Ursula Le Guin - El nombre del mundo es Bosque

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El nombre del mundo es Bosque: краткое содержание, описание и аннотация

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Dentro de la gran tradición literaria de las utopías y anti-utopías que se inicia en el siglo XVII,
descubre un universo dinámico y en equilibrio que se mantiene en el tiempo de acuerdo con leyes propias que no admiten la intromisión del hombre. En el planeta Athshe, el ciclo de la vida, la cultura las costumbres, los modos mentales nacen y se desarrollan en la estabilidad autónoma del cosmos.

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Los muchachos empezaban a impacientarse. Hasta entonces, los había mantenido atareados en los desmontes, ya que cuarenta y ocho de los cincuenta y cinco sobrevivientes leales eran leñadores. Pero todos sabían que las naves automáticas no bajarían a cargar la madera, seguirían llegando una tras otra y se pondrían en órbita, esperando la señal que nunca recibirán. No tenía sentido seguir cortando árboles inútilmente. Era un trabajo demasiado duro. Mejor quemarlos. Ejercitaba a sus hombres en equipos, desarrollando técnicas incendiarias. El tiempo era aún demasiado lluvioso, pero les mantenía el cerebro ocupado. Si al menos tuviese los otros tres helicópteros, entonces sí que podría dar el gran golpe. Estudiaba la posibilidad de una incursión en Central para liberar los helicópteros, pero no había mencionado aún esta idea ni siquiera a Aabi y Temba, sus mejores hombres. A algunos de los muchachos podría amedrentarlos la idea de una invasión armada a su propio cuartel general. Seguían hablando de “cuando volvamos a reunirnos con los otros”. No sabían que aquellos otros les habían abandonado, les habían traicionado, se habían vendido a los creechis. Y él no podía decirles semejante cosa, no la soportarían.

Un buen día, él, Aabi, Temba y otro hombre con la cabeza bien puesta y de confianza llegarían en helicóptero; luego tres de ellos bajarían con metralletas, montarían cada uno en un helicóptero, y de vuelta a casa, ta-ta-ta. Con cuatro buenas batidoras para batir los huevos. No se puede hacer una tortilla In batir los huevos. Davidson se rió a carcajadas en la oscuridad de la cabaña. Mantuvo este plan en secreto un tiempo más porque le divertía mucho pensar en él.

Al cabo de otras dos semanas habían destruido todas las madrigueras creechis de los alrededores, y el bosque estaba ahora limpio y reluciente. No más humaredas por encima de los árboles. Ya nadie saltaba desde atrás de un arbusto y se despatarraba en el suelo con los ojos cerrados, esperando que uno le pisara la cabeza. No más monstruitos verdes. Sólo un revoltijo de árboles y algunos parajes quemados. Los muchachos empezaban a mostrarse inquietos y aburridos; era hora de hacer la incursión de rescate de los helicópteros. Una noche les confió el plan a Aabi, Temba y Post.

Ninguno de ellos dijo nada durante un minuto; luego Aabi preguntó: —¿Y el combustible, capitán?

—Tenemos combustible suficiente.

—No para cuatro helicópteros; no duraría ni una semana.

—¿Quieres decir que para ése nos queda combustible sólo para un mes?

Aabi asintió.

—Y bien, en ese caso, sacamos también un poco de combustible, me parece.

—¿Cómo?

—Pensad un poco.

Los tres seguían mudos e inmóviles, con caras de estúpidos. Eso le enfurecía.

Dependían de él para todo. Él era un jefe nato, pero le gustaban los hombres que tenían ideas propias.

—Piensa algún medio, es tu especialidad, Aabi —dijo.

Y salió a quemar un poco de hierba, asqueado por la forma en que todos se comportaban, como si estuviesen acobardados. No eran capaces de enfrentar la cruda realidad.

Andaban escasos de marihuana y Davidson no fumaba desde hacía un par de días. No le sirvió de nada. La noche negra e impenetrable, húmeda, calurosa, olía a primavera.

Pasó Ngenene caminando como un patinador sobre el hielo, o casi como un robot sobre ruedas; giró sobre sí mismo con un lento movimiento felino y contempló largamente a Davidson, que estaba en el porche de la cabaña a la luz mortecina de la entrada. Era un hombre inmenso que manejaba una sierra eléctrica en el aserradero.

