Ursula Le Guin - El nombre del mundo es Bosque

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El nombre del mundo es Bosque: краткое содержание, описание и аннотация

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Dentro de la gran tradición literaria de las utopías y anti-utopías que se inicia en el siglo XVII,
descubre un universo dinámico y en equilibrio que se mantiene en el tiempo de acuerdo con leyes propias que no admiten la intromisión del hombre. En el planeta Athshe, el ciclo de la vida, la cultura las costumbres, los modos mentales nacen y se desarrollan en la estabilidad autónoma del cosmos.

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La paciencia de Selver era corta; sabía que el malhumor era un síntoma de su deteriorado estado mental, pero ya no podía dominarlo.

—Prosiga, entonces.

—Bien, ante todo quiero que se comprenda claramente que tan pronto como tuvimos la radio en nuestro poder ordenamos a los otros campamentos que no nos trajeran armas ni intentaran ningún rescate aéreo, y que las represalias estaban estrictamente prohibidas.

—Eso fue prudente. ¿Qué más?

El coronel Dongh inició una réplica furibunda, y de pronto se interrumpió; se había puesto muy pálido.

—¿No hay aquí dónde sentarse? —preguntó.

Selver dio la vuelta por detrás del grupo de yumenos, subió la pendiente, entró en la cabaña de dos habitaciones, y cogió la silla plegable del escritorio. Antes de abandonar la habitación silenciosa se inclinó y apoyó la mejilla sobre la madera rayada y tosca del escritorio, donde siempre se había sentado Lyubov cuando trabajaba con Selver o a solas; algunos de sus papeles estaban allí todavía; Selver los acarició. Llevó la silla afuera y la instaló en la tierra mojada por la lluvia. El viejo se sentó, mordiéndose los labios, los ojos almendrados arrugados de dolor.

—Señor Gosse, quizá usted pueda hablar por el coronel —dijo Selver —. El no se siente bien.

—Yo seguiré con las conversaciones —dijo Benton, adelantándose, pero Dongh meneó la cabeza y murmuró—: Gosse.

Con el coronel como oyente más que como orador, las cosas anduvieron mejor. Los yumenos aceptaban las condiciones de Selver. Con una promesa mutua de paz, retirarían todos los destacamentos y vivirían en una sola área, la región que habían desbrozado en Sornol Central: unos dos mil kilómetros cuadrados de tierras onduladas, bien regadas. Se comprometían a no entrar en los bosques; la gente del bosque se comprometió a no entrar en las Tierras Mutiladas.

Las cuatro aeronaves sobrevivientes dieron motivo a algunas discusiones. Los yumenos insistían en que las necesitaban para traer a sus hombres a Sornol desde las caras islas. Como las máquinas sólo podían transportar cuatro hombres en cada viaje, a Selver le pareció que los yumenos llegarían más rápido a Eshsen caminando y les ofreció el auxilio de unas balsas para cruzar el estrecho; pero al parecer los yumenos no eran grandes caminadores. Muy bien, podían conservar los helicópteros para lo que ellos llamaban la “Operación Aérea de Rescate”. Después de eso tenían que destruirlos.

Negativa. Indignación. Cuidaban más de sus máquinas que de sus cuerpos. Selver transigió, diciendo que podían conservar los helicópteros a condición de que volaran solamente sobre las Tierras Mutiladas y que las armas que había en ellas fuesen destruidas. También este punto suscitó discusiones, pero entre ellos, mientras Selver esperaba, repitiendo de vez en cuando los términos de su exigencia, porque en este punto no estaba dispuesto a ceder.

—¿Qué diferencia hay, Benton? —dijo por último el anciano coronel, furibundo y tembloroso —. ¿No ve que no podemos usar esas malditas armas? Hay tres millones de estos humanoides diseminados por todas estas islas del demonio, todas cubiertas de árboles y malezas, sin ciudades, sin redes de servicios vitales, sin un control centralizado.

No se puede desmantelar con bombas una estructura del tipo guerrilla, eso está demostrado, y en realidad la parte del mundo en que yo nací lo demostró durante casi treinta años, derrotando una tras otra a las grandes superpotencias en el siglo veinte. Y hasta que llegue una nave, no estaremos en condiciones de demostrar nuestra superioridad. ¡Al demonio con el equipo grande si podemos conservar las armas blancas para la caza y la defensa personal!

