Las aturdidas expresiones se convirtieron en una ronda de maldiciones coléricas y guturales. «Mejor —pensó Gordon—. Pero la próxima vez los holnistas no esperarán a que recordéis la forma adecuada de reaccionar, muchachos. Os matarán mientras estáis decidiendo si hay motivos para estar asustados o no.
Con su gran práctica en el arte de mentir, Gordon continuó en tono uniforme:
—Cinco minutos antes habríamos podido salvarla. En realidad, han tenido tiempo para llevarse trofeos.
Esta vez la rabia sí que venció a la repulsión que reflejaban sus caras. Y una ardiente vergüenza se sobrepuso a ambas.
—¡Vayamos tras ellos! —urgió Morrison—. ¡No pueden estar muy lejos! —Los demás accedieron con un murmullo.
«No lo bastante deprisa» juzgó Gordon.
—No. Si habéis sido lentos para llegar aquí, lo seréis mucho más para enfrentaros a la inevitable emboscada. Avanzaremos en línea de guerrilla y recuperaremos el cuerpo de Tracy. Después nos iremos a casa.
Uno de los granjeros que más había exigido la persecución mostró un alivio inmediato. Aunque los otros miraron a Gordon, odiándolo por sus palabras.
«Tranquilizaos, muchachos —pensó él amargamente—. Si fuese un verdadero conductor de hombres, hubiera encontrado un medio mejor que éste para daros valor.»
Dejó el termo sin ofrecer sidra a los demás. Lo que ese gesto significaba estaba claro: no la merecían.
—Andando, —dijo, echándose un ligero fardo sobre los hombros.
Esta vez fueron más rápidos al recoger sus pertrechos y trepar por la nieve. De la izquierda y la derecha vio salir a Joe y a Andy y ocupar su sitio en los flancos. Los holnistas nunca se habrían expuesto tanto a ser vistos, por supuesto, pero ellos tenían mucha más práctica que estos renuentes soldados.
Los que llevaban rifles cubrían a los que iban armados con cuchillos, que corrían delante. Gordon mantuvo el paso con facilidad, exactamente tras la línea de guerrilla. Al cabo de un minuto sintió a Bokuto a su lado, que había surgido de repente de detrás de un árbol. A pesar de todo su celo, ninguno de los granjeros había advertido su presencia.
La expresión del explorador era de indiferencia, pero Gordon sabía lo que sentía. No le miró a los ojos.
De delante les llegó una exclamación repentina y colérica. El que encabezaba el grupo debía de haber encontrado el cuerpo mutilado de Tracy.
—Imagine cómo se sentirían si alguna vez descubrieran la verdad —dijo Philip a Gordon en voz baja—. O si averiguasen la verdadera razón por la que la mayoría de sus exploradores son muchachas.
Gordon se encogió de hombros. Había sido idea de una mujer, pero él la había aceptado. La culpa era sólo suya. Tanta culpa, en una causa que él sabía que estaba perdida.
Y aun así, no podía permitir que el cínico Bokuto conociera toda la verdad. Por su bien, Gordon mantuvo las apariencias.
—Tú conoces la razón principal —dijo a su ayudante—. Aparte de las teorías de Dena y la promesa de Cíclope, aparte de todo, tú sabes por qué lo hacemos.
Bokuto asintió, y por un breve instante hubo algo más en su voz.
—Por Estados Unidos Restablecidos —repuso quedamente, casi con reverencia.
«Mentiras sobre mentiras —pensó Gordon—. Si descubrieses alguna vez la verdad, amigo mío…»
—Por Estados Unidos Restablecidos —convino en voz alta—. Sí.
Se adelantaron juntos para observar a su ejército de hombres atemorizados, aunque ahora furiosos.
—No sirve, Cíclope.
Al otro lado del grueso panel de cristal, un ojo perlado y opalescente lo miraba desde un alto cilindro envuelto en bruma helada. Una doble hilera de lucecitas parpadeantes formaba ondas repitiendo una compleja pauta una y otra vez. Aquél era el fantasma de Gordon… el fantasma que llevaba meses acosándolo… la única mentira que había encontrado que era capaz de enfrentarse a su maldito fraude.
