David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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«Hielo seco», advirtió Gordon. Un denso vapor se filtraba por la agrietada tapa del contenedor aislante.

Otra voz resonó apagada junto a la puerta.

—Ah, ten calma. A Cíclope no le pasará nada por esperar un minuto o dos más.

La puerta se abrió al fin y la luz inundó el corredor, acompañada del duro golpeteo de una vieja grabación de rock and roll.

—¿Por qué has tardado?

—¡Estaba jugando una partida! He llegado hasta cien mil en Comando Misil, y no quería interrumpir.

La puerta, al cerrarse impidió oír el resto de fanfarronadas de Elmer, Gordon franqueó las puertas dobles batientes y cruzó con rapidez el vestíbulo. Poco después llegó ante otra habitación cuya puerta estaba entornada. De su interior salían una estrecha línea de luz y los sonidos de una discusión de madrugada. Gordon se detuvo al reconocer algunas de las voces.

—Sigo pensando que debemos matarlo —dijo una voz que parecía pertenecer al doctor Grover—. Ese sujeto puede arruinar todo lo que hemos levantado aquí.

—Oh, estás exagerando el peligro, Nick. No creo que constituya una amenaza tan importante —era la voz de la Funcionaría más vieja. Ni siquiera pudo recordar el nombre—. El tipo parecía realmente amable e inofensivo —añadió.

—¿Sí? ¿Oíste bien las preguntas que le planteaba a Cíclope? No es uno de esos paletos en que se ha convertido nuestro ciudadano medio después de todo este tiempo. ¡Ese tipo es agudo! ¡Y recuerda una tremenda cantidad de cosas de los viejos tiempos!

—¿De veras? Tal vez debiéramos intentar reclutarlo.

—¡De ningún modo! Cualquiera puede ver que es un idealista. Nunca aceptaría. ¡Nuestra única opción es matarlo! ¡Ahora! Y esperar a que pasen años hasta que envíen a otro a ocupar su puesto.

—Sigo creyendo que estás loco —respondió la mujer—. ¡Si la pista de ese acto condujera hasta nosotros, las consecuencias serían desastrosas!

—Estoy de acuerdo con Marjorie —era la voz del doctor Taigher—. Si nos descubrieran, no sólo la gente, nuestra gente de Oregón, se volvería contra nosotros, sino que nos enfrentaríamos a las represalias del resto del país.

Se produjo una larga pausa.

—Todavía no estoy convencido en absoluto de que…

—Pero Grover fue interrumpido, esta vez por la moderada voz de Peter Aage:

—¿Habéis olvidado todos la razón principal por la cual nadie debe tocarlo, ni interferirse en su camino?

—¿Cuál es?

La voz de Peter adoptó un tono calmado.

—Dios mío, ¿no se te ha ocurrido pensar en quién es y en lo que representa? ¡Tan bajo hemos caído, para pensar siquiera en hacerle daño, cuando en realidad le debemos lealtad y toda clase de ayuda que podamos prestarle!

—Estás predispuesto en su favor porque rescató a tu sobrino, Peter —dijo el otro sin convicción.

—Quizás. Y también es posible que sea por lo que Dena tiene que decir sobre él.

—¡Dena! —Grover hizo un gesto desdeñoso—. Una niña presumida con ideas extravagantes.

—De acuerdo. Pero aun concediéndole eso, están las banderas.

—¿Banderas? —ahora había perplejidad en la voz del doctor Taigher—. ¿Qué banderas?

La mujer respondió, pensativamente:

—Peter se está refiriendo a las banderas que los aldeanos han estado izando en todas las villas de los alrededores. Ya sabes, la Vieja Gloria. Las Barras y las Estrellas. Deberías salir más, Ed. Pulsar lo que la gente piensa. Nunca he visto nada que animase tanto a los aldeanos como esto, ni siquiera en tiempos anteriores a la guerra.

Se produjo otro largo silencio antes de que alguien hablara de nuevo. Entonces Grover dijo, suavemente:

—Me pregunto qué piensa Joseph de todo esto.

