Ursula Le Guin - El nombre del mundo es Bosque

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El nombre del mundo es Bosque: краткое содержание, описание и аннотация

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Dentro de la gran tradición literaria de las utopías y anti-utopías que se inicia en el siglo XVII,
descubre un universo dinámico y en equilibrio que se mantiene en el tiempo de acuerdo con leyes propias que no admiten la intromisión del hombre. En el planeta Athshe, el ciclo de la vida, la cultura las costumbres, los modos mentales nacen y se desarrollan en la estabilidad autónoma del cosmos.

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—Juju, cincuenta hombres pueden hacerlo. Es cuestión de voluntad, habilidad, y armamento.

—¡Mierda! Pero el hecho es, Don, que se ha pactado una tregua. Y si se viola, estamos perdidos. Es lo único que nos mantiene a flote por el momento. Tal vez cuando la nave vuelva de Prestno y vea lo que ha pasado, decidan acabar con los creechis. No lo sabemos. Pero al parecer, los creechis tienen la intención de respetar la tregua, al fin y al cabo fue idea de ellos, y tuvimos que aceptarla. Pueden acabar con nosotros en cualquier momento, por simple superioridad numérica, como lo hicieron en Centralville. Eran miles y miles. ¿No puedes entenderlo, Don?

—Escucha, Juju, claro que lo entiendo. Si vosotros tenéis miedo de usar los tres helicópteros que os quedan, podríais mandarlos aquí, con algunos hombres que vieran cómo hacemos las cosas. Si voy a liberaros a todos sin ayuda, algunos helicópteros más me vendrían muy bien.

—Novas a liberarnos, vas a incinerarnos, ¡pedazo de estúpido! Manda ese helicóptero que te queda aquí a Central, ahora mismo: es una orden personal del coronel, como comandante efectivo. Utilízalo para mandar aquí a tus hombres; doce viajes, en cuatro días locales podrás hacerlo. Acata esas órdenes y manos a la obra.

Clic, había cortado… tenía miedo de seguir discutiendo con él.

Al fin empezó a preocuparle que pudieran mandar los tres helicópteros y bombardear o ametrallar el Campamento Nueva Java; porque técnicamente, él, Davidson, estaba desobedeciendo órdenes, y al viejo Dongh no le gustaba la gente independiente. Bastaba ver cómo se las había tomado ya con Davidson, a causa de esa incursión insignificante en represalia por lo de Campamento Smith. La iniciativa era castigada. Lo que a Ding Dong le gustaba era la sumisión, como a la mayoría de los oficiales. El peligro era que el oficial mismo podía volverse sumiso. Davidson comprendió finalmente, con genuina sorpresa, que los helicópteros no representaban ninguna amenaza para él, pues Dongh, Sereng, Gosse y hasta Benton tenían miedo de mandarlos. Los creechis les habían ordenado conservar los helicópteros dentro del Reducto Humano: y estaban obedeciendo órdenes.

Cristo, le daba náuseas. Era tiempo de actuar. Habían estado esperando de brazos cruzados durante casi dos semanas. Él tenía su campamento bien defendido; habían reforzado la empalizada para que ningún hombre mono enano y verde pudiese saltarla, y ese chico tan hábil, Aabi, había armado montones de minas terrestres y las había sembrado alrededor de la empalizada en un círculo de cien metros. Era hora de demostrar a los creechis que a esos borregos de Central podían llevarles por las narices, pero que aquí, en Nueva Java, era con hombres con quienes tenían que habérselas. Salió en el helicóptero y con él guió a un escuadrón de infantería de quince hombres hasta una madriguera creechi al sur del campamento. Había aprendido a localizarlas desde el aire; lo que las delataba eran los huertos, las concentraciones de ciertos tipos de árboles, aunque no los plantaban en hileras como los humanos. Era increíble la cantidad de madrigueras que aparecían una vez que uno aprendía a localizarlas. El bosque era un verdadero vivero. El grupo invasor incendió a mano esa madriguera, y luego, en el vuelo de regreso con un par de los muchachos, Davidson localizó otra, a menos de cuatro kilómetros del campamento. En, ésa, sólo para dejar su firma bien clara y que todos pudieran leerla, dejó caer una bomba. Una simple bomba incendiaria, no una de las grandes, pero cómo hizo volar la piel verde. Dejó un enorme agujero en el bosque, y los bordes del agujero estaban en Ramas.

