Isaac Asimov: Un guijarro en el cielo

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Isaac Asimov Un guijarro en el cielo
  • Название:
    Un guijarro en el cielo
  • Автор:
  • Издательство:
    Martínez Roca
  • Жанр:
    Фантастика и фэнтези / на испанском языке
  • Год:
    1992
  • Город:
    Barcelona
  • Язык:
    Испанский
  • ISBN:
    84-270-1646-8
  • Рейтинг книги:
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Un guijarro en el cielo: краткое содержание, описание и аннотация

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Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.

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Pero en aquellos momentos no se sentía demasiado inclinado al análisis. Las dos personas y sus ropas le parecieron increíblemente hermosas, tanto como sólo puede serlo la presencia de rostros amigos para un hombre que está totalmente solo.

La mujer habló con voz líquida y suave, pero en un tono perentorio, y Schwartz tuvo que agarrarse a la puerta para mantenerse erguido. Sus labios se movieron sin lograr emitir ningún sonido, y todos sus temores más descabellados volvieron de repente para agarrotarle la garganta y oprimirle el corazón.

Porque la mujer acababa de hablar en un idioma que Schwartz no había oído jamás.

2. ALOJAMIENTO PARA UN DESCONOCIDO

Loa Maren y Arbin, su estólido esposo, estaban jugando a las cartas y disfrutando del frescor de la noche cuando el anciano sentado en la silla de ruedas a motor arrugó coléricamente el periódico entre sus manos haciéndolo crujir.

—¡Arbin! —gritó.

Arbin Maren no respondió enseguida. Acarició delicadamente los suaves rectángulos de finos bordes que sostenía en las manos, y pensó en cuál sería su próxima jugada.

—¿Qué quiere, Grew? —preguntó por fin mientras tomaba una decisión sin apresurarse.

El anciano de cabellos canosos llamado Grew lanzó una mirada airada a su yerno por encima del periódico y volvió a hacerlo crujir. Producir aquella clase de ruidos era uno de sus desahogos preferidos. Cuando un hombre desborda energía y se encuentra confinado en una silla de ruedas con dos estacas muertas por piernas, tiene que encontrar alguna forma de expresarse, y Grew utilizaba su periódico. Lo hacía crujir y gesticulaba con él, y cuando era necesario lo utilizaba para golpear las cosas.

Grew sabía que fuera de la Tierra había máquinas teleinformadoras que emitían rollos de microfilme con las últimas noticias, y que bastaba con tener un modelo normal de visor de libros-película para leerlos; pero Grew se burlaba en silencio de aquel tipo de cosas. ¡Otra costumbre estéril y degenerada!

—¿Te has enterado de que van a enviar una expedición arqueológica a la Tierra? —preguntó Grew.

—No —respondió Arbin sin inmutarse.

Grew se había enterado de ello porque era el primero en leer el periódico, y la familia había tenido que vender su holovisor el año pasado; pero en realidad su pregunta sólo había sido un gambito de apertura.

—Bien, así que va a venir una expedición arqueológica —dijo—. y por concesión imperial, nada menos… ¿Qué opinas de eso? —Grew bajó la mirada hacia el periódico, y empezó a recitar el texto del artículo con ese tono inexplicablemente vacilante y entrecortado que adoptan la mayoría de las personas cuando leen en voz alta—. «Durante una entrevista concedida a Prensa Galáctica, Bel Arvardan, Director de Investigaciones del Instituto Arqueológico Imperial, manifestó que confiaba en obtener valiosos resultados de los estudios arqueológicos que proyecta llevar a cabo en el planeta Tierra, situado en las inmediaciones del Sector de Sirio (ver mapa). “La civilización arcaica y el entorno excepcional de la Tierra —manifestó el doctor Arvardan— nos ofrecen una cultura atrasada que ha sido dejada de lado durante mucho tiempo por nuestros sociólogos excepto como ejemplo de dificultades en el gobierno local. Albergo grandes esperanzas de que los años venideros producirán cambios revolucionarios en algunos de los conceptos sobre la evolución social y la historia humana que hemos tenido por fundamentales hasta el momento.”» Etcétera, etcétera —concluyó Grew con una sonrisa.

Arbin Maren no le había prestado mucha atención.

—¿Qué quiere decir eso de «cultura atrasada»? —murmuró.

Loa Maren no había escuchado nada de cuanto había dicho el anciano.

