Anderson contempla el paisaje mientras sopesa sus opciones. Si conociera el paradero del banco de semillas, podría dar instrucciones para que un equipo de asalto se movilizara y aprovechara la confusión de este conflicto urbano…
Llegan unos gritos procedentes de abajo. Los curiosos deambulan por las calles con la mirada vuelta hacia el caos, intentando ver qué les depara esta guerra. Sigue la mirada desconcertada de la multitud. Las torres de la antigua Expansión se yerguen negras entre las llamas; los restos de cristal que quedan en las ventanas tintinean alegremente al compás de la conflagración. Más allá de la ciudad y de las columnas de fuego ondea negro el océano, un manto de tinieblas. Vistos desde arriba, los rompeolas parecen curiosamente insustanciales. Un anillo de luces de gas, y después nada más que la negrura voraz.
– ¿Es posible que rebasen los diques? -pregunta Anderson.
Akkarat encoge los hombros.
– Son nuestro punto débil. Pensábamos defenderlos con el personal de la armada adicional procedente del sur, pero creo que resistiremos.
– ¿De lo contrario?
– Quien permita que la ciudad se hunda no será perdonado jamás -dice Akkarat-. Sería intolerable. Lucharemos por los diques como si fuéramos los aldeanos de Bang Rajan.
Anderson contempla los incendios y el mar que les sirve de telón de fondo. Carlyle se apoya en la barandilla junto a él. La luz oscilante se refleja en sus rasgos. Exhibe la sonrisa satisfecha de quien sabe que no puede perder. Anderson se acoda en la balaustrada.
– Puede que Akkarat sea influyente aquí, pero la influencia de AgriGen es internacional. -Mira al comerciante a los ojos-. No lo olvides. -Le complace ver que la sonrisa de Carlyle titubea.
Resuenan más disparos sobre el paisaje. Desde las alturas, la contienda carece de fuerza visceral. Es una pelea de insectos por un puñado de arena. Como si alguien hubiera aplastado dos hormigueros para asistir al choque de sus triviales civilizaciones. Atruena el mortero. Las llamas titilan y centellean.
A lo lejos, una sombra se desprende de la negra cubierta celeste. Un dirigible, cayendo hacia la ciudad incendiada. Flota a escasa distancia del fuego hasta que, de repente, un diluvio de agua marina escapa de su vientre y sofoca una porción de la conflagración.
Akkarat observa el espectáculo, sonriendo.
– Es de los nuestros -dice.
Acto seguido, como si el fuego no estuviera apagado sino que hubiera aprendido a volar, el dirigible estalla. Las llamas lo devoran con un rugido, su piel incandescente se hace jirones arrancados por la brisa mientras la enorme bestia se hunde hasta estrellarse entre los edificios.
– Dios -murmura Anderson-, ¿seguro que no queréis esperar hasta que lleguen nuestros refuerzos?
El gesto de Akkarat se mantiene impasible.
– No creía que les diera tiempo a desplegar los misiles.
Una explosión gigantesca sacude la ciudad entre llamaradas de gas verde que se elevan al filo del horizonte. Una nube de fuego rueda y se expande. Inimaginables cantidades de gas comprimido se liberan en un ensordecedor hongo esmeralda.
– La reserva estratégica del Ministerio de Medio Ambiente, me parece -comenta Akkarat.
– Precioso -murmura Carlyle-. Jodidamente precioso.
Hock Seng se guarece en un callejón mientras Thanon Phosri tiembla al paso de los tanques y los camiones. Se estremece al pensar en todo ese combustible consumido. Tiene que ser una gran parte de las reservas de diésel del reino, dilapidadas en una orgia de violencia. El humo del carbón inunda el aire al traqueteante compás de las ruedas de oruga de los carros blindados. Hock Seng se agazapa entre la basura. Todos sus planes se han esfumado en un momento de crisis. En vez de esperar y dirigirse cautamente al norte como una unidad, dejó que sus posesiones se redujeran a cenizas apostándolo todo a una carta desesperada.
