Aunque le apenaba tener que dar aquella noticia, esperaba que fuera un buen presagio de poder empezar a decir la verdad.
Cíclope se quedó silenciosa un largo instante. Seguramente fue la imaginación de Gordon lo que oyó un leve suspiro, casi un sollozo.
Durante la pausa, las diminutas luces siguieron destellando, como haciendo señales una y otra vez en algún secreto lenguaje. Gordon sabía que tenía que seguir hablando o se perdería en aquel hipnótico movimiento.
—Mmm, de hecho, Cíclope, la mayoría de las grandes computadoras murieron en los primeros segundos de la guerra. Por las vibraciones electromagnéticas. No puedo evitar sentirme intrigado por saber cómo sobreviviste tú.
—Ésa es una buena pregunta. Sobreviví gracias a un afortunado accidente de cronometraje. La guerra estalló en el Día del Visitante, aquí, en el Laboratorio. Cuando llegaron las vibraciones yo estaba por casualidad en mi caja Faraday haciendo una demostración pública. O sea que…
Interesado como estaba en la historia de Cíclope, Gordon experimentó una momentánea sensación de triunfo. Él había tomado la iniciativa en esta entrevista, haciendo preguntas exactamente como lo haría un «Inspector Federal». Echó una ojeada a los rostros sobrios de los Funcionarios humanos y supo que había logrado una pequeña victoria. Verdaderamente se lo estaban tomando muy en serio.
Tal vez aquello saldría bien, después de todo.
Aun así, evitó mirar las ondas de luces. Y pronto notó que comenzaba a sudar, pese a la frialdad del lugar, cerca del panel de vidrio superhelado.
Las reuniones y negociaciones concluyeron en cuatro días. De pronto, antes de estar realmente preparado, llegó de nuevo la hora de partir. Peter Aage caminaba a su lado, ayudándole a llevar sus dos ligeras alforjas hacia los establos donde les estaban preparando las monturas.
—Siento que esto le haya hecho perder tanto tiempo, Gordon. Sé que ha estado ansioso por volver a su tarea de reorganizar la red postal. Cíclope sólo quería fijar el mejor itinerario para usted, para que pueda atravesar el norte de Oregón con mayor facilidad.
—Está bien, Peter. —Gordon se encogió de hombros, fingiendo—. El retraso no me ha perjudicado, y aprecio la ayuda.
Anduvieron un rato en silencio; los pensamientos de Gordon eran una vorágine. «Si Peter supiera hasta qué punto hubiese preferido quedarme. Si hubiera algún medio…»
Gordon había llegado a apreciar la austera comodidad de su habitación de invitado, frente a la Morada de Cíclope, las abundantes y agradables comidas en la sala de Funcionarios, la impresionante biblioteca de libros bien cuidados. Quizás echaría de menos sobre todo la luz eléctrica junto a su cama. Las cuatro últimas noches había leído hasta quedarse dormido, un hábito de juventud que había despertado enseguida tras un largo sueño.
Un par de guardianes con chaqueta marrón se llevaron la mano a la gorra cuando Gordon y Aage doblaron la esquina de la Morada de Cíclope y empezaron a cruzar un campo abierto en su camino hacia los establos.
Mientras esperaba a que Cíclope concluyera su itinerario, Gordon había visitado gran parte del área que rodeaba Corvallis y hablado con docenas de personas sobre el cultivo científico, sobre la sencilla pero técnicamente avanzada artesanía y sobre la teoría existente tras la libre confederación que hacía posible la paz de Cíclope. El secreto del valle no tenía complicaciones. Nadie quería luchar, pues eso significaba quedar excluido del prodigioso cuerno de la abundancia prometido por la gran máquina para algún día.
Pero una conversación en particular se le quedó grabada. La había mantenido la noche anterior con la Funcionaria de Cíclope más joven, Dena Spurgen.
