—Están saltando —dijo Gavving maravillado—. ¿Qué hubiera pasado si no hubiésemos venido?
—Lo hemos hecho —dijo Merril—. ¡Cógelas!
Cayeron dos grandes bolsas de cuero, y después otra mujer, saltando con la cabeza hacia abajo para alcanzar a las demás: Minya.
El Grad cortó los motores y estuvo pensando durante un momento. Era consciente de las voces que le gritaban pero era capaz de ignorar los ruidos que le estorbaban.
Recogerlas en la esclusa de aire. ¿Qué pasa con el hombre de plata? Todavía colgaba de la superficie dorsal. El Grad giró el mac para colocarlo entre el enano del traje a presión y las mujeres que caían.
Se estaban apartando. Harían falta tres operaciones. Primero, Jayan y Jinny. Se miraban la una a la otra con las manos entrelazadas, como cuando se desmanteló el Árbol de Dalton-Quinn. Parecían bastante tranquilas para las circunstancias. El mac se movió hacia ellas cuidadosamente.
El hombre de plata trepaba alrededor de la esclusa de aire.
—Agarraos —dijo el Grad haciendo que el mac girase. Más deprisa. Su cabeza también giraba; vio malestar en las caras que había tras él. El hombre de plata, sorprendido mientras daba la vuelta a una esquina, colgaba de las manos. El Grad usó los motores nuevamente, contra el giro, e hizo chocar violentamente al hombre de plata contra el casco. Este se desprendió y voló libre.
El Grad abrió las puertas. Las gemelas aún volaban hacia él. Expelió una ligera llamarada para frenar el mac: lo detuvo junto a ellas, volvió y se movió de lado. Y ambas empezaron a trepar por el mac.
Formas azules se deslizaban por el cielo verde. Hombres de la Armada, con vainas surtidor y arcos de pie y algo grande a lo que se agarraban tres hombres.
La reunión tendría que esperar.
—Agárrate a la silla —le dijo a Clave. Minya fue la siguiente. Volaba hacia el mac como si lo hubiera hecho durante toda su vida. El Grad no puso mucho cuidado; Minya golpeó contra el casco, y apareció con la nariz ensangrentada—. Lo siento —dijo—. ¡Gavving, no te preocupes de eso, ahora siéntate en una silla! ¿Quién es la siguiente?
—Es Usa —dijo Anthon—. ¡Están disparando contra ella! ¡Grad, cógela!
—Es lo que intento hacer. ¿Necesitamos la comida y todo lo demás? —Estaba ya junto a Usa, entre ella y los hombres de la Armada que caían. Voy resplandecía a espaldas de Usa. Flechas de arcos de pie marcaron el casco… pero aquel ruido sordo no encajaba en sus esquemas. ¿Qué…?
La mirada de terror y determinación de lisa se disolvió en un sueño feliz. El lo supo antes de mirar: el hombre de plata había vuelto, con pistola escupidora y todo lo demás. Estaba en la superficie dorsal, fuera del alcance de las puertas, y Anthon había lanzado una cuerda alrededor de la cintura de Usa y estaba tirando de ella.
—Métela… —Las sillas estaban ocupadas—. Que alguien la ponga en la pared del fondo y se quede junto a ella. No toquéis ningún aparato. Debby, pon una saeta encordada en esa carcasa y tira de ella.
—El hombre de plata… —dijo Anthon.
—Está muy cerca. Si él consigue atravesar la puerta, saltad todos sobre él. La pistola escupidora no puede matar, pero si nos dispara a todos, podrá apresarnos.
Jinny informó al Grad.
—Llevamos un montón de ropa limpia y una provisión de agua.
—Ya tenemos agua. La ropa… ¿por qué no? Eh, le dije a Minya que subierais. Si lo hubieseis hecho, nunca os hubiéramos encontrado…
—Con el mac en tu poder —dijo Minya—, habrías logrado encontrarnos hasta en el cielo.
Los hombres de la Armada no habían abandonado la espesura verde situada debajo y al extremo de la rama. Bastante sorprendente. Si fallaban en el intento de capturar el mac, ¿cómo podrían alcanzar el árbol otra vez? Debían haberlo considerado útil, Denso el Grad, pero no lo era para la voluminosa cosa de materia estelar que manejaban como un arma.
