Robert Heinlein - Estrella doble

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También publicado como “Intriga estelar”.
¿Podría un miserable actor sustituir al político más famoso del imperio? Lorenzo Smith sintió un hormigueo en su cuerpo cuando le propusieron el trabajo, ya que Bonforte era el político más reputado en la Galaxia. Sería un gran desafío dar vida a este personaje, por supuesto. Pero cuando estudió el papel vio muy claro que se encontraba ante una peligrosa misión de cuyo resultado dependía el destino del Sistema Solar…

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—¿Dónde está ahora? —pregunté.

—Dak le llevó al parador de pilotos en la cúpula 3.

—¿Es allí adonde vamos ahora?

—No lo sé. Roger sólo me dijo que fuese a buscarle a usted, y luego desaparecieron todos por la puerta de servicio del parador. ¡Oh, no creo que debamos ir allí! No sé qué hacer.

—Penny, pare el coche.

—¿Eh?

—Este coche está seguramente provisto de un radioteléfono. No vamos a movernos hasta que sepamos… o decidamos… lo que debemos hacer. Pero estoy seguro de una cosa: tengo que seguir representando mi papel hasta que Dak o Roger decidan que debo desaparecer. Alguien tiene que hablar con los periodistas. Alguien tiene que partir públicamente en el Tom Payne . ¿Está segura de que no podemos reanimar a Bonforte para que él pueda hacer todo eso?

—¿Qué? ¡Oh, imposible! Usted no le ha visto.

—De acuerdo. Aceptaré su palabra. Bien, Penny, vuelvo a ser el señor Bonforte y usted vuelve a ser mi secretaria. Vale más que empecemos.

—Sí… señor Bonforte.

—Y ahora, será mejor que trate de localizar al capitán Broadbent por teléfono.

No pudimos encontrar un listín telefónico en el coche y tuvimos que llamar a Información; pero al fin consiguió comunicar con el club de pilotos. Pude escuchar ambas partes de la conversación gracias a un auricular suplementario.

—Éste es el Club de los Pilotos. Soy la señora Kelly.

Penny cubrió el micro con la mano.

—¿Le doy mi nombre?

—Desde luego. No tenemos nada que ocultar.

—Soy la secretaria del señor Bonforte —dijo Penny con gravedad—. ¿Está su piloto aquí? Es el capitán Broadbent.

—Le conozco muy bien, querida —luego oímos unos gritos—: ¡Eh! ¿Alguno de vosotros ha visto a Dak? —Después de una pausa, la señora Kelly continuó—: Debe de estar en su habitación. Le paso la comunicación.

Al cabo de un momento, Penny dijo:

—¿Capitán? El Jefe desea hablar con usted —y me entregó el aparato.

—Soy Bonforte, Dak.

—Oh, ¿dónde está usted, señor?

—Estamos todavía en el coche. Penny vino a buscarme. Oiga, Dak, creo que Bill concertó una conferencia de prensa. ¿Dónde debe celebrarse?

Dak vaciló un instante.

—Ha sido muy oportuno que nos llamara, señor. Bill ha anulado la entrevista con los periodistas. Ha habido… un ligero cambio en la situación.

—Ya me lo ha explicado Penny. Me parece muy bien; estoy bastante cansado. Dak, he decidido no quedarme en tierra esta noche; mi pierna mala me molesta mucho y ansío poder descansar en caída libre —yo odiaba las sensaciones que produce la caída libre en el espacio, pero Bonforte pensaba de otro modo—. ¿Quieren usted o Roger presentar mis excusas al Comisionado y ocuparse de los demás detalles?

—No se preocupe, señor. Nosotros lo arreglaremos.

—Bien. ¿Cuándo podrán conseguir un cohete de enlace para llegar hasta el Tom Payne ?

—El Pixie le está esperando, señor. Si quiere usted dirigirse a la entrada número 3, puedo telefonear desde aquí y hacer que un coche del espaciopuerto le recoja.

—De acuerdo. Corte.

—Corto, señor.

Entregué el teléfono a Penny para que lo colocase en su soporte.

Rizos , no sabemos si la frecuencia de onda de este radioteléfono está intervenida o no, ni siquiera si hay micrófonos ocultos en este mismo coche. En cualquiera de estos casos, ellos habrán sabido dos cosas: dónde se encuentra Dak, y por lo tanto dónde está él, y en segundo lugar lo que yo voy a hacer a continuación. ¿Le da esto alguna idea?

