David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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Los científicos comían bien, recordó Gordon. Y ninguno de los granjeros se quejaba nunca.

—No es culpa tuya —le dijo a la silenciosa máquina, en voz baja—. Tú realmente podrías haber diseñado las herramientas, compensar todas las habilidades perdidas, ayudándonos a encontrar el camino de vuelta. Tú y tus semejantes sois lo más grande que hemos hecho nunca…

Se entristeció al recordar la cálida y sabia voz de Minneapolis, que había oído tanto tiempo atrás. Se le nubló la vista.

—Tienes razón, Gordon. No es culpa de nadie.

Se quedó pasmado. Tuvo una fugaz y ardiente esperanza de haber estado en un grave error. ¡Era la voz de Cíclope!

Pero no había salido del altavoz. Se volvió rápidamente y vio… que un hombre viejo y enjuto estaba sentado en el rincón de la habitación a oscuras, detrás de él, observándolo.

—Vengo aquí con frecuencia —dijo el anciano con la voz de Cíclope. Una voz triste, llena de pesar—. Vengo a reunirme con el espectro de mi amigo, que murió hace tanto tiempo, aquí mismo, en esta estancia.

El viejo se inclinó un poco hacia adelante. Una luz perlada brilló en su cara.

—Me llamo Joseph Lazarensky, Gordon. Yo construí a Cíclope hace muchos años. —Se miró las manos—. Yo supervisé su programación y adecuación. Lo quería como a un hijo.

»Y como cualquier buen padre, estaba orgulloso de saber que sería un ser humano más perfecto y bueno de lo que yo había sido.

Lazarensky suspiró.

—Sobrevivió realmente al inicio de la guerra. Esa parte de la historia es cierta. Cíclope estaba en una caja Faraday, a salvo de las vibraciones producidas por la batalla. Y allí permaneció mientras luchábamos por mantenerlo con vida.

»La primera y única vez que he matado a un hombre fue en la noche de las Revueltas Antitécnicas. Ayudé a defender la central eléctrica, disparando como un loco.

»Pero de nada sirvió. Los generadores fueron destruidos, aun cuando llegó al fin el ejército para rechazar a la multitud enloquecida… demasiado tarde. Minutos, años demasiado tarde.

Extendió las manos.

—Como parece haber imaginado, no hubo nada que hacer después de aquello… nada más que sentarse junto a Cíclope y verlo morir.

Gordon permaneció muy quieto, de pie en la luz cenicienta y espectral. Lazarensky prosiguió:

—Albergábamos grandes esperanzas, usted lo sabe. Ya habíamos concebido el Proyecto Milenium antes de los disturbios. O debería decir que Cíclope lo concibió. Ya tenía el esbozo de un programa para reconstruir el mundo. Necesitaba un par de meses, dijo, para perfilar los detalles.

Gordon sintió como si su cara se hubiera convertido en piedra. Esperó en silencio.

—¿Sabe algo sobre ampollas de memoria cuántica, Gordon? Comparadas con ellas, las acopladuras Josephson están hechas de cañas y barro. Las ampollas son tan ligeras y frágiles como la mente. Permiten elaborar pensamientos en un tiempo un millón de veces menor que las neuronas. Pero deben conservarse super-congeladas. Y una vez destruidas, no pueden rehacerse.

»Tratamos de salvarlo, pero no lo logramos. —El viejo volvió a bajar la vista—. Preferiría haber muerto yo, aquella noche.

—Así pues, decidió llevar a cabo el plan por su cuenta —sugirió secamente Gordon.

Lazarensky meneó la cabeza.

—Usted es más juicioso, por supuesto. Sin Cíclope la tarea habría sido imposible. Todo lo que pudimos hacer fue mantener una apariencia. Una ilusión.

»Ofrecía un camino para sobrevivir en la edad oscura que se acercaba. A nuestro alrededor sólo había caos y suspicacia. El único instrumento que teníamos nosotros los pobres intelectuales era algo débil y vacilante llamado esperanza.

—¡Esperanza! —Gordon rió amargamente. Lazarensky se encogió de hombros.