La carcasa del pájaro salmón se había convertido en una negra silueta con un doloroso Voy brillando tras ella. Anthon y Debby apartaban la vista del resplandor… pero sus flechas atadas se habían clavado y estaban recogiéndolas. Quizá el hombre de plata esperaba a que alguien sacara la cabeza; nadie lo hizo. Intentó entrar cuando recogieron el paquete de ropa, y el Grad estuvo a punto de pillarlo entre las puertas que se cerraban. Aquello dejó también fuera la ropa, y un borde rojo alrededor de un diagrama amarillo.
—Nunca antes había visto el rojo. ¿Qué quiere decir?
Lawri se dignó a contestar, despectivamente.
—Emergencia. El asidero de la cuerda impide que cierre bien la esclusa.
El Grad abrió la puerta (la roja advertencia desapareció) y Debby logró introducir el paquete de ropa en el mac. El hombre de plata no intentó seguirla esta vez. Las puertas podrían herirlo. Perdió su última oportunidad: el Grad cerró las puertas y suspiró de satisfacción.
Su suspiro se cortó cuando la pantalla baja llameó limpiamente, rojo deslumbrante; luego esta visión desapareció de la ventana arqueada.
Las otras pantallas mostraron reflejos del torturante brillo escarlata.
—¿Puede dañarnos esa cosa? —Preguntó Anthon mientras Lawri gritaba:
—¡Ahora lo veréis! ¡Van a cortaros por la mitad!
Clave dijo:
—Casi nos alcanzan. Los vamos a tener en el casco si…
—¡Id a darle de comer al árbol! —les gritó el Grad a todos ellos. No podía pensar. ¿Qué podía hacerles aquella luz? Ni Klance ni Lawri la habían mencionado nunca.
Tenemos todo lo que necesitamos. Olvida el pan, olvida el agua. ¡Vete! Ellos nunca tendrán el mac.
Lawri vio cómo movía la mano y chilló.
—¡Espera! —El Grad no lo hizo. Palmeó el centro de la gran barra vertical de color azul.
Veinte — La posición de la aprendiz de científico
El aire silbaba al salir de los pulmones del Grad. Empezaba a sentirse aplastado. Su brazo izquierdo había perdido el contacto con el brazo del sillón; este había quedado tras él, empujado por su hombro al chocar. El sillón era demasiado bajo para aguantarle la cabeza. Le dolía el cuello salvajemente. Por encima del tenue quejido del motor principal pudo oír cómo sus pasajeros luchaban para respirar.
Aquello debía estar matando a los gigantes de la jungla.
El Árbol de Londres se desvanecía como un sueño por la vista de popa. En aquel momento estaban en la tormenta, y estaban ciegos. El Grad intentó levantar el brazo derecho, tocar la barra azul, acabar con la fuerza que le aplastaba. Arriba… arriba… más lejos… el brazo volvió a caerle sobre el pecho con una sacudida que le sacó la última bocanada de aire de los pulmones. Se le enturbió la vista.
La mandíbula de Lawri se hundía en su clavícula. Estaba segura de que aquello relajaría su cuello tanto como la gravedad se lo permitiera.
Vio a Jeffer que intentaba apagar el motor y supo que no podría hacerlo. Y los brazos de Lawri estaban atados.
Esto matará a algunos amotinados, pensó con admitida satisfacción. Y a mí con ellos. El láser-com podría quemar o cegar usado desde cerca, pero ciertamente casi no podría dañar el mac. Seguiría tumbada con la esperanza de que los amotinados fuesen dominados por el pánico. Lawri había triunfado incluso más allá de sus ambiciones. ¡Pero eso me está matando!
La pantalla de nubes fue sobrepasada y desapareció.
Gold estaba a la izquierda del centro de la ventana arqueada. El Anillo de Humo se arrastraba a la izquierda de Gold. Aceleraron hacia el este y un poco hacia afuera.
Este te lleva hacia afuera…
Estaban atravesando el Anillo de Humo.
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