Frené. Los pequeños marcianos se acercaron aún más, cerrándome el paso, y empezaron a agitar sus seudomiembros mientras charlaban entre ellos. No pude comprender nada de lo que decían, pero al cabo de un momento empezaron a tirarme de las ropas y a tratar de meter sus ásperas patitas dentro de mis bolsillos.
La multitud nos rodeaba de tal modo que no me era posible dar la vuelta para dejar a los pequeños a un lado. Vacilé un momento ante la duda de lo que debía hacer. En un primer momento, los pequeños resultaban tan graciosos que quise buscar en mis bolsillos a ver si llevaba por casualidad algún caramelo para darles… pero sobre todo sabía que la ceremonia de adopción estaba programada con la exactitud de un ballet. Si yo no seguía caminando a lo largo de aquel pasillo, iba a cometer el clásico pecado contra el protocolo que había hecho famoso al propio Kkkahgral el Joven.
Pero los chicos no parecían comprender aquella necesidad. Uno de ellos acababa de descubrir mi reloj.
Suspiré y casi me desmayé ante la intensidad del perfume. Luego hice una apuesta conmigo mismo. Aposté que la costumbre de besar a los niños era universal en toda la Galaxia y que aquello tendría prioridad incluso sobre la etiqueta marciana. Me arrodillé sobre la pierna buena, para ponerme a su mismo nivel y los acaricié durante unos momentos, dándoles palmaditas y pasándoles las manos por sus ásperas cortezas.
Luego me levanté y dije tranquilamente:
—Ahora basta. Tengo que marcharme —usando para ello la mayor parte de mis conocimientos de la lengua marciana.
Los niños se agarraron a mí, pero los aparté con cuidado y continué en medio de las dos filas de adultos, apresurándome a compensar el tiempo perdido. Ninguna de las varillas mortales que todos los adultos llevaban consigo me abrasó la espalda. Empecé a comprender que mi falta contra la etiqueta no había llegado al nivel en que merecía la muerte. Llegué a la rampa que conducía al nido interior y la atravesé con decisión.
Este espacio en blanco representa la ceremonia de adopción. ¿Por qué? Porque se trata de algo reservado a los miembros del nido de Kkkah. Es una cuestión de familia.
Cabe una explicación. Puede ser que un mormón tenga amigos gentiles… pero esa amistad no hará que los gentiles puedan penetrar en el templo de Salt Lake City. Nunca lo han conseguido y nunca lo conseguirán. Los marcianos viajan libremente entre sus diferentes nidos… pero un marciano sólo puede entrar en el nido interior de su propia familia. Ni siquiera sus entronques familiares gozan de ese privilegio. Tengo tanto derecho a contarles los detalles de la ceremonia de adopción como un miembro de la logia masónica lo tiene de darles los detalles del ritual de iniciación en su sociedad.
¡Oh!, los rasgos generales no tienen importancia, ya que son los mismos para cualquier nido, igual que mi papel era el mismo que el de cualquier otro candidato. Mi padrino, el más antiguo amigo marciano de Bonforte, Kkkahrreash, me recibió en la puerta y me amenazó con una varilla marciana. Le pedí que me matara en el acto si me encontraba culpable de cualquier falta contra el nido. A decir verdad, no le reconocí aunque había visto varias fotografías de mi amigo. Pero tenía que ser él, porque el ritual establecido así lo exigía.
Una vez demostrado que yo me encontraba firmemente al lado de las instituciones de la Maternidad, el Hogar y las Virtudes Cívicas, y que nunca dejé de asistir a la escuela dominical, me fue permitida la entrada. Rrreash me siguió a través de todas las estaciones prescritas, me hicieron las preguntas de ritual y yo fui contestando. Cada palabra, cada gesto era tan estilizado como en una obra clásica china, de otro modo no habría tenido la menor oportunidad de éxito. La mayor parte del tiempo no entendía nada de lo que me decían y la mitad de las veces no comprendía mis propias respuestas. Mi labor no se veía ayudada por la pobre iluminación que les gustaba a los marcianos; durante todo el tiempo iba tanteando a mi alrededor como un topo.