—Venían peticionarios a hablar con Cíclope, y hablaban conmigo. No es difícil, generalmente, dar buenos consejos, consultar técnicas sencillas en libros, o mediar con sentido común en disputas. Creen en la imparcialidad de una computadora como jamás confiarían en la de un hombre.

—Y cuando no encuentra una respuesta con sentido común, asume la función de oráculo.

De nuevo se encogió de hombros.

—Funcionó en Delfos y en Efeso, Gordon. Y honestamente, ¿qué mal hay en ello? La gente de Willamette ha visto demasiados monstruos sedientos de poder en los últimos veinte años para unirse bajo el mandato de ningún hombre o grupo de hombres. ¡Pero recuerdan las máquinas! Como recuerdan ese antiguo uniforme que usted lleva, incluso cuando en tiempos mejores lo trataban con frecuencia sin ningún respeto.

Se oyeron voces en el vestíbulo. Pasaron cerca, luego se alejaron. Gordon reaccionó.

—Tengo que salir de aquí.

—Oh, no se preocupe por los demás. Hablan y no actúan. No son como usted —dijo Lazarensky sonriendo.

—No me conoce —masculló Gordon.

—¿No? Como Cíclope, he conversado con usted durante horas. Y mi hija adoptiva y el joven Peter Aage me han hablado de usted ampliamente. Sé mucho más de lo que se imagina.

»Usted es una rareza, Gordon. De alguna forma, ahí fuera, en el salvajismo, logró conservar una mentalidad moderna, mientras adquiría una fortaleza adecuada a estos tiempos. Incluso si ésos que están ahí trataran de hacerle daño, usted los vencería.

Gordon fue hasta la puerta, después se volvió y miró por última vez el tenue fulgor de la máquina muerta, las diminutas luces ondulando indefinidamente, desesperadamente.

—No soy tan listo. —Tenía un nudo en la garganta—. ¡Simplemente creía!

Su mirada se cruzó con la de Lazarensky y la mantuvo, hasta que al fin el anciano bajó los ojos, incapaz de responder. Gordon salió, dejando la helada cripta y sus cadáveres tras de sí.

12. Oregón

Regresó al lugar donde había dejado atado su caballo en el momento en que el leve resplandor del alba iluminaba el cielo por el este. Montó, y con los talones guió a la potra por la vieja carretera de servicio hacia el norte. Sentía dentro de sí un hondo pesar, como si un enorme frío hubiera paralizado su corazón. Nada podía moverse en su interior, por miedo a destrozar algo bamboleante, precario.

Tenía que alejarse de aquel lugar. Eso estaba absolutamente claro. Que los necios se quedaran con sus mitos. ¡Él ya había acabado con eso!

No volvería a Sciotown, donde había dejado las sacas. Ahora, todo quedaba atrás. Comenzó a desabotonar la camisa de su uniforme, con la idea de tirarla a una zanja cercana a la carretera, junto con la parte que le correspondía en toda aquella falsedad. Una frase resonó en su cabeza inesperadamente.

«¿Quién asumirá la responsabilidad ahora…?»

¿Qué? Sacudió la cabeza para despejarla, pero las palabras no querían irse.

«¿Quién asumirá la responsabilidad ahora, por estos niños estúpidos?»

Gordon maldijo y se atrincheró en su decisión. El caballo aceleró hacia el norte, lejos de todo cuanto había valorado sólo la mañana anterior… pero ahora sabía que era una ficción de Potemkin. Un maniquí barato de una tienducha. Oz.

«¿Quién asumirá la responsabilidad…?»

Esas palabras resonaron una y otra vez en su cabeza, firmemente asentadas como una tonada de la que es imposible librarse. Al fin se dio cuenta de que seguía el mismo ritmo que las luces parpadeantes de la vieja y difunta máquina, luces que formaban ondas una y otra vez.

«… por estos niños estúpidos?»

La potra siguió trotando a la luz del alba pasando por delante de huertos bordeados por hileras de coches inservibles; de pronto una extraña idea penetró en la mente de Gordon. ¿Y si en los últimos momentos de su vida, cuando las últimas gotas de helio líquido se evaporaban y penetraba el calor letal, el último pensamiento de la inocente y sabia máquina hubiera quedado atrapado en una onda, retenido en circuitos periféricos, para destellar desamparadamente una y otra vez?

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