Parecía adecuado meditar allí, en aquella oscura habitación. Fuera, en la nieve, en las empalizadas de las aldeas, en los solitarios y lóbregos bosques, hombres y mujeres estaban muriendo por ellos dos. Por lo que él, Gordon, supuestamente representaba, y por la máquina situada al otro lado del cristal.
Por Cíclope y por Estados Unidos Restablecidos.
Sin esos dos pilares gemelos de esperanza, los habitantes de Willamette habrían podido derrumbarse ya. Corvallis yacería en ruinas, sus valiosas bibliotecas, su frágil industria, sus molinos de viento y vacilantes luces eléctricas habrían desaparecido para siempre en el fondo de la sombría edad oscura. Los invasores de Rogue River habrían establecido feudos por todo el valle, como ya habían hecho al oeste de Eugene.
Los granjeros y viejos técnicos luchaban contra un enemigo diez veces más experimentado y capaz. Pero luchaban no tanto por ellos mismos como por dos símbolos: por una máquina amable y sabia que en realidad había muerto muchos años atrás, y por una nación desaparecida que sólo existía en su imaginación.
Pobres necios.
—No funciona —dijo Gordon a su compañero en el engaño. La hilera de luces respondió danzando de la misma compleja forma que lo hacía en sus sueños—. De momento este invierno tan crudo ha frenado a los holnistas. Están preparándose en las ciudades que invadieron el otoño pasado. Pero en primavera volverán por nosotros, quemando y matando hasta que, una por una, las aldeas pidan «protección».
«Intentamos luchar. Pero cada uno de esos demonios vale por una docena de nuestros pobres aldeanos y granjeros.
Gordon se desplomó en una silla blanda frente al grueso muro de cristal. Incluso allí, en la Morada de Cíclope, el olor a polvo y a vejez era notorio.
«Si tuviésemos tiempo para entrenar, para preparar… si aquí las cosas no hubieran sido tan pacíficas durante tanto tiempo.
»Si tuviéramos un auténtico líder.
«Alguien como George Powhatan.»
A través de las puertas cerradas le llegó una suave música. En alguna parte del edificio sonaban los compases ligeros y conmovedores de la música de Pachelbel. Una grabación de hacía veinte años, en un estéreo.
Recordaba haberse emocionado cuando volvió a escuchar aquella música por primera vez. Tenía tantas ganas de creer que aún existía algo valioso y noble en el mundo, tantas ganas de creer que lo había hallado en Corvallis… Pero «Cíclope» resultó ser un engaño, igual que su mito de unos «Estados Unidos Restablecidos».
Aún le sorprendía que ambas fábulas prosperaran más que nunca a la sombra de la invasión supervivencialista. Se habían desarrollado entre la sangre y el terror hasta llegar a convertirse en algo por lo que la gente daba su vida a diario.
—No funciona —volvió a decir a la máquina estropeada, sin esperar respuesta—. Nuestra gente lucha. Muere. Pero esos bastardos camuflados estarán aquí en verano, hagamos lo que hagamos.
Escuchó la triste y dulce música y se preguntó si, tras caer Corvallis, en alguna parte alguien escucharía a Pachelbel de nuevo alguna vez.
Sonaron unos golpes suaves en la puerta doble situada a sus espaldas. Gordon se incorporó. Aparte de él, sólo a los Funcionarios de Cíclope les estaba permitido permanecer en el edificio por la noche.
—Adelante —contestó.
Penetró un estrecho trapezoide de luz. La sombra de una mujer alta y de larga cabellera se extendió sobre la alfombra.
Dena. Si había alguien a quien no deseaba ver en aquel momento…
Su voz sonó grave, apresurada.
—Siento molestarte, Gordon, pero pensé que querrías saberlo de inmediato. Johnny Stevens acaba de llegar.
Gordon se puso en pie, con el pulso acelerado.
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