Estaban impregnadas de su perfume.
—Sé por qué todo se vino abajo —declaró Dena entre tanto—. ¡El libro está en lo cierto! Las mujeres simplemente no prestaron suficiente atención. El feminismo se desvió hacia cuestiones periféricas, y pasaron por alto el auténtico problema: los hombres.
«Vosotros hacíais vuestro trabajo bastante bien. Proyectando, fabricando y construyendo cosas. Los varones pueden ser brillantes en ese sentido. Pero cualquiera con un poco de juicio puede ver que de una cuarta parte a la mitad de vosotros sois unos lunáticos, violadores y asesinos. Vigilaros era cosa nuestra, cultivar a los mejores y apartar a los bastardos.
Asintió, absolutamente satisfecha con su lógica.
—Fuimos las mujeres quienes fallamos, quienes dejamos que ocurriese.
Gordon murmuró:
—Dena, estás completamente loca, ¿lo sabes? —Ya se había dado cuenta de lo que ella estaba maquinando. Este era otro intento de influir en él para que accediese a cualquier descabellado proyecto para ganar la guerra. Pero esta vez no iba a funcionar.
En el fondo de su mente, lo único que deseaba era que la pretendida amazona se fuese y lo dejara solo. Pero su perfume se le había metido en la cabeza. E incluso con los ojos cerrados fue consciente de ello cuando su camisa de hilo cayó al suelo sin ruido y ella apagó la vela.
—Puede que esté loca —dijo—. Pero sé de qué estoy hablando. —Se deslizó a su lado—. Lo sé. Nosotras tuvimos la culpa.
El suave roce de su piel fue como una descarga eléctrica en el costado de Gordon. Su cuerpo pareció despertar aun cuando, tras los párpados, procuró aferrarse a su orgullo y a la huida que proporcionaba el sueño.
—Pero las mujeres no permitirán que suceda otra vez —susurró Dena. Le acarició el cuello con la nariz y deslizó las yemas de los dedos por su hombro—. Hemos aprendido respecto a los hombres; sobre los héroes y los bastardos y cómo apreciar la diferencia.
»Y estamos aprendiendo respecto a nosotras, también.
Su piel era cálida. Gordon la rodeó con los brazos y la atrajo a su lado.
—Esta vez —suspiró Dena—, será diferente.
Gordon le tapó la boca con la suya, aunque sólo fuese para que al fin dejara de hablar.
—Cómo demostrará el joven Mark, incluso un niño puede usar nuestro nuevo visor nocturno de infrarrojos, combinado con un rayo láser localizador, para captar un objetivo en una oscuridad casi absoluta.
El Consejo de Defensa de Willamette Valley se hallaba sentado a una larga mesa, sobre el estrado de la mayor sala de lectura en el viejo recinto de la Universidad Estatal de Oregón, obsevando cómo Peter Aage exhibía la última «arma secreta» salida de los laboratorios de los Funcionarios de Cíclope.
Gordon apenas pudo distinguir al larguirucho técnico cuando se apagaron las luces y se cerraron las puertas. Pero la voz de Peter Aage era estentóreamente clara.
—En la parte trasera de la sala hemos colocado un ratón en una jaula, que representará a un enemigo infiltrado. Mark conecta ahora el disparador del visor. —Se oyó un leve chasquido en la oscuridad—. Ahora busca la radiación térmica emitida por el ratón…
—¡Lo veo! —silbó la voz del niño.
—Buen muchacho. Ahora, Mark hace oscilar el láser para que caiga sobre el animal…
—¡Lo conseguí!
—… y una vez que el rayo está en la posición correcta, nuestro localizador cambia las frecuencias láser para que un punto visible nos muestre a los demás… el ratón.
Gordon escrutó la oscura zona del final de la sala.
Nada había sucedido. Seguía habiendo solamente una densa oscuridad.
Alguien soltó una risita.
—¡Tal vez se lo han comido! —dijo una voz.
