David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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Lo condujo por una puerta lateral y un vestíbulo lleno de toda clase de objetos hasta que por fin, llegaron a una habitación en la que se oía un tenue zumbido eléctrico.

En las paredes había entramados de alambre, como hiedra trepando por un muro. Metidos en la maraña había veintenas de pequeños cubos y cilindros. Pese a los años transcurridos, Gordon reconoció de inmediato toda clase de baterías recargables, que extraían la corriente de los generadores de Corvallis.

Al otro lado de la larga estancia, tres civiles escuchaban a una persona de pelo rubio con la túnica blanca y negra de Funcionario. Gordon se sorprendió al observar que las cuatro eran mujeres jóvenes.

Aage le susurró al oído:

—Debo advertirle algo: Dena es la Funcionaria de Cíclope más joven, pero en cierto sentido es una pieza de museo. Es una feminista auténtica, convencida y luchadora.

Aage sonrió. Habían desaparecido muchas cosas con la caída de la civilización. Palabras de uso común en los viejos tiempos no habían vuelto a pronunciarse. Gordon volvió a mirar con curiosidad.

Era alta, en especial teniendo en cuenta que se trataba de una mujer que se había criado en estos tiempos. Dado que estaba de espaldas, Gordon no podía apreciar gran cosa de su aspecto, pero oyó su voz grave y segura mientras hablaba con las otras atentas jóvenes.

—Así que en vuestro próximo viaje no quiero que volváis a correr riesgos como ése, Tracy. ¿Me oyes? Me costó un año de contener la respiración con peligro de asfixiarme conseguir que nos fuera asignado este trabajo. Da igual que sea una solución lógica: que los habitantes de otras aldeas se sienten menos amenazados cuando el emisario es una mujer. ¡Toda la lógica del mundo quedaría en nada si alguna de vosotras sufriera algún daño!

—Pero Dena —protestó una morenita de aspecto vigoroso—. ¡Los de Tillamook ya habían oído hablar de Cíclope! Desde mi aldea era más fácil. Por otra parte, siempre que me acompañan Sam y Homer me hacen ir más lenta…

—¡Da igual! —interrumpió la mujer alta—. La próxima vez te llevas a esos chicos. ¡Hablo en serio! O te prometo que te haré volver a Beaverville de inmediato, a enseñar en la escuela y a tener hijos…

Se detuvo bruscamente al reparar en que sus ayudantes ya no le prestaban atención. Estaban mirando a Gordon.

—Dena, ven a saludar al Inspector —dijo Peter Aage—. Estoy seguro de que le gustará ver tus instalaciones de recarga y oír hablar de tu… obra misteriosa.

Aage se dirigió a Gordon en voz baja con una sonrisa irónica.

—Ahora, sólo podía presentarle o terminar con un brazo roto. Cuídese, Gordon. —Al aproximarse la Funcionaria, dijo en un tono más alto—: Tengo que ocuparme de otros asuntos. Volveré dentro de unos minutos para acompañarlo a la entrevista.

Gordon hizo un gesto de asentimiento y el hombre se marchó. Se sentía algo violento con aquellas mujeres que lo miraban de aquel modo.

—Basta por ahora, chicas. Os veré mañana por la tarde y planearemos el próximo viaje. —Las otras le dirigieron miradas suplicantes, pero Dena negó con la cabeza y las hizo salir de la habitación. Las tímidas sonrisas y gestos cuando Gordon las saludó con una inclinación de cabeza contrastaban con los largos cuchillos que cada una llevaba en la cadera y la bota.

Cuando Dena Spurgen le sonrió tendiéndole la mano se dio cuenta de lo joven que debía de ser.

«No podía tener más de seis años cuando estallaron las bombas.»

Su apretón fue tan firme como su comportamiento: y aun así, su suave y poco callosa mano indicaba que había pasado más tiempo entre libros que entre hoces y arados. Su ojos verdes se cruzaron con los de él examinándole abiertamente. Gordon se preguntó cuándo se había encontrado por última vez con alguien como ella.

