David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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Al sur de la abandonada ciudad de Londres se separaron del reducido río. Allí había una gran extensión deshabitada, marcada únicamente por las granjas en ruinas y una gasolinera desmantelada.

Hasta el momento había sido una jornada silenciosa. Pero ahora, al fin, se sintieron seguros e incluso el suspicaz Philip Bokuto se convenció de que se hallaban fuera del probable alcance de las patrullas holnistas. Pudieron hablar. Hasta reír.

Todos los hombres tenían más de treinta años, así que se dedicaron al Juego del Recuerdo… contando viejos chistes que no tendrían significado alguno para nadie perteneciente a la nueva generación y discutiendo con despreocupación sobre antiguos deportes que recordaban vagamente. Gordon estuvo a punto de caerse de la montura a causa de la risa que le provocó Aaron Schimmel al imitar con voz nasal a personajes populares de la televisión de los noventa.

—Es asombroso cómo gran parte de nuestra juventud queda almacenada, lista para ser recordada —le comentó a Philip—. Solían decir que una de las señales de que se estaba envejeciendo era recordar cosas ocurridas veinte años atrás con más facilidad que hechos recientes.

—Sí —repuso Bokuto, sonriendo, y su voz adoptó un quejumbroso tono de falsete—. ¿De qué estábamos hablando?

Gordon le dio una palmadita en la cabeza.

—¿Eh? No te oigo, colega… Demasiado rock and roll.

Los hombres se acostumbraron a las frías dentelladas de las mañanas invernales y a la suave pisada de los cascos de los caballos por la interestatal cubierta de hierba. La tierra se había recuperado, los ciervos pastaban en los bosques una vez más, pero los hombres serían demasiado escasos durante largo tiempo para regresar y tomar todas las aldeas abandonadas. Los afluentes de la confluencia costera quedaron lejos al fin. Los viajeros cruzaron una estrecha línea de colinas y un día más tarde se hallaron junto a un nuevo río.

—El Umpqua —identificó el guía.

Los del norte lo contemplaron. Este helado torrente no desembocaba en el plácido Willamette, ni por consiguiente en el gran Columbia. En vez de ello se abría su propio y montaraz camino en dirección oeste hacia el mar.

—Bienvenidos al soleado sur de Oregón —murmuró Bokuto, otra vez deprimido.

El cielo se mostraba amenazador. Incluso los árboles parecían más salvajes que en el norte.

Esa impresión se repitió cuando volvieron a encontrar pequeños asentamientos amurallados. Hombres silenciosos de ojos desconfiados los observaban desde sus elevados puestos en las vertientes de las colinas y los dejaban pasar sin hablarles. La noticia de su llegada les había precedido, y estaba claro que aquellas gentes no tenían nada en contra de los carteros. Pero también resultaba obvio que sentían muy poco aprecio por los extranjeros.

Durante una noche que pasaron en la aldea de Sutherlin, Gordon vio de cerca cómo vivían los sureños.

Sus casas eran sencillas y austeras, con pocas de las comodidades que aún poseían las del norte. No había apenas nadie que no mostrase señales visibles de enfermedades, malnutrición, exceso de trabajo o lucha.

Aunque no hicieron ni dijeron nada descortés, no era difícil imaginar lo que pensaban de los habitantes de Willamette.

«Blandos.»

Sus líderes expresaron simpatía, pero sus pensamientos ocultos eran evidentes. «Si los holnistas están abandonando el sur, ¿por qué habríamos de intervenir?»

Un día más tarde, en el centro comercial de Roseburg, Gordon se reunió con un comité de jefes del área circundante. Las ventanas agujereadas por las balas presidían perspectivas que recordaban la terrible guerra contra los bárbaros del Rogue River que duró siete años. Un Denny's quemado, con su letrero de plástico amarillo colgado de un ángulo y fundido, mostraba el lugar donde se había hecho retroceder al enemigo en su incursión más profunda, casi una década atrás.

