Ursula Le Guin - El nombre del mundo es Bosque

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El nombre del mundo es Bosque: краткое содержание, описание и аннотация

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Dentro de la gran tradición literaria de las utopías y anti-utopías que se inicia en el siglo XVII,
descubre un universo dinámico y en equilibrio que se mantiene en el tiempo de acuerdo con leyes propias que no admiten la intromisión del hombre. En el planeta Athshe, el ciclo de la vida, la cultura las costumbres, los modos mentales nacen y se desarrollan en la estabilidad autónoma del cosmos.

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—Adiós, entonces —dijo Selver, y se alejó con su grupo.

—No son tan estúpidos —dijo la matriarca de Berre cuando acompañaba a Selver a Endtor —. Pensaba que semejantes gigantes tenían que ser estúpidos, pero se dieron cuenta de que eres un dios; lo vi en sus caras al final de la charla. Qué bien hablas esa jerga. Feos son, ¿crees que sus hijos tampoco tendrán pelos?

—Eso nunca lo sabremos, espero.

—Aj, imagínate dar de mamar a un niño que no tiene pelo. Como tratar de amamantar a un pez —Están todos locos —dijo el viejo Tubab con una expresión de profunda tristeza —. Lyubov no era así, cuando venía a Tuntar. Era ignorante, pero sensible. Pero éstos discuten, y se burlan del viejo, y se odian unos a otros, así —y torció la cara gris para imitar la expresión de los terráqueos, cuyas palabras, naturalmente, no había podido entender —. ¿Fue eso lo que tú les dijiste, Selver, que están locos?

—Les dije que estaban todos enfermos. Pero no olvidemos que han sido derrotados, y heridos, y encerrados en esa jaula de piedra. Después de eso cualquiera podría estar enfermo p por lo tanto, necesitar curarse.

—Quién les va a curar —dijo la matriarca de Berre —si todas sus mujeres están muertas.

Mala suerte. Pobres cosas feas… grandes arañas desnudas, eso son, ¡aj!

—Son hombres, hombres, igual que nosotros —dijo Selver, la voz aguda y afilada como un cuchillo.

—Oh, mi amado señor dios, eso lo sé, sólo quise decir que parecen arañas —dijo la anciana, acariciándole la mejilla —. Escuchad, vosotros: Selver está extenuado con todo este ir y venir entre Endtor y Eslisen; sentémonos un ratito a descansar.

—Aquí no —dijo Selver. Todavía estaban en las Tierras Mutiladas, entre tocones y pendientes herbosas, bajo el cielo desnudo —. Cuando lleguemos a los árboles…

Se tambaleó, y aquellos que no eran dioses lo ayudaron a avanzar por el camino.

7

Davidson le encontró una utilidad a la grabadora del comandante Muhamed. Alguien tenía que registrar los sucesos de Nueva Tahití, hacer una historia de la crucifixión de la Colonia Terráquea. Para que cuando llegasen las naves desde la Madre Tierra pudieran conocer la verdad. Para que las futuras generaciones supieran de cuánta deslealtad, cobardía y estupidez eran capaces los humanos, y de cuánto coraje mostraban en la adversidad. En sus momentos libres —no mucho más que momentos desde que había asumido el mando —grababa toda la historia de la masacre de Campamento Smith, y llevaba al día los registros de Nueva Java, así como los de Isla King y Central, lo mejor que podía con ese histérico parloteo adulterado que era lo único que recibía a guisa de noticias desde el cuartel general de Central.

Exactamente lo que había sucedido allí, nadie lo sabría jamás, excepto los creechis, pues los humanos estaban tratando de esconder sus propias traiciones y errores. Las líneas generales eran claras; sin embargo. Una pandilla organizada de creechis, capitaneada por Selver, había tenido acceso al Arsenal y los hangares, y provista de dinamita, granadas, fusiles y lanzallamas se había desbandado por la ciudad destruyéndola y asesinando a los humanos. Que habían contado con la complicidad de alguien del poblado, lo probaba el hecho de que el primer edificio que volaron fuera el cuartel general. Lyubov, por supuesto, había estado en la traición, y sus verdes amiguitos del alma se lo habían agradecido como era de esperar, cortándole el gañote lo mismo que a los otros. Al menos Gosse y Benton pretendían haberlo visto muerto a la mañana siguiente de la masacre. Aunque en realidad, ¿se podía creer lo que dijera cualquiera de ellos? Estaba plenamente justificado suponer que de los humanos que quedaban con vida en Central después de aquella noche, todos, quien más quien menos, eran traidores.