—La fuente de mi energía está conectada con el Gran Generador y no me puedo desenchufar —dijo con voz monótona, sin dejar de mirar a Davidson.

—¡Vuélvete a tu barraca a dormir la mona! —dijo Davidson con esa voz restallante que nadie desobedecía jamás.

Al cabo de un momento Ngenene se alejó deslizándose con paso cauteloso, ligero y grácil. Era excesivo el número de hombres que abusaban cada vez más de los alucinógenos. Había alucinógenos en abundancia, pero estaban destinados a aliviar las tensiones de los leñadores durante los domingos, no a los soldados de una guarnición minúscula abandonada en un mundo hostil. No podían darse el lujo de volar, de soñar.

Tendría que guardarlos bajo llave. Además, a algunos de los muchachos podían reventarlos. Y bueno, que reventaran. No se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. Tal vez pudiera mandarlos a Central a cambio de un poco de combustible.

Ustedes me dan dos, tres tanques de gas y yo les daré dos, tres cuerpos calientes, soldados leales, buenos leñadores, justo lo que ustedes necesitan, un poco perdidos en el país de los sueños…

Sonrió, y se disponía a entrar para exponerles esta nueva idea a Temba y los oros, cuando oyó un grito del guardia apostado en la chimenea del aserradero.

—¡Aquí vienen! —chilló con voz aflautada, como un crío que juega a negros y rhodesianos.

Alguien más se puso a gritar también desde el oeste, del otro lado de la empalizada.

Sonó un disparo.

Y venían, Cristo, venían. Era increíble. Miles y miles. Ningún rumor ningún sonido, haba ese grito del guardia; y en seguida ese único disparo; luego una explosión —una de las minas terrestres que volaba y luego otra, y otra, y centenares y centenares de antorchas que se encendían y volaban en el aire húmedo como cohetes, y los muros de la empalizada eran ahora un hervidero de creechis, una lluvia de creechis, un diluvio, movedizos, pululantes, millares de creechis. Le recordaron un ejército de ratas que había visto una vez cuando era chico, durante la última Hambruna, en las calles de Cleveland, Ohio, donde se había criado. Algo había impulsado a las ratas a abandonar sus agujeros y habían salido a plena luz del día, una legión de ratas que trepaba por las paredes, un manto palpitante de piel y ojos y manos y dientes diminutos, y él había gritado llamando a mamá y corriendo como loco, ¿o era sólo un sueño que había tenido entonces? No podía perder la cabeza. El helicóptero se encontraba en el corral de los creechis, todavía a oscuras y llegó allí rápidamente. La puerta estaba cerrada con llave, siempre la tenía cerrada por si a alguna de las hermanitas pusilánimes se le meta en la cabeza la idea de volar a los brazos de Papá Ding Dong en una noche oscura. Le pareció una eternidad el tiempo que tardó en sacar la llave e introducirla en la cerradura y hacerla girar, pero sólo era cuestión de no perder la cabeza, y luego tardó otra eternidad en correr hasta el helicóptero y abrir la portezuela, también cerrada con llave. Post y Aabi estaban con él ahora. Por fin oyó el estruendo trepidante de los rotores, batiendo huevos, tapando todos los otros ruidos sobrenaturales, las voces aflautadas que gritaban, chillaban y cantaban.

Subieron, y el infierno desapareció debajo: un corral repleto de ratas, ardiendo.

—Se necesita sangre fría para dominar rápidamente una situación de emergencia —dijo Davidson —. Ustedes, muchachos, pensaron y actuaron rápidamente. Buen trabajo.

¿Dónde está Temba?

—Con una lanza clavada en el estómago —dijo Post.

Le pareció que Aabi, el piloto, quería dirigir la máquina, trepó a uno de los asientos traseros y se tendió relajando los músculos. Allá abajo el bosque era un mar de sombras, negro sobre negro.

—¿Qué rumbo estás tomando, Aabi?

—Central.

—No. No queremos ir a Central.

—¿Adónde queremos ir? —dijo Aabi con una especie de risita afeminada —. ¿A Nueva York? ¿A Pekín?

—Continúa volando sobre el campamento, Aabi. En grandes círculos. Por donde no nos oigan.

—Capitán, a esta altura ya no hay ningún Campamento Nueva Java —dijo Post, un capataz de leñadores; era un hombre rechoncho y tranquilo.

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