David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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Habrá recibido ya mi aviso de una posible invasión de los supervivencialistas de Rogue River. Sé que tomará las medidas oportunas para la defensa de Pine View. Sin embargo, aquí bajo el extraño dominio de Cíclope me es difícil lograr que alguien se tome en serio el asunto. En comparación con otros lugares, aquí se ha gozado de paz durante mucho tiempo. Me tratan bien, pero parecen creer que exagero el nesgo.

Mañana, al fin, tendré mi entrevista. Quizá pueda convencer a Cíclope de la existencia del peligro.

Sería triste que esta extraña y pequeña sociedad gobernada por una máquina sucumbiera ante los bárbaros. Es lo más maravilloso que he visto desde que salí del civilizado este.

Gordon corrigió la observación mentalmente. La baja Willamette era la zona más civilizada que había encontrado en quince años, punto. Era un milagro de paz y prosperidad, en apariencia logrado en su totalidad por una computadora inteligente y sus consagrados servidores humanos.

Cuando la lámpara del escritorio fluctuó Gordon dejó de escribir y alzó la mirada. Bajo una pantalla de algodón estampado, la bombilla incandescente de cuarenta vatios parpadeó una vez más; luego se estabilizó cuando los generadores recuperaron su potencia dos edificios más allá. La luz era suave, pero a Gordon se le humedecían los ojos cada vez que la miraba, aunque sólo fuese un instante.

Aún no se había acostumbrado. Al llegar a Corvallis había visto la primera luz eléctrica encendida en más de una década, y había tenido que excusarse incluso ante los dignatarios locales que se habían reunido para recibirlo. Se refugió en un lavabo hasta que pudo recobrar la compostura. No estaría bien que un pretendido representante del «Gobierno de Saint Paul City» llorase a causa de unas vacilantes bombillas.

Corvallis y su entorno están divididos en municipios independientes y alberga cada uno doscientas o trescientas personas. Todos los terrenos de los alrededores están cultivados u ocupados por granjas, usando modernos métodos de labranza y semillas híbridas que los propios lugareños cultivan.

Por supuesto están limitados a arados tirados por caballos, pero sus herreros fabrican aperos con acero de alta calidad. Incluso han comenzado a fabricar manualmente turbinas propulsadas por agua y por viento. Todas diseñadas por Cíclope, desde luego.

Los artesanos locales han mostrado interés en comerciar con clientes del sur y el este. Adjunto una lista de artículos que están deseosos de trocar. ¿Querrá copiarla y repartirla?

Gordon no había visto a tanta gente feliz y bien alimentada desde antes de la guerra, ni oído risas tan naturales y frecuentes. Había un periódico y una biblioteca ambulante, y todos los niños del valle recibían al menos cuatro años de escolarización. Allí, al fin, se hallaba lo que había estado buscando desde que su unidad del ejército se deshizo en confusión y desesperación, una década y media atrás: una comunidad de buena gente entregada a un vigoroso esfuerzo de reconstrucción.

Gordon deseó formar parte de ella, pero no como un mal actor que actuaba por la comida y la cama de unas cuantas noches.

Irónicamente, esta gente habría aceptado al antiguo Gordon Krantz como nuevo ciudadano. Pero estaba marcado por el uniforme que llevaba y por sus actos en Harrisburg. Estaba seguro de que nunca lo perdonarían si ahora revelaba la verdad.

Tenía que ser un semidiós para ellos, o nada en absoluto. Si jamás un hombre se ha visto atrapado en su propia mentira…

Meneó la cabeza. Debería aceptar las cartas que le habían tocado en el juego. Quizás les vendría bien a aquella gente un servicio de correos.

Hasta el momento he sido incapaz de descubrir gran cosa sobre Cíclope. Me han dicho que la supercomputadora no gobierna directamente, pero insiste en que todas las aldeas y pueblos a los que sirve vivan juntos en paz y democráticamente. En efecto, se ha convertido en juez arbitro para toda la baja Willamette, hacia el norte hasta la Columbia.

El Concejo me informa de que Cíclope está muy interesada en el establecimiento de una ruta postal normalizada, y ha ofrecido su colaboración. Ella… quiero decir, la computadora… parece ansiosa por cooperar con EE UU Restablecidos.

Todos, por supuesto, se alegraron de saber que pronto estarían en contacto de nuevo con el resto del país.

Gordon contempló la última línea durante un largo momento, dejó la pluma y se dio cuenta de que aquella noche no podía continuar con las mentiras. Ya no era divertido, pues sabía que la señora Thompson leería entre líneas.

Esto le hizo sentirse triste.

«Ya está bien —pensó—. Mañana tendré un día muy ocupado.» Tapó la pluma y se puso en pie para prepararse para ir a la cama.

Mientras se lavaba la cara, pensó en la última vez que se había encontrado con una de las legendarias super-computadoras. Ocurrió sólo meses antes de la guerra, cuando era un muchacho de dieciocho años, estudiante de segundo curso en la universidad. Toda su conversación había versado sobre las nuevas máquinas «inteligentes» por entonces ya en funcionamiento en algunos lugares.

Era una época emocionante. Los medios de comunicación anunciaron a bombo y platillo el invento como el fin de la prolongada soledad de la humanidad. Sólo que en vez de venir del espacio exterior, las «otras inteligencias» con las que el hombre compartiría su mundo eran sus propias creaciones.

Los neohipies y los redactores de la Revista del Nuevo Renacimiento celebraron una gran fiesta de cumpleaños el día en que la Universidad de Minnesota exhibió una de la últimas supercomputadoras. Se hicieron volar globos, artistas aerostáticos pedalearon en lo alto, la música invadía el aire mientras la gente merendaba en los prados.

En medio de todo ello, metido en una enorme caja Faraday suspendida sobre un colchón de aire, habían sellado el cilíndrico refrigerador de helio que contenía a Milicromo. Al estar elevado, alimentado por dentro y protegido, no había forma de que nadie desde el exterior pudiera falsear las respuestas del cerebro mecánico.

Gordon hizo cola durante horas esa tarde. Cuando al fin le llegó el turno de avanzar y mirar las lentes de la estrecha cámara, sacó una lista de preguntas tipo test, dos adivinanzas y un complicado juego de palabras.

Había transcurrido mucho tiempo desde ese día radiante en la primavera de la esperanza, pero Gordon lo recordaba como si fuera ayer… la grave y meliflua voz, la amistosa y franca risa de la máquina. Ese día Milicromo superó todos sus desafíos y respondió con un complicado juego de palabras de su propiedad.

También le reprendió, amablemente, por no haber superado tan bien como se esperaba un reciente examen de historia.

Cuando se acabó su turno, Gordon se alejó sintiendo un gran júbilo embriagador porque su especie humana hubiera creado prodigio tan grande.

La guerra Fatal llegó poco después. Durante diecisiete pavorosos años había creído que todas las maravillosas supercomputadoras estaban muertas, como las frustradas esperanzas de una nación y de un mundo. ¡Pero, por algún milagro, allí existía una! De alguna forma, con valor e ingenuidad, los técnicos del Estado de Oregón habían conseguido mantener una máquina en marcha durante los malos años. No podía por menos de sentirse indigno y presuntuoso por haberse presentado ante esos hombres y mujeres dándose tono.

Gordon apagó reverentemente la luz eléctrica y se tendió en la cama, escuchando los sonidos de la noche. En la distancia, la música de la fiesta de Corvallis terminó al fin entre alegres aclamaciones. Luego oyó a la multitud que se dispersaba hacia sus casas.

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