Traidores a su propia raza.

Las mujeres estaban todas muertas, aseguraban. Esto era ya bastante grave pero había algo peor: podía no ser cierto. Era fácil para los creechis esconder prisioneros en los bosques, y nada más fácil de atrapar que una chica que huye despavorida de una ciudad en llamas. ¿Y no les gustaría a los pequeños demonios verdes apoderarse de una muchacha humana y tratar de experimentar con ella? Sabe Dios cuántas de las mujeres seguían con vida en las madrigueras de los creechis, atadas de pies y manos en una de esas hediondas cuevas subterráneas, toqueteadas y manoseadas y ensuciadas por los inmundos, los peludos pigmeos antropoides. Era inconcebible. Pero por Dios, algunas veces uno tenía que ser capaz de concebir lo inconcebible.

Un helicóptero de King había lanzado a los prisioneros de Central un receptor transmisor al día siguiente de la masacre, y a partir de ese día Muhamed había grabado todas las conversaciones con Central. Lo más increíble de todo era una conversación entre Muhamed y el coronel Dongh. La primera vez que la escuchó, Davidson había arrancado la cinta del aparato y la había quemado. Ahora deseaba haberla conservado, como documento, como una prueba perfecta de la absoluta incompetencia de los comandantes, tanto en Central como en Nueva Java. La había destruido en un arranque de furia, es cierto. Pero ¿cómo hubiera podido escuchar pacientemente las voces del coronel y del comandante tramando una rendición incondicional ante los creechis, decidiendo no tornar represalias, no defenderse, renunciar a todas las armas grandes, y amontonarse todos juntos en un pedacito de tierra elegido para ellos por los creechis, un reducto que les era concedido por los generosos vencedores, las bestezuelas verdes. Era increíble, literalmente increíble.

Probablemente el viejo Ding Dong y Moo no eran en realidad traidores conscientes. Se habían vuelto locos, estaban reblandecidos. Y la culpa la tenía este planeta del demonio.

Había que tener una personalidad fuerte para aguantarlo. Había algo en el aire, tal vez el polen de todos esos árboles, que actuaba como una especie de droga, que hacía que los humanos comunes empezaran a volverse tan estúpidos y a vivir tan fuera de la realidad como los propios creechis. Para colmo, al ser tan inferiores numéricamente, eran meras piltrafas, fáciles de exterminar para los creechis.

Era una lástima que Muhamed hubiera tenido que ser eliminado pero nunca habría estado dispuesto a aceptar los planes de Davidson, eso era evidente; había ido demasiado lejos. Cualquiera que hubiese oído aquella grabación increíble pensaría lo mismo. Por eso fue mejor fusilarlo antes de que supiera realmente lo que estaba pasando, y ahora él tenía un nombre sin mancha, no como Dongh y todos los otros oficiales que seguían con vida en Central.

Dongh no había aparecido por la radio últimamente. Casi siempre hablaba Juju Sereng, de Ingeniería. Davidson había salido de juerga frecuentemente con Juju y le consideraba un amigo, pero ahora no se podía confiar en nadie. Y Juju era otro asiatiforme. En verdad, parecía raro que tantos de ellos hubiesen sobrevivido a la masacre de Centralville; de todos los hombres con quienes había hablado, el único no-asio era Gosse. Aquí en Java los cincuenta y cinco hombres leales que quedaban luego de la reorganización eran casi todos eurafs como él, algunos afros y afroasiáticos, pero ninguno asio puro. La sangre es la sangre. Uno no podía ser verdaderamente humano si no llevaba en las venas unas gotas de sangre de la Cuna del Hombre. Eso no le impediría, por supuesto, salvar a los infelices bastardos amarillos de Central, pero explicaba en parte el colapso moral y la escasa resistencia de esa gente.

—¿No te das cuenta del aprieto en que nos estás metiendo, Don? —de había preguntado Juju Sereng con esa voz insulsa que tenía —. Hemos pactado una tregua formal con los creechis. Y tenemos órdenes directas de la Tierra de no interferir en la vida de los esvis, ni tomar represalias. Y de todas maneras, ¿qué represalias podríamos tomarnos? Ahora que todos los hombres de Isla King y Central del Sur están aquí con nosotros, no llegamos a dos mil, y ¿cuántos tienes tú allí en Java, unos sesenta y cinco, no? ¿Crees de veras que dos mil hombres pueden dominar a tres millones de enemigos inteligentes, Don?

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