Dongh era el Viejo para ellos, la Autoridad Suprema, y al final su opinión prevaleció, como hubiera podido hacerlo en un Albergue de Hombres. Benton se enfurruñó. Gosse empezó a hablar de lo que sucedería si la tregua era violada, pero Selver le interrumpió.

—Ésas son posibilidades, y aún no hemos acabado con las certezas. Esa Gran Nave de ustedes ha de volver dentro de tres años, es decir tres años y medio en la cronología terrestre. Hasta entonces, son libres aquí. No les será muy duro. Nada más se retirará de Centralville, excepto algunos de los trabajos de Lyubov que yo quiero conservar. Todavía tienen aquí la mayor parte de las herramientas para cortar árboles y remover la tierra; si necesitan más, las minas de hierro de Peldel están dentro de este territorio. No hay ninguna confusión posible, me parece. Sólo resta saber una cosa: cuando esa nave venga, ¿qué querrá hacer con ustedes, y con nosotros?

—No lo sabemos —dijo Gosse.

Y Dongh explicó: —En primer lugar, si ustedes no hubieran destruido el ansible, ahora podríamos recibir información regular sobre estos problemas, y nuestros informes influirían ciertamente en las decisiones que puedan adoptarse sobre el estatus definitivo de este planeta, decisiones que podríamos comenzar a poner en práctica antes que la nave regrese a Prestno. Pero de esa injustificable destrucción, debida al desconocimiento de vuestros propios intereses, no se ha salvado ni siquiera una radio capaz de retransmitir a una distancia de unos pocos centenares de kilómetros.

—¿Qué es el ansible?

La palabra había aparecido antes en esta conversación; era nueva para Selver.

—Un CID —dijo el coronel, reticente.

—Una especie de radio —dijo Gosse con arrogancia —. Nos ponía en comunicación instantánea con nuestro mundo natal.

—¿Sin la espera de veintisiete años?

Gosse clavó la vista en Selver.

—Así es. Exactamente. Aprendiste mucho de Lyubov, ¿no?

—Si habrá aprendido —dijo Benton —. Era el verde amiguito del alma de Lyubov. Se enteraba de todo cuanto valía la pena saber y un poquito más. Como por ejemplo cuáles eran los puntos vitales y dónde estaban apostados los guardias, y cómo llegar a las armas en el Arsenal. Deben de haber estado en contacto hasta el momento mismo en que comenzó la masacre.

Gosse parecía molesto.

—Raj está muerto. Todo eso no tiene nada que ver ahora, Benton. Lo que tenemos que establecer…

—¿Está usted tratando de insinuar de algún modo que el capitán Lyubov estaba involucrado en alguna actividad que pudiera considerarse traición a la Colonia, Benton? dijo Dongh, echando fuego por los ojos y oprimiéndose el vientre con las manos —. No había espías ni traidores en mi personal. Lo seleccioné escrupulosamente antes de partir, y yo conozco a la gente con quien tengo que tratar.

—No estoy insinuando nada, coronel. Estoy diciendo claramente que fue Lyubov quien incitó a los creechis, y que si no se hubiesen modificado las órdenes después de que esa nave de la Flota estuvo aquí, nunca hubiera sucedido.

Gosse y Dongh empezaron a hablar al mismo tiempo —Todos ustedes están muy enfermos —observó Selver, levantándose y sacudiéndose, porque las húmedas hojas pardas del roble se le adherían como la seda a la corta pelambrera del cuerpo —. Lamento que hayamos tenido que retenerlos en el corral de los creechis, no es un sitio agradable para la mente. Por favor, hagan traer a los hombres de los otros campamentos. Cuando todos estén aquí y las armas grandes hayan sido destruidas, y la promesa haya sido pronunciada por todos nosotros, entonces les dejaremos en paz. Las puedas del corral serán abiertas hoy, cuando yo me haya marchado. ¿Hay algo más que decir?

Ninguno de ellos dijo nada. Todos bajaron la vista y lo miraron. Siete hombres, de piel tostada o trigueña, lampiños, vestidos con telas, de ojos sombríos, rostros malhumorados; doce hombrecillos verdes o verde parduscos, cubiertos de vello, con los grandes ojos de las criaturas seminocturnas, rostros soñadores; entre los dos grupos, Selver, el traductor, frágil, desfigurado, llevando en las manos vacías los destinos de todos. La lluvia caía silenciosamente alrededor, sobre la tierra parda.

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