Desde entonces los salvajes supervivencialistas nunca habían llegado tan lejos. Gordon estaba seguro de que el lugar del encuentro había sido elegido deliberadamente.

La diferencia de actitud y personalidad era inconfundible. Había poca curiosidad por el legendario Cíclope, o por el vacilante renacimiento de la tecnología. Incluso la historia de una nación que renacía de sus cenizas en tierras lejanas del este provocaba escaso interés. No era que pusiesen en duda las historias. Los hombres de Glide, Winston y Lookinglass no daban la impresión de estar tan interesados.

—Esto es una pérdida de tiempo —dijo Philip a Gordon—. Estos palurdos han estado haciendo su propia guerra durante tanto tiempo que sólo les preocupa la subsistencia diaria.

«¿Los hace más listos, quizá?», se preguntó Gordon.

Pero Philip tenía razón. En realidad, lo que los jefes, alcaldes o comisarios pensaran carecía de importancia. Fanfarroneaban, jactándose de su autonomía, pero estaba claro que en aquellos lugares sólo contaba la opinión de un hombre.

Dos días más tarde, Johnny Stevens llegó del oeste sobre una humeante montura. No miró ni a izquierda ni a derecha; saltó del caballo y corrió hacia Gordon, sin aliento. Esta vez el mensaje constaba de tres palabras:

«Venga a verme.»

George Powhatan había accedido a sus ruegos.

7

Las Montañas Callahan bordeaban Camas Valley desde Roseburg hasta el mar en ciento doce kilómetros. Bajo ellas, el afluente principal del pequeño río Coquille discurría hacia el oeste atravesando los destrozados esqueletos de puentes derruidos antes de reunir a sus ramas norte y sur en la sombría mañana de Sugarloaf Peak.

Aquí y allá, a lo largo del norte del valle, nuevos cercados delimitaban pastos ahora cubiertos de nieve en polvo. De vez en cuando se veía el humo de una chimenea que surgía de una prisión militar en la cumbre de alguna colina.

En la orilla sur, sin embargo, no había nada. Sólo ruinas chamuscadas y hundidas que sucumbían lentamente a las implacables zarzas.

Ninguna fortificación dominaba los vados del río. Esta ausencia desconcertó a los viajeros, pues se suponía que era en aquel valle donde la defensa contra el enemigo holnista se había atrincherado y resistido.

Calvin Lewis trató de explicarlo. El musculoso joven de ojos oscuros había guiado a Johnny Stevens desde su primer viaje al sur de Oregón. Cal señaló con la mano a derecha e izquierda mientras hablaba.

—No se protege un río construyendo puntos fortificados —les dijo con el grave y lánguido acento local—. Protegemos la orilla norte cruzando nosotros mismos, de vez en cuando, y sabiendo todo lo que se mueve al otro lado.

Philip Bokuto gruñó, con un gesto de asentimiento como aprobación. Obviamente aquello era lo que él habría hecho. Johnny Stevens no expresó ninguna opinión, puesto que ya lo había oído con anterioridad.

Gordon siguió mirando entre los árboles, preguntándose dónde estarían los vigilantes. Sin duda los había a ambos lados, situados en intervalos a lo largo del camino y observando al grupo. Ocasionalmente captaba un vislumbre de movimiento o un destello de lo que podían haber sido unos prismáticos situados a cierta altura. Pero los rastreadores eran buenos. Muchísimo mejores que cualquiera del Ejército de Willamette, excluido, quizás, Phil Bokuto.

En el sur la guerra no parecía ser de ejércitos y compañías, de asedios y movimientos estratégicos. Era algo que recordaba las batallas que se habían librado entre los indios americanos… cuyas victorias se medían con ataques rápidos y sangrientos, y con el número de cabelleras conseguidas.

Los supervivencialistas eran expertos en esta clase de combate. Los habitantes de Willamette, que no estaban acostumbrados a semejante terror, eran su presa ideal.

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