—Arbin, te toca jugar —se limitó a decir.

—Bien, ¿no vas a preguntarme qué razón ha podido tener el Tribune para publicar esto? —siguió diciendo Grew—. Ya sabes que no publicarían una noticia remitida por Prensa Galáctica ni a cambio de un millón de créditos a menos que hubiera un buen motivo para ello, ¿no? —Grew guardó silencio durante unos momentos esperando una respuesta que no llegó—. Pues porque también publican un editorial sobre el tema —continuó—, un editorial de una página entera dedicado íntegramente a meterse con el tal Arvardan… Un tipo quiere venir a la Tierra con fines científicos, y enseguida lo ven todo negro y hacen cuanto pueden para impedírselo… ¡Lee esta difamación! ¡Vamos, léela!

—Grew agitó el periódico en dirección a su yerno—. ¿Por qué no la lees?

Loa Maren bajó sus cartas y tensó sus delgados labios.

—Papá, hemos tenido un día muy pesado —dijo—, así que no lo compliquemos ahora con la política. Quizá más tarde, ¿eh? Por favor, papá…

—Por favor, papá…, por favor, papá —la imitó Grew frunciendo el ceño—. Me parece que debes de estar muy harta de tu anciano padre si le prohíbes incluso el decir unas cuantas palabras sobre la actualidad, ¿no? Supongo que te estorbo, ¿verdad? Sentado en este rincón dejando que vosotros dos trabajéis por tres… ¿Quién tiene la culpa de eso? Soy fuerte. Quiero trabajar, y los dos sabéis que con un tratamiento adecuado mis piernas volverían a estar tan bien como antes. —Grew se las palmeó mientras hablaba. Las palmadas fueron asestadas con una fuerza salvaje, y Grew oyó el considerable ruido que hicieron, pero no sintió los impactos—. El único motivo de que no pueda trabajar es que ellos consideran que soy tan viejo que no vale la pena curarme. ¿No os parece que eso es un buen ejemplo de «cultura atrasada»? ¿De qué otra manera se puede calificar a un planeta en el que un hombre puede trabajar, pero no se lo permiten? ¡Por todas las estrellas…! Creo que ya va siendo hora de que acabemos con todas esas tonterías sobre lo que ellos llaman «nuestras instituciones peculiares». ¿Peculiares? ¡Absurdas, así las llamo yo! Creo que…

Grew había empezado a agitar los brazos y la cólera le congestionaba el rostro.

Arbin se levantó, fue hacia el anciano y puso una mano sobre su hombro apretando con fuerza.

—Vamos, Grew, ¿por qué se pone tan nervioso? —preguntó—. Cuando usted haya terminado con el periódico leeré el editorial, ¿le parece bien?

—Sí, ¿pero de qué servirá eso si estás de acuerdo con ellos? Ah, los jóvenes sois todos unos peleles…, un montón de barro en las manos de los Ancianos.

—Cálmese, padre —se apresuró a decir Loa—. No empiece con eso, ¿quiere?

Se quedó escuchando en silencio durante un momento. No podría haber explicado por qué lo hacía, pero…

Arbin experimentó aquel cosquilleo helado que sentía siempre que se mencionaba a la Sociedad de Ancianos. Hablar como lo hacía Grew, burlarse de la cultura de la Tierra…, era una imprudencia, no cabía duda.

Vaya, pero si era asimilacionismo puro. Arbin tragó saliva. «Asimilacionismo»…, una palabra obscena incluso cuando estaba confinada en el pensamiento.

Durante la juventud de Grew se habían dicho muchas estupideces sobre la ruptura con las viejas costumbres, cierto, pero entonces eran otros tiempos. Grew tendría que saberlo…, y probablemente lo sabía, pero no resulta fácil ser razonable y comprensivo cuando estás atrapado en una silla de ruedas esperando que pasen los días hasta el próximo Censo.

Grew quizá era el que se había alterado menos de los tres, pero no dijo nada más. Se fue tranquilizando poco a poco, y a medida que pasaba el tiempo le fue resultando cada vez más difícil ver con claridad las letras. Aún no había tenido tiempo de llevar a cabo un detallado análisis crítico de las páginas deportivas cuando su cabeza cayó lentamente sobre su pecho después de haber estado oscilando hacia delante y hacia atrás durante un buen rato. El anciano dejó escapar un suave ronquido, y el periódico cayó de sus dedos con un último crujido involuntario.

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