David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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Por supuesto, era posible que el tiempo hubiera sublimado su recuerdo de aquella otra supercomputadora de antaño. Cíclope y sus Funcionarios habían obtenido grandes logros. Él no era quién para juzgar.

Miró alrededor cuando su escolta y él pasaron por un sector de edificios incendiados.

—Parece que aquí se produjeron grandes luchas —comentó en voz alta.

Peter frunció el entrecejo, esforzándose por recordar.

—Rechazamos a la Chusma Antitécnica precisamente ahí, junto a la vieja nave de servicios. Puede ver los transformadores y el antiguo generador de emergencia fundidos. Tuvimos que volver a las primitivas fuentes de energía, el viento y el agua, después que lo volaran.

Ennegrecidos fragmentos de maquinaria productora de energía yacían aún en montones donde los técnicos y científicos habían luchado desesperadamente para salvar la obra de sus vidas. Aquello hizo recordar a Gordon el otro asunto que le inquietaba.

—Todavía pienso que debe hacerse algo ante la posibilidad de una invasión supervivencialista, Peter. Se producirá pronto, si entendí bien a aquellos exploradores.

—Pero admite que sólo oyó fragmentos de conversación que pudo malinterpretar. —Aage se encogió de hombros—. Reforzaremos nuestras patrullas, desde luego, tan pronto como tengamos una oportunidad para hacer planes y discutir el asunto un poco más. Pero debe entender que Cíclope ha de tener en cuenta su propia credibilidad. No ha habido una movilización general desde hace diez años. Si Cíclope convoca una y la alarma resulta ser falsa… —Dejó en el aire lo que aquello implicaba.

Gordon sabía que los líderes de las aldeas del sector recelaban de su informe. No querían sacar hombres de la segunda siembra. Y Cíclope había expresado sus dudas de que las bandas holnistas pudieran organizarse para dar un importante golpe varios cientos de kilómetros costa arriba. No formaba parte de la mentalidad supervivencialista, explicó la máquina.

Gordon hubo de aceptar la palabra de Cíclope. Después de todo, sus bancos de memoria tenían acceso a todo test psicológico escrito, e incluso a todas las obras de Holn.

Quizá los exploradores de Rogue River sólo estaban preparando una pequeña escaramuza y habían hablado de grandes cosas para elevar su propia moral.

Quizá.

«Bueno, aquí estamos.»

Los que se ocupaban del establo cogieron el equipaje, compuesto por sus escasos efectos personales y tres libros tomados prestados de la biblioteca comunitaria. Ya habían ensillado su nueva montura, un hermoso y fuerte caballo castrado. Una yegua grande y tranquila cargaba los suministros y dos abultadas sacas de correo llenas de esperanzas. Si uno entre cincuenta destinatarios vivía aún, sería milagroso. Pero para ésos una simple carta significaría mucho e iniciaría el largo y lento proceso del reencuentro.

Quizás el papel que representaba hiciera algún bien; lo bastante al menos para contrarrestar una mentira.

Gordon subió al caballo. Le dio unas palmaditas y le habló al inquieto animal hasta que éste se calmó. Peter le tendió la mano.

—Volveremos a vernos dentro de tres meses, cuando pase de regreso al este.

«Casi exactamente lo que dijo Dena Spurgen. Puede que esté de vuelta incluso antes, si me armo de valor para contaros toda la verdad.»

—Cíclope promete tener un detallado informe sobre las condiciones en el norte de Oregón para sus superiores cuando usted vuelva.

Aage le retuvo la mano un momento más. Gordon volvió a sentirse intrigado. El tipo parecía como si, de algún modo, estuviese descontento por algo… algo de lo que no podía hablar.

—Buena suerte en su valioso trabajo, Gordon —dijo gravemente—. Si alguna vez puedo hacer algo para ayudar, cualquier cosa, sólo tiene que pedírmelo.

Gordon asintió. No eran necesarias más palabras, gracias a Dios. Tiró de las riendas y dio la vuelta hacia la carretera norte. El caballo de carga le seguía muy de cerca.