En una ocasión trabajé en una obra con Hawk Mantell, poco antes de que muriera, cuando ya se había quedado sordo como una tapia. No hay duda de que era un artista de una pieza. Ni siquiera le quedaba el recurso de utilizar un audífono porque tenía el octavo nervio destruido. A veces podía guiarse por el movimiento de los labios de los otros actores, pero eso no es siempre posible. Dirigía la obra personalmente y siempre recitaba sus papeles en el momento exacto. Le he visto pronunciar una frase y luego separarse de su interlocutor… para dar media vuelta de repente y lanzar la réplica a una frase que no podía oír, precisamente en el instante adecuado.
Lo que yo hacía ahora era algo parecido. Conocía mi papel y lo representaba lo mejor que sabía. Si ellos se equivocaban, sería asunto suyo.
Pero el hecho de que siempre había por lo menos media docena de varillas marcianas apuntando a mi pecho no me ayudaba a sentirme animado. Me repetí mentalmente que aquellos seres no me abrasarían porque cometiera un desliz. Después de todo, yo no era más que un pobre y estúpido humano; en último caso, me darían un aprobado por aplicación y asistencia a clase. Pero no creía en mis propias palabras.
Después de un tiempo que me pareció que duraba días enteros, aunque no era así, ya que toda la ceremonia duraba exactamente una novena parte de la rotación de Marte; digamos que, después de un tiempo interminable, nos sentamos a la mesa. No sé qué platos formaban el banquete y quizá fue mejor así. Por lo menos la comida no me envenenó.
Cuando los mayores hubieron pronunciado sus discursos, yo pronuncié mis gracias como respuesta y ellos me dieron mi nombre y mi varilla, símbolo de la mayoría de edad marciana. Ahora era un miembro del nido de Kkkah, en Marte.
No sabía cómo tenía que usar mi varilla, y mi nombre sonaba igual que un grifo chirriante, pero desde aquel instante aquél era mi nombre en Marte y ya era legalmente pariente de sangre de la familia más aristocrática del planeta… aproximadamente unas cincuenta y dos horas después de que un actor terrestre abandonado por la suerte hubiera gastado su último Imperial en convidar a un forastero en el bar de Casa Mañana.
Supongo que eso prueba que no hay que entablar nunca relaciones con personas extrañas.
Salí de allí tan pronto como me fue posible. Dak había preparado una pequeña alocución en la que yo expresaba una urgente necesidad de partir en seguida, y mis nuevos parientes me dejaron marchar. Me sentía tan nervioso allí como un hombre en el dormitorio de una residencia de señoritas, porque ahora ya no existía un ritual fijado por el cual pudiera guiarme. Quiero decir que incluso las costumbres sociales en una reunión estaban determinadas por normas herméticas y peligrosas para un extraño que no supiera lo que era considerado correcto. De modo que recité mis excusas y me dirigí hacia la salida. Rrreash y otro de aquellos personajes me acompañaron y me arriesgué a acariciar ligeramente a otro par de niños que encontramos en la plaza… o quizá eran los mismos de la vez anterior. Una vez que llegamos a las puertas de la ciudad, los dos personajes se despidieron de mí en un inglés chirriante y me dejaron partir en paz; cuando las grandes puertas metálicas se cerraron a mis espaldas sentí que el corazón volvía a colocarse en su lugar de costumbre.
El Rolls seguía esperando en el mismo lugar donde lo había dejado; me apresuré a bajar la rampa, me acerqué al coche, abrí la puerta y me sorprendí al ver que en su interior sólo estaba Penny, aunque ello no me desagradó. La llamé.
—¡Hola, Rizos ! ¡Lo conseguimos!
—Sabía que lo haría perfectamente.
La saludé militarmente con mi varilla marciana, bromeando, y contesté:
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