Ella lo había retenido hasta muy tarde junto al fuego de la sala de Funcionarios, con dos de sus emisarias por carabinas, sirviéndole tazas de té hasta que le salía por las orejas, importunándolo con preguntas sobre su vida de antes y después de la guerra.
Gordon había aprendido muchos trucos para evitar mostrarse demasiado específico sobre los «Estados Unidos Restablecidos», pero carecía de defensas contra aquella clase de interrogatorio. Ella parecía poco interesada en aquello que excitaba a todos los demás: el contacto con el «resto de la nación». Estaba claro que ese proceso llevaría décadas.
No, Dena quería saber cómo era el mundo precisamente antes y después de las bombas. En concreto, estaba fascinada por el horrible y trágico año que él pasó con el teniente Van y su pelotón. Quería conocer datos sobre cada hombre de la unidad, sus defectos y flaquezas, el valor o la obstinación que le hicieron continuar luchando cuando la causa ya estaba perdida.
No… no perdida. Gordon había recordado a tiempo que debía inventar un final feliz para la Batalla de Meeker County. Llegó la caballería. Los graneros fueron salvados en el último minuto. Murieron hombres buenos. No ahorró detalles sobre la agonía de Tiny Kielre, o la valiente resistencia de Drew Simms. Pero en su relato, sus luchas no fueron inútiles.
Lo contó del modo en que debería haber pasado, deseando que hubiera sido así con una intensidad que le sorprendió. Las mujeres escuchaban con profunda atención, como si aquello fuera una maravillosa historia para antes de dormir… o los datos básicos de una materia de la que tendrían que examinarse a la mañana siguiente.
«Me gustaría saber con exactitud qué es lo que están oyendo… lo que tratan de hallar en mi pequeña y tétrica historia.»
Quizá porque la Baja Willamette había estado en paz durante tanto tiempo, Dena también deseaba saber cosas de los peores hombres que había conocido… todo lo que él supiera de saqueadores, supervivencialistas y holnistas.
«El cáncer en el corazón del renacimiento de fin de siglo… Deseo que ardas en el Infierno, Nathan Holn.»
Dena siguió haciendo preguntas incluso después de que Tracy y Mary Ann se durmieran junto al fuego. Normalmente, tan íntima y admirativa atención de una mujer guapa le habría excitado. Pero no era igual que cuando estaba con Abby, en Pine View. Dena también parecía interesada por él en ese sentido, seguro. Pero lo estaba mucho más por su valor como fuente de información. Y si su estancia allí sólo iba a durar unos días, ella no dudaba lo más mínimo en el modo de pasar mejor el tiempo.
De todas formas, Gordon la encontraba abrumadora y quizás un poco obsesionada. Sin embargo sabía que lamentaría verlo marchar.
Probablemente sería la única. Gordon tenía la impresión de que la mayor parte de los Funcionarios de Cíclope se alegraban de poder deshacerse de él. Incluso Peter Aage parecía aliviado.
«Es mi papel, por supuesto. Les pone nerviosos. Acaso, en su interior, perciben cierta falsedad. Realmente no podría culparlos por eso.»
Aun en el caso de que la mayoría de los técnicos creyesen su historia, tenían pocos motivos para apreciar a un representante de un remoto «Gobierno» que seguro iba a entrometerse, antes o después, en lo que habían tardado tanto tiempo en construir. Hablaban de deseos de contacto con el mundo exterior, pero él se daba cuenta de que muchos pensaban que sería una imposición, en el mejor de los casos.
Aunque en realidad no tenían razones para temer.
Gordon todavía no estaba seguro de la actitud del mismo Cíclope. La gran máquina que había asumido la responsabilidad de todo un valle se mostró muy prudente y distante en sus últimas entrevistas. No hubo bromas ni juegos de palabras ingeniosos. Sólo una cortés y despegada seriedad. La frialdad había sido decepcionante después de recordar aquel día de antes de la guerra en Minneapolis.
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