—Sí. ¡Quizá sus técnicos deban afinar esa cosa para que busque un gato! —Alguien profirió un ronroneante «miau».
Aunque el Presidente del Consejo estaba golpeando con su martillo, Gordon se unió a los tipos listos de atrás en sus risas. Estuvo tentado de efectuar alguna observación propia, pero todos conocían su voz. Su papel allí era irrelevante, y probablemente heriría los sentimientos de alguien.
Un bullicio a la izquierda indicó una reunión de técnicos, que hablaban en susurros con nerviosismo. Al fin, alguien pidió que encendieran las luces. Los fluorescentes parpadearon y los miembros del Consejo de Defensa pestañearon mientras sus ojos se readaptaban a la luz.
Mark Aage, el niño de diez años al cual Gordon había rescatado de los supervivencialistas en las ruinas de Eugene unos meses atrás, se quitó el casco de visión nocturna y miró hacia arriba.
—He visto el ratón —insistió—. Muy bien. Y le he dado con el rayo láser. ¡Pero no ha desprendido colores!
Peter Aage parecía azorado. El hombre rubio vestía la misma túnica blanca con ribetes negros que los técnicos todavía inclinados sobre el fallido invento.
—Ayer funcionó en cincuenta pruebas —explicó—. Puede que el convertidor paramétrico se haya atascado. Lo hace a veces.
»Por supuesto, eso no es más que un prototipo, y nadie en Oregón ha intentado construir nada semejante en casi veinte años. Pero hemos de eliminar el defecto antes de iniciar la producción.
Tres grupos diferentes formaban el Consejo de Defensa. Los dos hombres y una mujer que vestían como Peter ropas de Funcionario asintieron comprensivamente. El resto de los consejeros parecían menos comprensivos.
Dos hombres a la derecha de Gordon llevaban camisas azules y chaquetas de cuero similares a la suya. En la manga tenían cosidos retales de tela que representaban un águila alzándose desafiante en una pira, orlada por la inscripción:
EE UU RESTABLECIDOS
SERVICIO POSTAL
Los carteros, compañeros de Gordon, se miraron, y uno de ellos apartó los ojos con disgusto.
En medio se sentaban dos mujeres y tres hombres, incluido el Presidente del Consejo, en representación de las distintas regiones que pertenecían a la alianza: jurisdicciones que habían estado unidas por su acatamiento a Cíclope, más recientemente por una creciente red postal y ahora por el miedo a un enemigo común. Su indumentaria era variada, pero todos lucían un brazalete con un brillante emblema: una W y una V superpuestas, por Willamette Valley. Los símbolos cromados eran un artículo lo suficientemente abundante para proveer a todo el Ejército, sacados de automóviles largo tiempo abandonados.
Fue uno de aquellos representantes civiles quien habló primero.
—¿Cuántos de estos artefactos cree que podrían reconstruir sus técnicos para la primavera?
Peter meditó.
—Bueno, si vamos a toda marcha, supongo que podríamos tener casi una docena arreglados para finales de marzo.
—Y todos necesitan electricidad, supongo.
—Suministraremos generadores manuales, desde luego. El equipo completo no debe pesar más de veintidós kilos, todo incluido.
Los granjeros se miraron unos a otros. La mujer que representaba a las comunidades de Cascade Indian pareció hablar por todos ellos.
—Estoy segura de que estos visores nocturnos pueden servir para defender algunos lugares importantes contra el ataque de las serpientes. Pero quiero saber de qué forma nos ayudarán cuando la nieve se funda, cuando vengan esos holnistas destripadores, asaltando y quemando todas las aldeas y pueblos uno por uno. No podemos refugiar a toda la población en Corvallis. Nos moriríamos de hambre en cuestión de semanas.
—Sí —añadió otro granjero—. ¿Dónde están todas esas armas de precisión que ustedes, los grandes cerebros, nos iban a dar? ¿Han desenchufado a Cíclope o qué?
Ahora fueron los Funcionarios los que se miraron unos a otros. Su jefe, el doctor Taigher, comenzó a protestar.
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