Gordon frunció el entrecejo. Todas las voces pertenecían a los Funcionarios de Cíclope que había conocido. Pero no recordaba haber sido presentado a nadie llamado Joseph.

—Joseph se ha acostado temprano —respondió Taigher—. Y a eso iba ahora. Volveremos a discutir este asunto más adelante, en el momento que podamos hacerlo racionalmente.

Gordon se apresuró por el vestíbulo cuando unos pasos se acercaron a la puerta. No le preocupaba mucho tener que dejar su lugar de espionaje. De todas formas, las opiniones de los que estaban en la habitación carecían de importancia. Totalmente.

Había una sola voz que quería oír en aquel momento, y se dirigió al lugar donde la había oído antes.

Dobló una esquina y se encontró en el elegante corredor donde vio por vez primera a Herb Kalo. Ahora estaba a oscuras, pero eso no le impidió llegar a la sala de reuniones con toda facilidad. Tenía la boca seca cuando entró sigilosamente en la cámara, cerrando la puerta tras de sí. Dio un paso adelante, luchando, contra el impulso de andar de puntillas.

Más allá de la mesa de conferencias, una tenue luz brillaba sobre el cilindro gris al otro lado del muro de cristal.

—Por favor —deseó—, demuéstrame que estoy equivocado.

Si lo hubiera estado, seguramente Cíclope se divertiría por la cadena de errores que terminaba en tal deducción. ¡Cuánto deseaba reírse en compañía de la máquina de su estúpida paranoia!

Se aproximó a la gran barrera de cristal que dividía la estancia y al altavoz situado al final de la mesa.

—¿Cíclope? — susurró, acercándose más y aclarando su seca garganta—. Cíclope, soy yo, Gordon.

El resplandor de la perlada lente estaba amortiguado. Pero la hilera de lucecitas seguía destellando, siguiendo la compleja pauta que se repetía una y otra vez como el mensaje urgente de un barco lejano en algún código desconocido, siempre el mismo hasta hipnotizar.

Gordon sintió que le inundaba un frenético pánico, como cuando, en su adolescencia, encontró a su abuelo completamente inmóvil en la mecedora del porche y temió que hubiese muerto.

El movimiento de las luces se repetía, una y otra vez.

Gordon se preguntó cuánta gente podía recordar, tras el infierno de los últimos diecisiete años, que las visualizaciones de una gran computadora nunca se repetían. Gordon recordó a un amigo informático que le había explicado que las pautas de luz eran como los copos de nieve, ninguno igual a otro, nunca.

—Cíclope — dijo serenamente—, ¡respóndeme! Exijo tu respuesta en nombre de la honradez. En nombre de Estados Uni…

Se detuvo. No pudo obligarse a relacionar su mentira con la otra. Allí, a la única mente viva que podría engañar sería a la suya.

La habitación era más cálida de lo que le había parecido durante la entrevista. Buscó y encontró los pequeños respiradores a través de los cuales el aire frío podía ser dirigido a un visitante que se sentara en la silla de invitados para dar la impresión de que hacía un intenso frío tras el muro de cristal.

—Hielo seco —murmuró—. Para engañar a los ciudadanos de Oz.

La propia Dorothy no habría podido sentirse más traicionada. Gordon había estado dispuesto a dar su vida por lo que parecía existir allí. Y ahora sabía que no era más que un engaño. Un medio para que un puñado de sofisticados supervivientes despojaran a sus vecinos de comida y ropa, haciéndoles sentirse agradecidos por ese privilegio.

Creando el mito del Proyecto Milenium y un mercado para los restos electrónicos habían logrado convencer a los lugareños de que las viejas máquinas eléctricas eran de gran valor. Por todo el bajo Willamette Valley, la gente atesoraba ahora electrodomésticos, utensilios y juguetes, porque Cíclope los aceptaría a cambio de su consejo.

Los «Funcionarios de Cíclope» lo habían dispuesto de forma que gente sensata como Herb Kalo apenas tomase en consideración el diezmo en comida y otras mercancías que se añadía para los Funcionarios.

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