David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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—¡Eso no es justo! Apenas hemos tenido tiempo. Cíclope fue construido para fines pacíficos y tiene que reprogramarse a sí mismo para tratar de cosas referentes a la guerra. De todas formas, puede proyectar grandes planes, ¡pero son hombres falibles los que han de ejecutarlos!

Gordon estaba maravillado. Allí, en público, el hombre parecía realmente ofendido, defendiendo a su oráculo mecánico… al que la gente del valle reverenciaba aún como el gran Oz. La representante de las poblaciones del norte movió la cabeza, respetuosa pero obstinada.

—Yo sería la última en criticar a Cíclope. Estoy segura de que está buscando ideas con tanta rapidez como puede. Pero no consigo ver por qué este visor nocturno es mejor que el globo del que no paran de hablar, o que las bombas de gas o las pequeñas minas trucadas. ¡Y no hay bastantes para organizar una maldita defensa!

»Y aunque hicieran cientos, miles, serían muy útiles si tuviéramos que luchar contra un auténtico ejército, como en Vietnam o Kenia antes del Tiempo Final. ¡Pero casi inútiles contra esos endemoniados supervivencialistas!

Aunque se mantuvo en silencio, Gordon no pudo por menos de estar de acuerdo. El doctor Taigher se miró las manos. Tras dieciséis años de pacífico y benigno engaño, repartiendo como limosna un pequeño surtido de prodigios del Siglo Veinte reciclados para mantener embelesados a los granjeros del sector, a él y a sus técnicos se les exigía obrar milagros auténticos. Los juguetes reparados y los generadores eléctricos movidos por el viento ya no bastarían para impresionar a los lugareños.

El hombre que estaba sentado a la derecha de Gordon se movió con nerviosismo. Era Eric Stevens, abuelo del joven Johnny Stevens. El anciano llevaba el mismo uniforme que Gordon y representaba a la región de la Alta Willamette, esos pocos pueblos al sur de Eugene que se habían unido a la alianza.

—Así que hemos vuelto al punto de partida —dijo Stevens—. Los artefactos de Cíclope pueden servir de ayuda aquí y allá. Sobre todo harán un poco más fuertes algunos puntos. Pero creo que todos estamos de acuerdo en que eso sólo constituirá un ligero inconveniente para el enemigo.

»Por otra parte, Gordon nos ha dicho que no podemos esperar ayuda del este civilizado en breve plazo. Falta una década o más para que EE UU Restablecidos llegue aquí con alguna fuerza. Tenemos que resistir al menos ese tiempo, quizás hasta que se establezca verdadero contacto.

El anciano miró a los demás con furia.

—Sólo hay un modo de hacerlo, ¡y es luchar! —golpeó la mesa—. Todo se reduce a lo básico, una vez más. Son los hombres lo que importa.

Un murmullo de asentimiento recorrió la mesa. Pero Gordon observaba con atención a Dena, que se hallaba sentada abajo, entre el público, esperando su oportunidad para dirigirse al Consejo. Movía la cabeza en gesto de negación y a Gordon le pareció que podía leer su mente.

No exactamente los hombres… estaba pensando. La joven y alta mujer vestía ropa de Funcionario, pero Gordon sabía dónde yacía su auténtica lealtad. Estaba sentada con tres de sus discípulas, exploradoras ataviadas con piel de ante del Ejército de Willamette, todas ellas miembros de su excéntrica camarilla.

Hasta ahora el Consejo había rechazado su proyecto. A las chicas les había costado que les permitieran unirse al Ejército, y entonces había aflorado un latente sentimiento de feminismo fin de siglo que perduraba en este valle todavía civilizado.

Pero Gordon captó una creciente desesperación en la mesa. Las noticias traídas del sur por Johnny Stevens habían hecho mella. Pronto, cuando cesaran de caer las nieves y las cálidas lluvias comenzaran de nuevo, los consejeros se aferrarían a cualquier plan. A cualquier idiotez.

Gordon decidió intervenir en aquella discusión antes de que las cosas se escaparan de las manos. El Presidente le otorgó rápidamente la palabra cuando la pidió con un gesto.