9. Buena Vista

Los Funcionarios de Cíclope le habían dicho que la interestatal estaba destrozada y era insegura al norte de Corvallis, así que Gordon tomó una carretera secundaria que corría paralela no muy lejos al oeste. Los cascotes y los baches le hacían avanzar con lentitud, y se vio obligado a comer en las ruinas de la ciudad de Buena Vista.

Era primera hora de la tarde, pero las nubes se estaban acumulando y en las calles llenas de escombros flotaban jirones de niebla. Por casualidad, aquel era el día que habían fijado los granjeros de la zona para reunirse en un parque del centro de la despoblada ciudad al objeto de intercambiar sus productos. Gordon charló con ellos mientras comía queso y pan de sus alforjas.

—La interestatal no está mal por aquí —le dijo uno de los lugareños, sacudiendo la cabeza perplejo—. Esos profesores no deben de venir mucho por aquí. No son hombres viajeros como usted, señor Krantz. Se les deben de haber cruzado los cables, a pesar de que les hierva la sesera. —El granjero se rió de su propio chiste.

Gordon no mencionó que su itinerario había sido planeado por el mismo Cíclope. Dio las gracias al individuo y volvió a sus alforjas para sacar el mapa que le habían dado.

Estaba lleno de una serie de gráficos computerizados en la que estaba señalado con finas marcas el camino que debería seguir para establecer una red postal en la parte norte de Oregón. Le habían dicho que el itinerario estaba pensado para protegerlo con la mayor eficacia posible de peligros tales como áreas fuera de la ley y el cinturón de radiactividad cercano a Portland.

Gordon se mesó la barba. Cuanto más examinaba el mapa, más crecía su desconcierto. Cíclope tenía que saber lo que hacía. Pero el tortuoso camino parecía cualquier cosa menos eficaz.

Contra su voluntad comenzó a sospechar que estaba pensado para alejarlo de su camino. Para hacerle perder tiempo, más que para ahorrárselo.

Pero ¿por qué querría Cíclope tal cosa?

No podía tratarse de que la supermáquina temiese que se entrometiera. Gordon sabía lo que tenía que decir para calmar tal ansiedad: recalcar que EE UU Restablecidos no tenían deseo alguno de inmiscuirse en los asuntos locales. Cíclope había parecido creerle.

Bajó el mapa. El tiempo estaba cambiando con el descenso de las nubes, que oscurecían la parte superior de los ruinosos edificios. En la sucia calle la niebla flotaba formando ligeros remolinos entre él y el cristal del escaparate que aún permanecía intacto en la fachada. De pronto acudió a su mente el recuerdo de otro cristal visto a través de gotas de agua disperas.

«La cabeza de la muerte… el cartero sonriendo, su esquelética cara superpuesta a la mía.»

Se estremeció cuando lo asaltó otro recuerdo. Los jirones de niebla llevaron a su mente el vapor helado, su reflejo en la fría pared de cristal cuando se encontró con Cíclope en Corvallis, y la sensación que experimentó al observar las hileras de lucecitas destellantes, que formaban ondas siguiendo la misma pauta una y otra vez.

Repitiendo…

De repente, sintió un escalofrío en la columna vertebral.

—No —susurró—. Por favor, Dios mío. —Cerró los ojos y sintió una casi sobrecogedora necesidad de cambiar el curso de sus pensamientos hacia el tiempo, la insidiosa Dena o la bonita Abby de Pine View, o a cualquier cosa menos…

—Pero, ¿quién haría algo semejante? —protestó en voz alta—. ¿Por qué iban a hacerlo?

Se dio cuenta, contra su voluntad, de que sabía por qué. Era un experto en la razón más poderosa por la cual la gente mentía.

Se acordó de los ennegrecidos escombros situados detrás de la Morada de Cíclope, y se encontró al mismo tiempo preguntándose cómo los técnicos podían haber hecho lo que decían haber hecho. Desde dos décadas atrás, Gordon había dejado de especular sobre la física y lo que podía o no podía hacerse con la tecnología. Durante aquellos años se había dedicado a luchar para sobrevivir, y a sus constantes sueños sobre un dorado lugar de renovación. No estaba ya capacitado para decir lo que era posible o no.

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