Naturalmente, ésa seda su auténtica arma cuando llegase la hora de las represalias en masa. Incendios en los bosques. Con bombas y gelinita arrojadas desde el helicóptero, podía arrasar con fuego cualquiera de esas islas. Tendría que esperar un mes o dos, hasta que pasara la estación de las lluvias. ¿Por dónde empezaría, por King, Smith o Central? King primero, quizá, a modo de advertencia, ya que allí no quedaban humanos.

Luego Central, si no reaccionaban por las buenas.

—¿Qué diantre está tratando de hacer? —dijo la voz en la radio, y Davidson no pudo menos que sonreír, tan agónica sonaba, como una vieja a la que tienen contra la pared —. ¿Se da cuenta de lo que está haciendo, Davidson?

—Ajá.

—¿Se imagina que va a vencer a los creechis?

No era Juju esta vez; quizá el sabihondo de Gosse, o cualquiera de ellos; ninguna diferencia: todos balaban baa baa.

—Sí, eso creo —dijo Davidson con irónica mansedumbre.

—¿Supone que si sigue quemando aldeas irán a buscarlo para rendirse… tres millones?

¿Eso supone?

—Tal vez.

—Mire, Davidson —dijo la radio, al cabo de un momento, zumbando y gimiendo; estaban utilizando un equipo de emergencia, ya que habían perdido el transmisor grande, junto con ese ansible de pacotilla que más valía perderlo —. Oiga, ¿hay alguien más allí con quien podamos hablar?

—No; todos están muy ocupados. Mire, por aquí todo anda de perlas, pero nos hemos quedado sin postres, sabe, ensalada de frutas, melocotones, esas menudencias. Y algunos de los muchachos las echan de menos, realmente. Y estábamos esperando una partida de marihuana cuando los volaron a ustedes. Si mando hasta allí un helicóptero, ¿podrían separarnos unos cuantos cajones de golosinas y un poco de hierba?

Una pausa.

—Sí, mándelo, y nada más.

—Fantástico. Preparen las cosas en una red, para que los muchachos puedan pescarlas sin necesidad de aterrizar.

Sonrió mostrando los dientes.

Hubo algunas idas y venidas allá en Central, y de pronto el viejo Dongh apareció en la línea, la primera vez que le hablaba a Davidson. La voz sonaba débil y sin aliento en la crepitante onda corta.

—Escuche, capitán, quiero saber si se da cuenta realmente de las medidas que tendré que tomar por las acciones que usted está dirigiendo en Nueva Java; si continúa desobedeciendo las órdenes. Estoy tratando de razonar con usted como soldado leal y razonable. A fin de garantizar la seguridad de mi gente aquí en Central, entienda que me veré en la necesidad de informar a los nativos de que no podemos asumir absolutamente ninguna responsabilidad por las acciones de usted.

—Eso es correcto, señor.

—Lo que estoy tratando de hacerle entender es que esto significa que nos veremos obligados a tener que decirles que no podemos impedir que usted viole la tregua allá en Java. El personal ahí es de sesenta y seis hombres, ¿correcto?; pues bien, quiero tener a esos hombres sanos y salvos aquí en Central con nosotros para esperar la llegada del Shackleton y mantener unida la Colonia. Usted está empeñado en una carrera suicida y soy responsable por los hombres que están ahí con usted.

—No, usted no es responsable, señor. Yo lo soy. Usted quédese tranquilo. Pero cuando vean la selva en llamas, corran y busquen algún Desmonte. No queremos asarlos vivos junto con los creechis.

—Escuche ahora, Davidson, le ordeno entregar inmediatamente el mando al teniente Temba y presentarse aquí —dijo la voz distante y llorosa, y Davidson, asqueado, apagó la radio de golpe.

Estaban todos locos de remate, todavía jugando a los soldados, fuera de todo contacto con la realidad. Eran en verdad muy pocos los hombres capaces de enfrentar la realidad cuando las cosas se ponían difíciles.

Tal como esperaba, los creechis no reaccionaron a los ataques a las madrigueras. El único modo de tenerlos a raya, como él lo había sabido desde el principio, era aterrorizarlos y no darles cuartel. De esa manera, ellos sabían quién mandaba, y se mostraban sumisos. Al parecer, y en un radio de treinta kilómetros, los creechis abandonaban las aldeas antes de que él llegara, pero continuaba enviando hombres a incendiarlas cada tres o cuatro días.

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