«Minneapolis, aquel loco año del segundo curso —fue la respuesta—. Sólo que ella entonces estaba en último curso. Es sorprendente que recuerde a esa chica ahora, después de tanto tiempo.»

Dena rió.

—¿Me da permiso para anticiparme a su pregunta? Sí, soy joven y mujer, y no estoy realmente cualificada para ser una Funcionaria de pleno derecho, y mucho menos para estar al cargo de un importante proyecto.

—Perdóneme —dijo él—, pero eso estaba pensando.

—Oh, no importa. Todo el mundo me considera un anacronismo. La verdad es que fui adoptada por el doctor Lazarensky, el doctor Taigher y los demás, después que mataran a mis padres en las Revueltas Antitécnicos. Desde entonces me han mimado terriblemente, y aprendí a sacar provecho de ello. Como sin duda habrá supuesto al oír lo que he dicho a mis chicas.

Gordon decidió por último que sus facciones podían ser descritas como «bellas». Quizás un poco grandes y la mandíbula demasiado cuadrada. Pero cuando se reía de sí misma, como en aquel momento, el rostro de Dena Spurgen se iluminaba.

—En cualquier caso —agregó ella, señalando la pared cubierta de alambres y pequeños cilindros—, puede que no seamos capaces de formar a más ingenieros, pero no hace falta mucho talento para aprender a meter electrones en una batería.

Gordon rió.

—Es injusta consigo misma. Yo tuve que repetir el curso de física elemental. Por otra parte, Cíclope debe de saber lo que se hace al designarla para este trabajo.

Esto hizo enrojecer a Dena, que bajó la mirada al suelo.

—Sí, bueno. Eso supongo.

«¿Modestia? —se preguntó Gordon—. Está llena de sorpresas. No lo esperaba.»

—Vaya, qué pronto. Ahí viene Peter —dijo ella, bajando mucho la voz.

Podía verse a Peter Aage cruzando el desordenado vestíbulo. Gordon miró su reloj anticuado y mecánico, que uno de los técnicos había arreglado para que no adelantase un minuto a la hora.

—No es extraño. Mi entrevista es dentro de diez minutos —dijo estrechándole la mano—. Pero espero que tengamos otra ocasión de hablar, Dena.

Ella recuperó su sonrisa.

—Oh, puede estar seguro que sí. Quiero hacerle algunas preguntas sobre cómo era su vida antes de la guerra.

«No sobre Estados Unidos Restablecidos, sino sobre los viejos tiempos. No es lo que suele ocurrir. Y en ese caso, ¿por qué a mí? ¿Qué puedo yo decirle sobre la Edad Perdida que no pueda averiguar preguntando a cualquiera que haya cumplido los treinta y cinco años?»

Intrigado, Gordon se reunió con Peter Aage en el vestíbulo y caminó a su lado por el cavernoso almacén hacia la salida.

—Lamento llevármelo de aquí con tanta precipitación —dijo Aage—, pero no debemos llegar tarde. ¡No quiero que Cíclope nos regañe! —Sonrió, pero Gordon tuvo la impresión de que Aage sólo hablaba medio en broma. Cuando salieron, los Guardianes, que portaban rifles y brazaletes blancos, inclinaron la cabeza ante ellos. El cielo estaba encapotado.

—Espero que su conversación con Cíclope dé buenos resultados, Gordon —dijo su guía—. Es evidente que todos estamos excitados por haber entrado en contacto de nuevo con el resto del país. Estoy seguro de que Cíclope querrá cooperar de todas las formas que le sean posibles.

«Cíclope. — Gordon volvió a la realidad—. Ya falta poco. Y ni tan siquiera sé si estoy más impaciente que asustado.»

Se obligó a seguir con la charada hasta el final. No tenía otra opción.

—Yo siento exactamente lo mismo —dijo—, quiero ayudarles en todo lo posible. —Y lo decía de veras, de todo corazón.

Peter Aage se desvió y le condujo a través del césped segado con esmero hacia la Morada de Cíclope. Por un instante Gordon dudó: ¿Lo había imaginado, o había visto una extraña y fugaz expresión de tristeza y de culpa en los ojos del técnico?

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