«Deja de quejarte, carcamal. Si no te hubieras ido cuando lo hiciste os habríais asado todos, tus baht morados, tus amigos tarjetas amarillas y tú.»
Aun así, desearía haber tenido la precaución de traer siquiera una parte de sus reservas, acumuladas con tanto tesón. Se pregunta si su karma estará tan dañado que anula automáticamente cualquier esperanza de tener éxito.
Vuelve a asomarse a la calle. Las oficinas de SpringLife están a la vista. Mejor todavía, no hay ningún guardia. Hock Seng se permite esbozar una sonrisa. Los camisas blancas tienen sus propios problemas. Cruza la calle empujando la bicicleta, usándola de muleta para conservar el equilibrio.
En el interior del complejo se aprecian indicios de una breve reyerta. Un trío de cadáveres yacen recostados contra una pared, aparentemente ejecutados. Alguien les ha arrancado los brazaletes amarillos, tirados en el polvo junto a ellos. Más chiquillos estúpidos jugando a la política…
Algo se mueve a su espalda.
Hock Seng gira sobre los talones e incrusta la pistola de resortes en el cuerpo de Mai, que jadea sin aliento cuando el cañón se le clava en la tripa. Con los ojos como platos, emite un gañido atemorizado.
– ¿Qué haces tú aquí? -susurra Hock Seng.
Mai se aparta de la pistola, tambaleándose.
– He venido a buscarte. Los camisas blancas descubrieron nuestra aldea. Hay personas enfermas allí -dice entre sollozos-. Y han incendiado tu casa.
Hock Seng repara por fin en el hollín y los cortes que cubren el cuerpo de la pequeña.
– ¿Has estado en Yaowarat? ¿En el arrabal? -pregunta asombrado.
Mai asiente con la cabeza.
– Tuve suerte. -Reprime otro sollozo.
Hock Seng menea la cabeza.
– ¿Por qué has venido?
– No se me ocurría otro lugar…
– ¿Y se han producido más contagios?
La niña asiente con la cabeza, asustada.
– Los camisas blancas nos interrogaron, no sabía qué hacer, les dije…
– No te preocupes. -Hock Seng apoya una mano tranquilizadora en su hombro-. Los camisas blancas no volverán a molestarnos. Tienen sus propios problemas.
– ¿Has…? -Mai deja la frase en el aire. Al cabo, dice-: Incendiaron el poblado. Todo.
Qué criatura tan patética. Tan pequeña. Tan vulnerable. Hock Seng se la imagina huyendo de su hogar devastado, buscando refugio en el único lugar que le queda. Y encontrándose de repente en pleno corazón del conflicto. Una parte de él quiere librarse de la carga que supone, pero son ya demasiadas las muertes que lo rodean, y su compañía le produce un placer indefinible. Sacude la cabeza.
– Mocosa estúpida. -Hace un ademán en dirección al interior de la fábrica-. Ven conmigo.
Un hedor agresivo los envuelve cuando llegan a la sala principal. Los dos se tapan la cara con una mano, respirando entrecortadamente.
– Los tanques de algas -murmura Hock Seng-. Los muelles percutores han dejado de accionar los ventiladores. El aire no circula.
Sube la escalera que conduce al despacho y abre la puerta de un empujón. Una pestilencia asfixiante flota en la estancia, equiparable a la de la planta de producción, tras tantos días cerrada. Hock Seng se apresura a abrir los postigos y dejar que entren la brisa nocturna y el resplandor de la ciudad en llamas. El fuego oscila sobre los tejados y se eleva en la noche, como plegarias dirigidas al cielo.
Mai se sitúa a su lado, con el rostro iluminado por el fulgor irregular. Una farola de gas arde libremente calle abajo, rota. Debe de haber varias como ella diseminadas por toda la ciudad. A Hock Seng le extraña que nadie haya cortado aún el suministro de gas. Alguien tendría que haberlo hecho ya, y sin embargo la farola llamea todavía, verde y cegadora, reflejándose en las facciones de Mai. Se le ocurre que es guapa. Grácil y hermosa. Una criatura inocente atrapada entre bestias en pie de guerra.
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