Ursula Le Guin - El nombre del mundo es Bosque

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El nombre del mundo es Bosque: краткое содержание, описание и аннотация

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Dentro de la gran tradición literaria de las utopías y anti-utopías que se inicia en el siglo XVII,
descubre un universo dinámico y en equilibrio que se mantiene en el tiempo de acuerdo con leyes propias que no admiten la intromisión del hombre. En el planeta Athshe, el ciclo de la vida, la cultura las costumbres, los modos mentales nacen y se desarrollan en la estabilidad autónoma del cosmos.

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Ya no dominaba el yumeno como antes, y al principio dejó que hablaran ellos. Cuando supo con certeza qué clase de personas eran, empujó la pesada caja que había traído desde Brotor.

—Aquí adentro está la obra de Lyubov —dijo, buscando a tientas las palabras —. Él sabía más de nosotros que todos los demás. El aprendió mi lengua y la Lengua de los Hombres; lo anotamos todo. Él comprendía algo de cómo vivimos y cómo soñamos. Los otros no.

Les daré a ustedes la obra, si la llevan al lugar que Lyubov deseaba.

El alto, el de la tez muy blanca, Lepennon, parecía feliz, y le dio las gracias a Selver, diciéndole que los trabajos serían llevados adonde Selver deseaba, y serían altamente apreciados. Esto complació a Selver.

Pero había sido doloroso para él pronunciar en voz alta el nombre de su amigo; en el rostro de Lyubov había una tristeza amarga cada vez que Selver se volvía a él dentro de su mente. Se apartó un poco de los yumenos y les observó. Dongh y Gosse y otros de Eshsen se habían reunido allí junto con los cinco de la nave. Los nuevos estaban limpios y pulidos como hierro nuevo. A los viejos les habían crecido pelos en las caras, y ahora parecían unos athshianos gigantescos, de pelambrera negra.

Todavía llevaban ropas, pero estaban viejas y poco limpias. No habían adelgazado, excepto el Viejo, que seguía enfermo desde la Noche de Eshsen; pero todos daban la impresión de ser hombres extraviados o locos.

Este encuentro ocurrió en el límite del bosque, en la zona donde, por un acuerdo tácito, ni la gente del bosque ni los yumenos habían levantado viviendas ni acampado en los últimos años. Selver y sus acompañantes se instalaron a la sombra de un gran fresno que crecía un poco apartado de la orilla del bosque. Las bayas del fresno eran aún pequeños nudos verdes contra las ramas, las hojas largas y suaves, labiadas, de color verde estío.

Debajo del árbol la luz era débil, mezclada con sombras.

Los yumenos se consultaban e iban y venían, y por último uno de ellos fue hasta el fresno. Era el hombre duro de la nave, el comandante. Se sentó en cuclillas cerca de Selver, sin pedir permiso, pero sin ninguna visible intención de rudeza. Dijo: —¿Podemos conversar un poco?

—Naturalmente.

—Ya sabe que nos llevaremos de aquí a todos los terráqueos. Hemos traído con nosotros una segunda nave para poder transportarlos. Este mundo nunca más será una colonia.

—Ése fue el mensaje que escuché en Brotor hace tres días, cuando ustedes llegaron.

—Quería estar seguro de que usted lo entendía. La decisión es terminante. No volveremos. Este mundo ha sido declarado proscrito por la Liga. Eso significa para ustedes lo siguiente: puedo prometerles que nadie vendrá aquí a cortar los árboles o a ocupar las tierras, mientras subsista la Liga.

—Ninguno de ustedes volverá jamás —dijo Selver, afirmación o pregunta.

—No por cinco generaciones. Nadie. Luego quizá algunos pocos hombres, diez o veinte, no más de veinte, podrían venir a dialogar con ustedes, a estudiar este mundo, como lo hicieron aquí algunos de los hombres.

—Los científicos, los especialistas —dijo Selver. Meditó un momento —. Ustedes deciden las cosas todos a la vez —dijo, nuevamente entre afirmación y pregunta.

—¿Qué quiere decir?

El comandante parecía receloso.

—Bueno, usted dice que ninguno de ustedes cortará los árboles de Athshe: y todos dejan de hacerlo. Y sin embargo ustedes viven en muchos sitios. Aquí, si una matriarca diera una orden en Karach, ni aun los habitantes de la aldea más próxima la obedecerían en seguida, y nunca todos los habitantes del mundo al mismo tiempo…

—No, porque ustedes no tienen gobierno central. Pero nosotros lo tenemos, ahora, y le aseguro que las órdenes son obedecidas. Por todos nosotros al mismo tiempo. Aunque en verdad, tengo entendido, por lo que me han contado los colonos, que cuando usted, Selver, dio una orden, fue obedecida por todo el mundo en todas las islas a la vez.