—Estoy seguro de que el Consejo desea expresar a Cíclope, y a sus técnicos, nuestra gratitud por sus incesantes esfuerzos.

Hubo un murmullo de asentimiento. Ni Taigher ni Peter Aage lo miraron.

—Nos quedan tal vez otras seis u ocho semanas de mal tiempo hasta que quepa esperar que el enemigo reanude su actividad. Tras escuchar los informes de los comités de instrucción y defensa, está claro que tenemos mucha cantidad de trabajo que hacer.

En efecto, el sumario de Philip Bokuto había iniciado la letanía matutina de malas noticias. Gordon suspiró.

—Cuando comenzó la invasión holnista el verano pasado, os dije a todos que no esperaseis ninguna ayuda del resto de la nación. Establecer una red postal, como yo he estado haciendo con vuestra ayuda, es sólo el primer paso de un largo proceso hasta que el continente pueda ser reunificado. En los próximos años, Oregón esencialmente estará solo.

Se las arregló para mentir por implicación pronunciando palabras que eran la verdad literal, una habilidad que había desarrollado, aunque no estuviera orgulloso de ella.

—No emplearé palabras suaves con vosotros. El fracaso de la gente de la región de Roseburg al no enviar más que una mínima ayuda ha sido el peor de los golpes. Los del sur poseen la experiencia, la destreza y, sobre todo, el liderazgo que nosotros necesitamos. En mi opinión, persuadirlos de que nos ayuden debe tener prioridad sobre todo lo demás.

Hizo una pausa.

—Por tanto, iré al sur personalmente y trataré de hacerles cambiar de idea.

Aquello produjo un inmediato tumulto.

—¡Gordon, eso es una locura!

—No puedes…

—¡Te necesitamos aquí!

Cerró los ojos. En cuatro meses había logrado una alianza lo bastante sólida para retrasar y frustrar a los invasores. La había forjado empleando principalmente su habilidad de cuentista, de simulador… de mentiroso.

Gordon no se hacía la ilusión de ser un auténtico líder. Era su imagen lo que mantenía unido al Ejército de Willamette… su legendaria autoridad como el Inspector, una manifestación del renacimiento de la nación.

«Una nación cuyo último pedernal pronto se convertirá en una piedra muerta y fría si no se hace algo con endemoniada rapidez. ¡Yo no puedo guiar a esta gente! ¡Necesitan un General! ¡Un guerrero!

«Necesitan a un hombre como George Powhatan.»

Puso fin a la algarabía alzando la mano.

—Voy a ir. Y quiero que todos me prometáis que no daréis vuestro consentimiento a ninguna empresa descabellada y desesperada mientras yo esté lejos. —Miró directamente a Dena. Por un instante ella le sostuvo la mirada. Tenía los labios apretados y al cabo de un momento sus ojos se nublaron e inclinó la cabeza.

«¿Está preocupada por mí? —se preguntó Gordon—. ¿O por su plan?»

—Volveré antes de la primavera —prometió—. Volveré con ayuda.

Y agregó para sí mismo:

—O moriré en el empeño.

6

Los preparativos ocuparon tres días. Gordon estuvo irritado todo el tiempo, deseando estar ya fuera de allí.

Pero aquello se había convertido en una expedición. El Consejo insistió en que Bokuto y otros cuatro hombres lo acompañaran al menos hasta Cottage Grove. Johnny Stevens y uno de los voluntarios del sur les precederían para preparar el camino. Después de todo, era conveniente que el Inspector fuese bien anunciado.

Para Gordon todo esto era una sarta de sinsentidos. Una hora con Johnny, repasando un mapa de carreteras de antes de la guerra, habría sido suficiente para indicarle cómo llegar al lugar a donde se dirigía. Un caballo veloz y otro de repuesto lo protegerían tanto como un escuadrón completo.

A Gordon le fastidiaba particularmente tener que llevar a Bokuto. El hombre era necesario allí. Pero el Consejo fue implacable. Tenía que aceptar sus condiciones o no le autorizarían a partir.

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