—¿Qué debo hacer, pues?
—Yo te llevaré esta noche a un local de la categoría A. Me conocen allí todos y te presentaré como novato. Te enseñaré las artes del juego para que no te desplumen. A la salida, te vendrás a dormir a mi casa, y mañana iremos a la Atlas a buscar a tu hermano. Yo no entraré, por supuesto; me quedaré esperándote en la calle.
Alan se encogió de hombros. Empezaba a notar que estaba algo nervioso por la entrevista que iba a celebrar con su hermano y pensaba que acaso era conveniente demorarla un poco. Aunque se quedase esa noche en la ciudad, podría regresar al Recinto antes de la salida de la Valhalla.
—¿Conformes? — preguntó Hawkes.
—Conformes — contestó Alan.
Tomaron esta vez el metro. Bajaron a la estación por la escalera mecánica, Alan detrás de Hawkes. Estaba la estación profusamente iluminada, y en ella había comercios, restaurantes, vendedores de periódicos y mucho público esperando para tomar los coches.
Hawkes entregó al joven una cosa pequeña de forma ovalada que mostraba varios números grabados.
—La chapa, Alan. Tendrás que meterla en la ranura para subir en el tubo.
Pasaron por las puertas giratorias y siguieron las flechas que les llevaron al tubo de la parte occidental. Paróse uno que tenía forma de proyectil, sin ventanillas. Ya estaba casi lleno de viajeros abonados cuando entraron Hawkes y Alan; no había asientos desocupados, y todos se daban empujones y codazos para hacer valer su derecho a viajar de pie. En un rótulo al final del tubo se leía: Tubo X#3174-WS.
El viaje solamente duró unos minutos, y ellos salieron a la otra parte de la gigantesca ciudad. El barrio estaba menos concurrido, y reinaba en él menos bullicio que en el barrio comercial.
Hirió la vista de Alan un rótulo de neón, que decía:
CASA DE JUEGO
CATEGORÍA A
A la puerta había un robot en todo semejante al que había derribado Alan horas antes.
—Categoría A solamente —dijo el robot al acercarse Hawkes y su amigo—. Esta casa es para categoría A solamente.
Hawkes manipuló el fotocontacto de la puerta. Alan entró detrás de él.
La sala estaba alumbrada con poca luz, como todos los locales de espectáculos y recreo que había en la Tierra. Alan vio al fondo una doble hilera de mesas. En cada mesa había una persona que observaba un tablero en que se apagaban y encendían lámparas de diferentes colores.
Salió al encuentro de los recién llegados otro robot, el cual dijo:
—La tarjeta, por favor.
Hawkes puso su tarjeta ante los exploradores fotónicos, y el robot hizo un clic para indicar que la había examinado. Luego se apartó para dejar paso a Hawkes. Después se volvió hacia Alan y le dijo:
—Su tarjeta, por favor.
—No tengo…
—Viene conmigo —dijo Hawkes—. Aprendiz.
Un hombre con smoking gris lleno de manchas se acercó a ellos.
—Hola, Hawkes; Macintosh está aquí ya. Me ha dicho que no ibas a venir esta noche.
—En efecto, no pensaba venir; pero he mudado de parecer. Traigo conmigo a este amigo, Alan Donnell, que quiere aprender a jugar. Alan, te presento a Joe Luckman, dueño de esta casa.
Luckman saludó distraídamente al joven con una ligera inclinación de cabeza. Alan le devolvió el saludo.
—¿Quieres tu mesa de siempre? — preguntó Luckman a Hawkes.
—Si puede ser, sí.
—Puede ser. Está libre toda la noche.
Luckman los condujo por un largo pasillo al fondo de la inmensa sala, donde había una mesa desocupada. Hawkes se sentó y dijo a Alan que se pusiera detrás de él y observara con atención.
—Empezaremos en seguida.
