David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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Si no hubiera sabido lo que estaba ocurriendo, seguramente lo habría invadido el pánico. Pero aquello no era más que un apacible éxtasis de meditación; reconoció las sensaciones. «Qué demonios», pensó, y dejó que prosiguiera.

¿Hacía esto por un sentimiento de rivalidad con Powhatan? ¿O para demostrarle que él no era el único hijo del renacimiento que todavía recordaba?

¿O se debía simplemente a que estaba muy cansado y la puesta de sol era hermosa?

Gordon experimentó una sensación de vacío en su interior, como si una cavidad de cada uno de sus pulmones estuviera cerrada y lo hubiese estado durante muy largo tiempo. Trató de inspirar enérgica y profundamente, pero su ritmo respiratorio no se alteró lo más mínimo, como si su cuerpo poseyera una sabiduría de la que carecía él. La calma que le cruzó el rostro con la adormecedora brisa pareció rezumar y resbalarle por la garganta como dedos de mujer, recorriéndole los tensos hombros y acariciándole los músculos hasta que se relajaron por decisión propia.

«Los colores…», pensó, viendo sólo el cielo. El corazón le mecía el cuerpo suavemente.

¿Había transcurrido toda una vida desde que se sentó allí?

«Ellos son…»

En un sosiego que de ninguna forma podía haber sido forzado, la sensación de obstrucción en sus pulmones pareció diluirse y respiró. Escapó el aire viciado y fue arrastrado por el viento del oeste. La siguiente bocanada le supo tan dulce que volvió a salir como un suspiro.

—Los colores…

Hubo un movimiento a su izquierda, una agitación. Se oyó una voz tranquila.

—Solía preguntarme si estos crepúsculos son el último don de Dios…, algo semejante al arco iris que dio a Noé, sólo que esta vez era su forma de decir… «Hasta luego»… a todos nosotros.

Gordon no respondió a Powhatan. No era preciso.

—Pero después de muchos años de contemplarlos, supongo que la atmósfera se está purificando lentamente. Ya no son lo que eran después de la guerra.

Gordon asintió. ¿Por qué la gente de la costa siempre quería tener el monopolio de los crepúsculos? Recordó cómo habían sido en la pradera después del Invierno de los Tres Años, cuando los cielos estaban lo bastante claros para que se viera el sol. Parecía que el Cielo hubiera derramado su paleta en una deslumbrante lluvia de colores, gloriosos aunque letales en su belleza.

Sin volverse para mirar, Gordon supo que Powhatan no se había movido. Se hallaba en la misma posición, sonriendo levemente.

—Una vez —dijo el hombre canoso—, hace diez años quizás estaba sentado aquí, exactamente igual que ahora, recuperándome de una herida reciente y contemplando el ocaso, cuando entreví algo, o a alguien, moviéndose junto al río, muy abajo. Al principio creí que eran hombres. Dejé la meditación rápidamente y bajé para verlo desde más cerca. Y sin embargo algo me decía que no era el enemigo, incluso a esta distancia.

»Me acerqué con tanto sigilo como pude, hasta encontrarme a unos centenares de metros, y utilicé el pequeño monocular que suelo llevar en la bolsa.

»No eran seres humanos. Imagina mi sorpresa cuando los vi vagando por la orilla del río de la mano; él la ayudaba en las zonas pedregosas, ella murmuraba suavemente y llevaba una especie de envoltorio.

»Una pareja de chimpancés, santo Cielo. O puede que uno fuese un chimpancé y el otro un simio más pequeño o incluso un mono. Desaparecieron en el bosque, bajo la lluvia, antes de que pudiera asegurarme.

Por primera vez en diez minutos, Gordon pestañeó. La imagen era tan nítida en su imaginación como si estuviese mirando por encima del hombro de Powhatan dentro de sus recuerdos de aquel lejano día. «¿Por qué me cuenta esto?»

Powhatan continuó.