Penny se quedó un instante pensativa, luego sacó un cuaderno de notas del bolso y escribió: Abandonemos el coche en el acto .

Asentí sin pronunciar palabra, y luego cogí la libreta y escribí a mi vez: ¿A qué distancia estamos de la entrada número 3?

Ella contestó: Podemos ir andando .

Descendimos del coche en silencio y nos apartamos de aquel lugar. Penny había detenido el Rolls en una de las áreas de estacionamiento de los grandes almacenes cercanos al espaciopuerto; no cabía duda de que a su debido tiempo lo devolverían a sus legítimos dueños, aparte de que semejantes minucias ya no tenían importancia.

Aún no habíamos andado cincuenta metros, cuando me detuve de repente. Notaba algo extraño. Desde luego, no era el día. Hacía casi calor, y el sol brillaba alegremente en un limpio cielo marciano de color púrpura. El tráfico, tanto rodado como peatonal, no parecía prestarnos ninguna atención o, al menos, si alguien mostraba algún interés era más por la joven y guapa muchacha que por mi persona. Sin embargo, me sentía intranquilo.

—¿Qué sucede, Jefe?

—¿Eh? Eso es lo que sucede.

—¿Señor?

—Que no me comporto como el Jefe. No es propio de él marcharse a hurtadillas, de este modo. Regresemos, Penny.

La muchacha no discutió y me siguió de nuevo hasta el coche. Esta vez me senté en la parte de atrás con aspecto majestuoso, y dejé que ella me sirviera de chófer hasta la entrada número 3.

No era la misma entrada que habíamos empleado al llegar. Creo que Dak la había escogido porque era menos frecuentada por los pasajeros, siendo utilizada principalmente para la carga. Penny no prestó ninguna atención a las señales de tráfico y llevó el enorme Rolls justo hasta la puerta de entrada al campo. Un guarda de la terminal trató de detenerla, pero ella dijo fríamente:

—Es el coche del señor Bonforte. ¿Quiere usted enviar aviso al despacho del Comisionado para que vengan a buscarlo aquí?

El policía pareció confuso, miró al compartimento trasero, pareció reconocerme, saludó y no insistió. Le contesté con un gesto amistoso y el policía me abrió la puerta.

—El teniente insiste mucho en que se mantenga la entrada libre de coches, señor Bonforte —se excusó—; pero creo que con el suyo puedo hacer una excepción.

—Puede usted hacer que se lleven el coche cuando quiera —contesté—. Mi secretaria y yo nos marchamos en seguida. ¿Sabe si ha llegado otro coche a buscarme?

—Preguntaré en la puerta, señor —respondió, y salió corriendo.

Era precisamente la clase de público que yo necesitaba, lo suficiente para atestiguar que el señor Bonforte había llegado al espaciopuerto en un coche oficial y que se había dirigido en el acto hacia su yate espacial. Me coloqué mi varilla marciana bajo el brazo, en un gesto que recordaba a Napoleón, y cojeé tras el guarda; Penny me seguía. El policía habló con el guarda de la puerta y luego se apresuró a salirnos al encuentro, sonriendo.

—Su coche le está esperando, señor.

—Muchas gracias.

El policía parecía excitado y añadió con premura, en voz baja:

—Yo también pertenezco al Partido Expansionista, señor. Creo que hoy ha realizado usted un buen trabajo.

Miró la varilla marciana con un destello de admiración.

Yo sabía con exactitud cuál sería la reacción de Bonforte en una situación parecida.

—Hombre, muchas gracias. Espero que sea usted casado y que tenga muchos hijos. Necesitamos formar una mayoría sólida.

Rió más de lo que el chiste merecía.

—¡Eso es muy bueno! ¡Ah! ¿No le molesta que se lo cuente a mis amigos?

—Nada de eso.

Estábamos ya cruzando la puerta, cuando el guarda de la entrada me tocó en el brazo.

—¡Ejem!… su pasaporte, señor Bonforte.

Creo que no permití que mi expresión se alterase.

—Los pasaportes, Penny.

Ella contempló con una mirada glacial al funcionario.

—El capitán Broadbent se ocupa de toda la documentación.

El oficial me miró y luego dirigió la mirada hacia lo lejos.

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