¿Cómo lo consiguió?

—En aquel entonces yo en un dios —dijo Selver, inexpresivo.

El comandante se retiró y el hombre alto y blanco se fue acercando poco a poco y le preguntó si podía sentarse a la sombra del árbol. Tenía tacto, éste, y era sumamente inteligente. Selver se sentía intranquilo con él. Como Lyubov, este hombre era afable; comprendía, pero era también absolutamente incomprensible. Pues hasta el más bondadoso de ellos era tan inaccesible corno el más cruel. Por eso mismo la presencia de Lyubov en su mente seguía siendo dolorosa, y en cambio los sueños en los que veía y tocaba a su mujer muerta, Thele, eran hermosos y serenos.

—Cuando estuve aquí antes —dijo Lepennon —conocí a ese hombre, Raj Lyubov. Tuve muy pocas oportunidades de hablar con él pero recuerdo lo que dijo; y he tenido tiempo de leer algunos de sus estudios sobre el pueblo de usted. La obra de Lyubov, como usted dice. A esa obra se debe principalmente que Athshe ya no sea Colonia Terráquea. Esa libertad se había convertido en la meta de la vida de Lyubov, creo yo. Usted, como amigo de él, verá que la muerte no le impidió alcanzar esa meta, finalizar el viaje.

Selver estaba inmóvil. La inquietud se le transformaba en miedo. Este hombre hablaba como un Gran Soñador.

Pío respondió.

—Querrá usted decirme una cosa, Selver. Si la pregunta no lo ofende. No habrá más preguntas después… Hubo varias matanzas: en Campamento Smith, luego en este sitio, Eshsen, y por último la de Campamento Nueva Java donde Davidson encabezó al grupo rebelde. Eso fue todo. Ninguna más desde entonces… ¿Es ésa la verdad? ¿No ha habido más matanzas?

—Yo no maté a Davidson.

—Eso no importa —dijo Lepennon, interpretando mal las palabras de Selver.

Selver quería decir que Davidson no estaba muerto; pero Lepennon entendió que era otro quien había matado a Davidson. Aliviado al comprobar que los yumenos podían equivocarse, Selver no le corrigió.

—¿No ha habido más matanzas, entonces?

—Ninguna. Ellos podrán confirmárselo —dijo Selver, señalando con un gesto al coronel y a Gosse.

—Entre su propia gente, quiero decir. Athshianos que hayan matado a athshianos.

Selver guardó silencio.

Alzó los ojos a Lepennon, un rostro extraño, blanco como la máscara del Espíritu del Fresno, que cambió de algún modo mientras Selver lo miraba.

—A veces llega un dios —dijo Selver —. Trae una nueva forma de hacer una cosa, o una cosa nueva para hacer. Una nueva clase de canto, o una nueva clase de muerte. Lo trae a través del puente entre el tiempo-sueño y el tiempo-mundo. Y una vez que lo ha hecho, hecho está.

Uno no puede tomar cosas del mundo y tratar de llevarlas al sueño, encerrarlas en el sueño con muros y engaños. Eso es demencia. Lo que es, en No pretenderé, ahora, que nosotros no sabemos cómo matarnos unos a otros.

Lepennon apoyó la larga mano en la mano de Selver, tan rápidamente, tan delicadamente que Selver aceptó el contacto como si el otro no fuera un extraño. Las sombras verdes y doradas de las hojas del fresno revolotearon sobre ellos.

—Pero no digan que tienen razones para matarse unos a otros. No hay ninguna razón para el asesinato —dijo Lepennon, el rostro tan ansioso y triste como el de Lyubov —. Nosotros partiremos. Dentro de dos días nos habremos marchado. Todos. Para siempre.

Y entonces los bosques de Athshe volverán a ser lo que eran antes.

Lyubov salió de las sombras de la mente de Selver y dijo: —Yo estaré aquí.

—Lyubov estará aquí —dijo Selver —. Y Davidson estará aquí. Los dos. Después que yo muera, tal vez la gente vuelva a ser como antes de que yo naciese, y antes de que viniesen ustedes. Pero yo no lo creo.

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