Alan miró a su alrededor. En todas partes había hombres con la vista clavada en los tableros en que se encendían y apagaban bombillas de colores. En sus rostros había expresión de concentración profunda. En uno de los ángulos vio Alan la cara de pastel del obeso Macintosh, el jefe del Registro de No Agremiados. El funcionario estaba bañado en su propio sudor, sentado con el cuerpo muy erguido y como hipnotizado.
Hawkes dijo a Alan:
—Mira lo que hago yo. No te fijes en lo que hacen los otros. Voy a empezar.
Hawkes sacó de su bolsillo una moneda y la introdujo en la ranura que había al lado del tablero. Se iluminaron las luces de éste, luces de colores que se encendían alternativamente, en movimiento continuo, sin cesar.
—¿Qué pasa ahora?
—Se hacen combinaciones matemáticas con estas llaves —dijo Hawkes, señalando a la hilera de botones esmaltados que tenía a lo largo de uno de sus lados la máquina—. Luego, las luces empiezan a encenderse con rapidez, y así que comienzan a encenderse, uno ha de hacer su combinación… al azar, por supuesto…, uno ha de realizar la combinación que ha pensado y si acierta, gana. Hay que estar escuchando con mucha atención para oír los números que canta el croupier para adaptarlos a tu serie.
Súbitamente sonó un timbre y se apagaron las luces del tablero. Alan miró hacia los otros tableros y vio que todos estaban apagados.
El hombre que estaba en la tribuna, en el centro de la sala, carraspeó y cantó:
—Mesa 403, gana ciento. ¡403! ¡Ciento!
Un señor mofletudo que estaba sentado en una mesa situada cerca de la de Hawkes se levantó, risueño, para ir a cobrar. Hawkes dio palmadas en la mesa para llamar la atención de Alan.
—Mira aquí, ahora. Así que se iluminen los tableros, me pondré a hacer mi combinación. Compito con todos los que están aquí. Generalmente gana el más rápido. Claro está que, a veces, la ciega Fortuna te hace ganar; pero eso no es frecuente.
Alan, con un movimiento de cabeza, indicó que comprendía y se puso a mirar lo que hacían los dedos de Hawkes en los botones de control así que se iluminaron nuevamente los tableros. Los otros jugadores hacían algo por el estilo, pero ninguno con la ligereza y aire de confianza en la propia destreza que tenía Hawkes.
El croupier dio tres golpes con un macito y dijo:
—103 subprima 5.
Hawkes, presurosamente, hizo una enmienda en su ecuación. Las luces del tablero se movieron y extinguieron tan rápidamente, que Alan casi no pudo ver nada.
—377 tercer cuadrante 7.
Nueva enmienda. Hawkes miraba fijamente al tablero. Los otros jugadores estaban igualmente como fascinados. Alan observó que era posible que alguna persona se dejase hipnotizar por aquel juego y se pasase los días enteros practicándolo.
El joven se puso a mirar con atención profunda las computaciones que hacía Hawkes a medida que el croupier iba cantando los números. Empezaba a ver en qué consistía el juego, el fondo de lógica que el mismo tenía.
Se parecía algo a lo que se llamaba astrogación, y Alan poseía los rudimentos de esta ciencia. El que navega en una astronave ha de saber algo acerca de la desviación de rumbo, de los efectos de los campos magnéticos planetarios, de los meteoros y de otros obstáculos semejantes, a fin de estar preparado para vencer tales obstáculos.
En este juego pasaba lo mismo. El tablero-piloto, que estaba en la tribuna del croupier, tenía una combinación matemática hecha con anterioridad. Para ganar, los jugadores tenían que acertar esa combinación. Así que era cantada cada coordenada subsiguiente que quedaba grabada en el registrador había que computar de nuevo en términos de nuevas probabilidades, borrando las ecuaciones anteriores y sustituyéndolas por otras.
Existía siempre la probabilidad matemática de que se lograra hacer por azar una combinación idéntica a la del tablero de control; pero eso sucedía muy raras veces. En ese juego, para ganar, el jugador tenía que ser inteligente. Ganaba el primer tablero que registraba la misma combinación que el tablero-piloto.
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