—Debían de haberse escapado del zoológico de Portland, junto con esos leopardos que ahora corren libres por las Cascadas. Era la explicación más sencilla… que llevaban años caminando hacia el sur, comiendo lo que encontraban y escondiéndose, ayudándose el uno al otro mientras se dirigían a lo que esperaban que fuese un territorio más cálido.

»Me di cuenta de que bajaban por el afluente sur del Coquille, directamente hacia territorio holnista.

»¿Qué podía hacer? Pensé seguirlos. Tratar de cogerlos, o al menos de desviarlos. Pero era dudoso que lograra hacer algo más que darles un susto. Y de todas formas, si habían llegado hasta tan lejos, ¿qué necesidad tenían de que les advirtiese de los peligros que entrañaba el estar cerca del hombre?

»Habían estado enjaulados, ahora estaban libres. Oh, no era tan estúpido como para pensar que eran más felices, pero al menos ya no estaban sujetos a la voluntad de otros.

La voz de Powhatan bajó de tono.

—Eso puede ser algo importante, yo lo sé.

Hubo otra pausa.

—Los dejé ir —añadió, terminando su historia—. Con frecuencia, al sentarme aquí a contemplar estos crepúsculos, me pregunto qué fue de ellos.

Al fin, Gordon cerró los ojos completamente. El silencio se extendió. Tomó aire y con cierto esfuerzo se desprendió del entumecimiento. Powhatan había intentado decirle algo con esa extraña historia. El, a cambio, tenía algo que decirle a Powhatan.

—El deber de ayudar a los demás no es necesariamente lo mismo que estar sujeto a la voluntad de…

Se interrumpió al sentir que algo había cambiado.

Abrió los ojos y, cuando se giró, vio que Powhatan se había ido.

Aquella noche llegó gente de todas partes, más hombres y mujeres de los que Gordon había creído que vivieran aún en los desparramados asentamientos del valle. Organizaron una gran fiesta familiar para el cartero que los visitaba y sus acompañantes. Los niños cantaron y pequeños grupos representaron ingeniosas sátiras.

Al contrario de lo que ocurría en el norte, donde las canciones populares eran con frecuencia las que se recordaban de los días de la radio y la televisión, allí no había estribillos comerciales cariñosamente repetidos, y pocas melodías de rock and roll hacían vibrar el banjo y la guitarra fónica. En vez de ello, la música había retrocedido a una tradición más antigua.

Hombres barbudos, mujeres con vestidos largos sirviendo la mesa, cantos junto al fuego y a la luz de las velas. Aquélla podía haber sido una reunión de hacía casi dos siglos, cuando el valle se pobló por primera vez de hombres blancos que se congregaban para hacerse compañía y para quitarse de encima el intenso y desapacible frío del invierno.

Johnny Stevens representó a los del norte en la fiesta. Había llevado su valiosa guitarra y deslumbre a la gente con su talento, animándoles a batir palmas y seguir el ritmo con los pies.

En situación normal habría sido una diversión maravillosa y Gordon habría podido colaborar alegremente con piezas de su viejo repertorio, antes de adoptar el papel de «cartero», cuando era un juglar errante que había cambiado canciones e historias por comida a lo largo de medio continente.

Pero él había escuchado jazz y a Debussy la noche antes de partir de Corvallis. No pudo evitar preguntarse si por última vez.

Gordon sabía lo que George Powhatan intentaba de llevar a cabo con aquella fiesta. Estaba retrasando la confrontación… haciendo que los de Willamette se sentaran y se expresaran… para calibrarlos.

La impresión que le había causado a Gordon en el risco no había cambiado. Con sus largos rizos y sus bromas siempre a punto, Powhatan era la imagen auténtica del neohippy envejecido. El movimiento de los noventa, muerto mucho tiempo atrás, parecía encajar con el estilo de liderazgo del Hacendado.

Por ejemplo, en Camas Valley estaba claro que todos eran independientes e iguales.

Sin embargo, cuando George reía, todos los demás lo imitaban. Era algo natural. No daba órdenes. Nadie parecía pensar que lo hiciese. En el refugio no ocurría nada que le disgustara lo bastante siquiera para enarcar una ceja.

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