nuestras mentes son estrechas; debemos ser tan grandes como el mismo espacio.
Un reportero frunció el ceño.
—Señor Bonforte, creo que ya oí este discurso en febrero pasado.
—Lo volverá a oír el próximo febrero. También en enero, marzo y todos los demás meses del año. La verdad necesita ser repetida —lancé una mirada hacia el guarda de la puerta y añadí—: Lo siento, pero tengo que marcharme…, o voy a perder el autobús.
Di media vuelta y atravesé la puerta; Penny iba cerca de mí.
Nos instalamos en el pequeño coche de tránsito, blindado con planchas de plomo para protegerlo de las radiaciones de las naves, y la puerta hermética se cerró con un suspiro. El coche era completamente automático, de modo que no necesitaba representar mi papel para ningún conductor. Me dejé caer en el asiento y estiré las piernas.
—¡Uf!
—Creo que lo ha hecho maravillosamente —dijo Penny con seriedad.
—He pasado un mal rato cuando aquel periodista ha reconocido el discurso.
—Pero ha conseguido convencerle. Ha sido un golpe maestro. Usted… en realidad ha hablado igual que él.
—¿Había alguien allí a quien debí saludar personalmente?
—No creo. Quizá uno o dos, pero no creerían en la necesidad de que les saludase en vista de la prisa que teníamos.
—Nos vimos cogidos en un aprieto. Aquel minucioso funcionario y sus pasaportes… Penny, creo que usted debería llevar los documentos en vez de Dak.
—Dak no los tiene. Cada uno lleva su propio pasaporte —abrió su bolso y me enseñó el documento—. Yo tenía el mío, pero no me atreví a admitirlo.
—¿Eh?
Читать дальше